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La condena invisible de las secuelas viales

Redacción 12/10/2026 - 00.13.hs

Detrás de las estadísticas frías y de las cifras de mortalidad que suelen abrir los noticieros, se esconde la verdadera dimensión de una tragedia silenciosa: la de aquellos que sobreviven con secuelas de por vida. Amputaciones, traumatismos de cráneo que barren con la identidad y los recuerdos, parálisis completas, dolores crónicos imposibles de calmar y el derrumbe psíquico absoluto. No es un accidente; es una realidad brutal que no para de crecer ante la indiferencia de quienes se sientan al volante con un desprecio alarmante por el valor de la existencia ajena y propia.

 

Los números que hoy manejamos ya no son un llamado de atención, son un grito de auxilio ensordecedor. Los siniestros viales han registrado una suba alarmante de casi el 35% en relación al año 2025. Esta escalada asesina en nuestras calles y rutas no es más que el reflejo de una sociedad enferma de urgencia, de desatención, de consumo de alcohol antes de manejar y de la total ausencia de empatía pública. ¿Qué nos pasa cuando nos encerramos en una cabina metálica de una tonelada o cuando aceleramos una moto a fondo? Parece que olvidamos las leyes de la física y, fundamentalmente, la fragilidad de la carne.

 

Es indiscutible que la educación vial es importante y necesaria a largo plazo. Nadie lo niega. Pero la educación es una siembra cuyos frutos tardan años en madurar y el asfalto nos está desangrando ahora mismo. En este preciso momento, los chicos siguen muriendo. En el cruel "mientras tanto" de la burocracia y las campañas abstractas, cientos de personas siguen quedando heridas de gravedad, atrapadas en cuerpos con secuelas irreparables. No podemos esperar a que las próximas generaciones aprendan a respetar las normas mientras las morgues y los hospitales se siguen llenando hoy.

 

Soluciones reales.

 

Frente a este escenario de emergencia, el panorama se vuelve aún más desolador cuando se observa la parálisis oficial. Si el Estado mira apacible, nuestra Fundación va a pelear para salvar cada vida. Nos hemos constituido como el portavoz permanente de los que ya no están, con el único y sagrado fin de lograr que los que sí están no tengan que pasar por el mismo calvario. No nos quedamos en el lamento: nos preparamos con rigurosidad técnica para llevar soluciones reales a tamaño problema. Exigimos intervenciones de infraestructura urgentes, controles severos y sistemáticos, educación obligatoria y capacitaciones profesionales.

 

Esperamos que los dirigentes políticos estén finalmente a la altura de las circunstancias. Deben comprender que nos tienen como aliados, no como meros críticos; aunque estamos obligados a ser firmemente críticos hasta que nos escuchen de una vez por todas. Es hora de que dejen de mirar para otro lado y pongan como eje prioritario de la agenda política la inseguridad vial. No hay margen para más dilaciones mientras las garras de la falta de gestión, la desidia y la carencia absoluta de conocimientos técnicos nos sigan robando el futuro.

 

Abismo.

 

La muerte es directa y definitiva, pero la condena del sobreviviente grave arrastra también a familias enteras al abismo. El impacto psicológico y económico destruye hogares en una milésima de segundo. El día después de las sirenas, cuando los peritos limpian la calzada y las grúas retiran la chapa abollada, empieza la verdadera tortura. Semanas en terapia intensiva, cirugías interminables, prótesis que el sistema de salud tarda meses en autorizar, y la dolorosa certeza de que el cuerpo ya nunca volverá a ser el mismo. Un integrante de la familia debe renunciar a su trabajo para transformarse en cuidador a tiempo completo. Todo porque alguien decidió que llegar dos minutos antes o contestar un mensaje de texto valía más que la integridad de un semejante.

 

Los ejemplos de esta barbarie nos cachetean la cara todas las semanas. Nos destrozó el alma el caso de Tadeo, el bebé de apenas 10 días de vida que murió en Punta Lara tras un choque triple provocado por una camioneta que embistió salvajemente por detrás al utilitario de su familia. Un recién nacido al que le robaron el futuro en un instante de negligencia. O el dolor insufrible de perder a un hermano en la intersección de las avenidas La Plata y Paraguay, en Ezpeleta, atropellado y muerto en el acto por una moto que circulaba a fondo en una esquina urbana. Esos nombres propios no son números de un registro policial: son ausencias eternas que dejan heridas sangrantes e incurables.

 

Debemos ser tajantes, directos y brutales: nada vale más que la vida. La concientización blanda ya fracasó; hay que empezar a concientizar desde el dolor más crudo y desde la realidad incontrastable. Hay que hacerle entender a cada conductor que cuando se sube a un vehículo la ecuación es matemática, irreversible y letal: o te matás, o matás, o dejás a alguien con secuelas permanentes. No hay otra opción. Las calles no son pistas de carrera ni espacios para descargar frustraciones. El volante es una responsabilidad civil y humana. Si no logramos cambiar la cultura de la violencia vial desde la crudeza de sus consecuencias reales, seguiremos contando lápidas y empujando a miles de sobrevivientes a una vida encadenada al dolor físico y mental. Frenemos antes de que el asfalto nos siga devorando.

 

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