¿Querés recibir notificaciones de alertas?

Las notificaciones están desactivadas

Para activar las notificaciones:

Coro de grillos

Redacción 11/10/2026 - 00.28.hs

Lic. Javier Mariano García Guerrero *

 

Hay algo caduco en la insistencia de los entrevistadores en conocer las propuestas de los posibles candidatos, como si la gente esperara con ansiedad esas definiciones o las creyera. El electorado no se ha acostado una noche soñando una patria socialista para despertar, cuatro años más tarde, convertido en un conservador refinado y al siguiente período en un libertario anarquista de mirada febril. La verdad es bastante más cruenta y cotidiana: el electorado no busca una doctrina; busca un arma.

 

En la Argentina de las promesas marchitas, el Producto Bruto Interno por habitante es hoy un 8% más bajo que en 2011, y el ingreso disponible se ha encogido un atroz 25%. Desde aquel año, una regla no escrita, domina la escena nacional: quien gobierna, pierde. Nadie ha logrado reelegirse ni dejar a un heredero sumiso en su sillón. La insatisfacción material ha instalado una calesita rabiosa de alternancias donde los supuestos salvadores de la patria son aclamados en la primavera y triturados antes del invierno. No hay conversión ideológica alguna; solo hay una rotación desesperada de verdugos.

 

La fiesta entusiasta de 1983, cuando Alfonsín convocó al 85,6% a las urnas, se ha vuelto un fantasma borroso. En las elecciones legislativas obligatorias de 2025, la participación se derrumbó al 67,85%, el nivel más bajo de la democracia. En las barriadas pobres y entre los jóvenes de 18 a 30 años, el ausentismo electoral superó el 40%. Si a esa masa silenciosa le sumamos los sobres vacíos y los votos anulados, descubrimos que casi la mitad del país ha decidido no pronunciarse.

 

Descontados los devotos incondicionales de cada extremo —esos fanáticos que seguirían votando la bandera de su partido, aunque la casa se esté incendiando—, el destino de una nación descansa en las manos de un minúsculo 12% a 15% del electorado. Un grupo frío, pragmático, que no entiende de lealtades. Sorprendentemente la clase dirigente insiste en sus lugares comunes, adoptando los marcos de análisis de agendas ajenas. ofreciendo encendidos discursos para la tribuna propia y apelando a glorias pasadas para resolver miserables internas de pasillo.

 

Ignoran la lección fundamental de la historia: en el cuarto oscuro no hay lugar para los monumentos. Winston Churchill salvó al mundo libre del nazismo en 1945 y fue ejecutado en las urnas dos meses después; Georges Clemenceau, el "Padre de la Victoria" francesa, fue descartado sin contemplaciones en 1920; George H. W. Bush rozaba las nubes con un 89% de aprobación tras la Guerra del Golfo y cayó desplomado al año siguiente ante el primer estornudo de la economía.

 

Quizá por eso los gobernantes le temen tanto a la derrota. Saben que perder el poder ya no significa un retiro digno hacia la escritura de memorias o las conferencias bien pagadas; significa el banquillo de los acusados o una celda. En el Perú, los presidentes de los últimos 30 años terminaron procesados o presos a excepción de Alan García que prefirió suicidarse en medio de su arresto. La misma sombra persigue a los líderes en la Argentina, Brasil, Ecuador, Honduras y Bolivia. Incluso en los Estados Unidos, Donald Trump arrastra 5 condenas que solo la coraza del fuero presidencial mantiene en suspenso.

 

Mientras en las gasolineras de USA el combustible alcanza precios inéditos y las familias enfrentan la amenaza inminente del desalojo —un 8% de los inquilinos en USA y un 16% en la Argentina quedarán en la calle antes de fin de año—, Trump no duda en pedir a sus huestes que "hagan trampas como sea" (“cheat like hell”), porque perder es “caer directamente en el infierno”. Cuando ganar lo es todo, las reglas son un estorbo. Los asaltos al Capitolio en Washington o al Planalto en Brasilia no fueron exabruptos; fueron el manotazo de ahogado de una élite que intuye su propia destrucción.

 

La movilidad social se ha roto. Actualmente existe la fría certeza de que los hijos vivirán una vida más estrecha y gris que la de sus padres. El futuro ha dejado de ser un refugio de la esperanza para convertirse en una amenaza. Se desploma la natalidad ante este escenario desolado; la única promesa de progreso florece en los templos evangélicos de la periferia. Una epidemia silenciosa de adicciones, la salud mental hecha pedazos y un aumento desgarrador en los índices de suicidio conforma el paisaje.

 

Por eso la calle ha vuelto a arder. En la última década presenciamos la eclosión de insurrecciones salvajes y horizontales que le doblan el brazo a los gobiernos. Da igual si ocurre en la India, en Líbano, en Argelia, en Bangladesh, o si toma la forma de los “Chalecos Amarillos” o los “insumisos” en París, el estallido en Santiago de Chile o de los desalojados en España. El libreto es siempre el mismo: una pequeña chispa —un impuesto insignificante, una tarifa que sube unos centavos— enciende la pradera. Sin sindicatos ni partidos que sirvan de amortiguador, la multitud se organiza por redes sociales e impugna el sistema entero.

 

El estallido chileno de 2019 dejó a más de 400 personas con los ojos mutilados por perdigones; en Perú, las revueltas se cobraron más de 70 vidas, trágico eco de los muertos que dejó Fernando de la Rúa en su huida en helicóptero. En la Argentina actual, mientras la tensión se acumula, el Estado responde garroteando a jubilados, discapacitados, estudiantes y trabajadores precarizados que protestan ante el incumplimiento flagrante de las leyes vigentes.

 

En este paisaje en ruinas, los discursos de patrioterismo tardío y las promesas electorales ilusorias son basura. Los únicos líderes que lograrán mantenerse en pie serán aquellos que demuestren una capacidad recia y concreta para mediar contra las fuerzas globales que asfixian a la gente. La credibilidad ha quedado reducida a dos roles primarios: actuar como escudo para proteger del ajuste, o blandirse como una espada para castigar a los culpables de la miseria. El electorado no busca un arquitecto del mañana ni un santo para poner en un altar. Busca, con el aliento agitado y la billetera vacía, una herramienta para sobrevivir al día de hoy. Y mientras la vida siga siendo este calvario, las urnas no serán el templo sagrado de la república, sino una guillotina extraordinariamente afilada que espera, paciente, la caída de la próxima cabeza.

 

*Ex Representante, Conferencista y Formador de la Federación Argentina de Consejos de Profesionales de Ciencias Económicas. FACPCE.

 

'
'