Irracionalidad y desprecio
Hasta dónde puede alcanzar la irracionalidad y el desprecio de Javier Milei para con las instituciones argentinas es un pregunta que se hacen muchos… menos acaso los que debieran hacerlo, alertar al país y efectivizar medidas concretas que frenen las actitudes del mandatario. El Presidente, no conforme con ignorar la estructura legal del país –Parlamento y aparato judicial incluidos, desprestigiar al país en el orden internacional, disminuir la ciencia, la educación y la cultura en general, concretar un alineamiento total con los intereses políticos y económicos de los Estado Unidos, promover la entrega de los recursos naturales del país y, en fin, llevar adelante un proceso que apunta a que dejemos de ser una Nación independiente para pasar a ser una colonia, parecería que después de semejantes y otras barrabasadas similares, la emprende ahora con la expresión máxima de la argentinidad, aquella contra la que no se atrevieron ni siquiera los gobiernos más entreguistas: los símbolos nacionales.
Porque a todos los argentinos íntegros, que aunque postergados seguimos siendo mayoría, no pueden haber dejado de dolerles que en medio de los festejos del Día de la Bandera, en Rosario, un par de escalones más abajo que la celeste y blanca flameara en soledad el pabellón norteamericano. No es la primera señal de proyección indebida con nuestro estandarte; recuérdese que Milei llegó a posar junto con la bandera israelí en tomas donde ambas tenían igual jerarquía posicional, esto sin contar que al mismo tiempo reafirmaba a los gritos su contubernio con aquel país, execraba a la etnia árabe y justificaba el genocidio palestino.
En la misma actitud, la semana pasada nada menos que la Fragata Sarmiento acompañaba los festejos de la independencia norteamericana (evidentemente sin que contara el “no hay plata” para semejante viaje) y luces con los colores estadounidenses se proyectaban sobre el obelisco de Buenos Aires.
No se trata, que quede en claro, de disminuir los símbolos de otros países, pero tampoco de igualarlos con los que representan a la Argentina. En la misma perspectiva, aplaudida solamente por el círculo de turiferarios que apoya el Presidente, se puede considerar la escapada del mandatario a Tucumán (donde se aisló hasta negarse a participar en los actos tradicionales). Lo mismo el discurso en el que tuvo la desfachatez de decir que ha vuelto a renacer “el gran sueño americano” –aludiendo a una expresión estadounidense de dominar todo lo que está al sur del río Bravo, hasta Tierra del Fuego. Y, con dos lugares emblemáticos: los propios Estados Unidos y la Argentina.
Después de tantos dislates, que duelen efectivamente a los argentinos de bien, vuelve a imponerse la pregunta ¿No hay forma constitucional de frenar semejantes despropósitos?
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