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Jorge Primo

Redacción 23/08/2026 - 00.13.hs

Por alguna razón, las calles de varias ciudades importantes de Argentina -y hasta un pueblo santafecino- adoptaron el nombre de Humberto Primo, en homenaje al segundo rey de la dinastía de los Savoia, en la Italia recientemente unificada del tardío siglo XIX. Cuesta mucho encontrar un motivo para el homenaje, tratándose de un personaje de poca nota, salvo por sus bigotazos decimonónicos, su patética pretensión imperialista en Africa, su vocación de alianza con Alemania y Austria (ya sabemos cómo terminó eso) y su gusto por reprimir a balazos al pueblo que protestaba por el alza del precio de los alimentos. Fue este último detalle el que derivó en su muerte, en el año 1900, a manos de un militante anarquista que quiso vengar a las víctimas de la masacre de Milán. Acaso las elites argentinas se vieron reflejadas en este personaje mediocre, con quien compartían un divorcio existencial con el pueblo que las rodeaba, y del cual provenían sus riquezas.

 

Primo.

 

Tal vez dentro de un siglo, si la inteligencia artificial permite nuestra supervivencia, haya en Buenos Aires una calle que lleve el nombre de otro primo, no tan bigotudo, pero igualmente encaramado en el poder por obra y gracia del nepotismo italiano. Nos referimos, desde luego, al actual "jefe" de gobierno de la ciudad autónoma que hace las veces de capital argentina, mientras propicia sistemáticamente la aniquilación de nuestra nación.

 

Nadie puede pensar que el actual status de mandamás porteño que ostenta este personaje obedezca a otro motivo que su parentesco consanguíneo en tercer grado con el ex presidente (2015/2021) que será recordado como uno de los gobiernos que más endeudaron al país para favorecer a sus elites económicas, un récord que las actuales autoridades se afanan en superar.

 

Como el otro primo, el rey italiano, el amigo Jorge Macri carece de la más mínima noción de cuáles son las necesidades del pueblo cuyos destinos gobierna. Lo cual lo lleva -casi sin excepción, pero especialmente cuando se trata de lidiar con la gente en situación de calle- a adoptar ese constante gesto de disgusto, de acritud, que acentúa sus peores rasgos y lo asemeja a uno de esos enanos de yeso que suelen adornar los jardines de la burguesía poco ilustrada.

 

Gusto.

 

Casi que se extraña a los aristócratas de antaño, por este pequeño detalle de la cultura: gente que podía ordenar el asesinato en masa de obreros en huelga, pero que tras esos sangrientos episodios se recogía en sus palacetes, para leer a los clásicos y hasta ensayar alguna incursión en la vanguardia, de Stranvinsky a Picasso, de Joyce a Eisenstein.

 

Ahora, con tal de "llenarse los bolsillos de plata", son capaces de tolerar a un lacayo capaz de las mayores guarangadas -incluso contra sus propios mandantes- y con pretensiones de "rockstar", acompañadas de un escaso control de esfínteres y unos consumos de psicotrópicos poco exitosos.

 

Probablemente por esa decadencia moral, esta clase dirigente porteña se está volviendo en contra de sus ancestros, del mismo modo que en la Roma imperial, los imágenes de los antepasados que adornaban los frentes de las casas nobles, fueron los primeros símbolos en transformarse en mercancía, para, en definitiva, perder todo valor.

 

Fiambre

 

Al fin y al cabo, el actual jefe de gobierno porteño no tiene más abolengo que el de una feta de mortadela: no se puede pretender otra cosa.

 

Pero el último episodio de su gesta mercantilista parece haber traspasado un límite. A través de un procedimiento administrativo algo amañado, que incluyó la notificación "fehaciente" de decenas de personas ya fallecidas, logró hacerse del control de un panteón familiar "vintage" y centenario en el cementerio de la Recoleta, que planea transformar en un negocio de venta de comida y souvenires varios. La bóveda de 24,55 metros cuadrados cubiertos, con un canon base de $1.600.000 mensuales, parece un negocio apetecible.

 

Habrá, entre tanto gringo degenerado, visitantes a los que el paseo por ese camposanto les despierte el apetito. Hasta se puede especular que, atento el contexto temático, el negocio tendrá una especialidad en fiambres premium, desde jamón de bellota "pata negra", hasta el infaltable prosciutto italiano, con la necesaria inclusión de embutidos ahumados, para los partidarios de la cremación.

 

Pero siempre hay quien pone palos en la rueda. Existe (créase o no) una "Asociación de Amigos del Cementerio de la Recoleta" que se opone al proyecto, y pretende adoptar los standards de cementerios del primer mundo para este tipo de emprendimiento, que no incluyen actividades gastronómicas.

 

Hay también una heredera quejosa, que ha iniciado acciones judiciales no sólo para defender lo que considera el patrimonio ancestral de su familia, sino también para averiguar qué hizo el Primo Jorge con los restos de su padre y otros difuntos que habían sido llevados allí -supuestamente- para descansar.

 

He ahí una de las grandes contradicciones de la humanidad: todos buscamos alguna forma de trascendencia más allá de la muerte. Nadie, o casi nadie, está dispuesto a aceptar el juicio de la historia.

 

PETRONIO

 

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