La Argentina que fue
Quien haya visitado el cementerio capitalino de la Recoleta habrá notado que más que una necrópolis, conforma un museo de una Argentina que fue, evidenciada en sus lujosos y originalísimos monumentos funerarios; algunos de ellos cargados de historias y otros, más recientes, de sucesos vividos no hace demasiado tiempo, como que el propio Juan Domingo descansa en el lugar. Sin entrar en mayores detalles digamos que también están allí algunos deportistas, científicos, escritores y, en general, personajes tocados por la trascendencia o la riqueza.
La breve síntesis anterior explica por qué se lo considera monumento nacional. Pero el neoliberalismo que gobierna –o padece— la Argentina no reconoce fronteras y de allí que está en curso una licitación para utilizar una bóveda y “destinar el inmueble a la comercialización de alimentos y bebidas” y permitir que el lugar funcione como cafetería o establecimiento gastronómico de particulares características. El objetivo, en definitiva, apunta al turismo -por cierto nutrido- para que “el espacio funcione como un servicio complementario para quienes visitan el cementerio”. La iniciativa, muy discutible, ha creado una polémica por la reacción de los herederos de la construcción, que se niegan a esa función.
Al tope de esta –digamos— originalidad, la iniciativa considera realizar recorridas nocturnas de índole turística, las que agregarían una nota un tanto inquietante para quienes participen por el lugar y la hora.
En contraste, es dolorosa la constante información sobre el mal estado de las rutas nacionales, con accidentes y víctimas fatales a consecuencia de ello. Por cierto que la sola vista de los baches y roturas que suelen mostrar los noticieros de televisión es muy alarmante y obliga a pensar cómo es posible que se trate de “vías de circulación”. Esta columna se siente con alguna atribución para hablar al respecto porque fue uno de los primeros medios en destacar la circunstancia, hace ya más de un año.
El transporte que hace a la industria y el comercio se ve perjudicado sin perspectivas de mejora y hasta el turismo, ya afectado por la suba de los precios, se ve afectado por el temor que inspira el tránsito en semejantes condiciones. Para peor, un reciente decreto del descontrolado presidente Milei autorizó el tránsito con carga de mayor tonelaje, principal causa del deterioro de las rutas; el acto fue coherente con las anteriores disposiciones presidenciales que redujeron el organismo encargado del mantenimiento y planificación de los caminos, Vialidad Nacional, a una entidad casi inexistente.
La circunstancia hace que el ciudadano común (especialmente el que debe transitar conduciendo un vehículo) se pregunte cómo es posible que funcione como tal un país donde el ferrocarril es un recuerdo en la mayoría del territorio y los caminos están cada vez más deteriorados; ni siquiera las voces castrenses, tan proclives a la crítica con otros gobiernos, han hecho observaciones para destacar la importancia geopolítica de las vías de comunicación, mayoritariamente abandonadas y que evidencian un país segmentado, abierto a distintas formas de dominación.
Sin explicación a la vista no se puede comprender cómo países que han pasado por circunstancias peores que las de Argentina, cuentan hoy con una red vial, organizada y mayoritariamente constituida por autopistas. Solamente algunas provincias argentinas –La Pampa entre ellas— parecen haber comprendido la urgencia de proceder cuanto menos al mantenimiento de sus caminos, especialmente ante la amenaza de que queden prácticamente aisladas algunas de las regiones del país.
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