Viernes 13 de mayo 2022

La muerte de una rata

Redacción 16/01/2022 - 00.24.hs

Esta semana falleció, de plácida muerte natural, un ser llamado Magawa, de la especie Cricetomys gambianus, esto es, una rata gigante de Gambia. No se trata de un acontecimiento que suela hacer parar las rotativas ni disputar los titulares de primera plana, excepto por el hecho de que Magawa había recibido, en vida, varias condecoraciones internacionales por su contribución a salvar vidas humanas. El singular talento de este roedor era la detección de minas, y a lo largo de varios años de actividad profesional logró ubicar alrededor de cien de esos artefactos explosivos en Camboya.

 

Asia.

 

Como es sabido, Camboya sufrió una cruenta guerra civil durante los años setenta del siglo pasado, por lo que, aún hoy, su territorio está plagado de minas terrestres, ese cruel dispositivo ideado por los amos de la guerra para provocar la muerte o la mutilación de seres humanos. Por si no fuera suficiente, en varias regiones de ese país del sudeste asiático existen miles de bombas sin explotar, cortesía de los aviones militares de EEUU, que las arrojaron allí "por error" durante la guerra contra la vecina Vietnam. Unos 64.000 camboyanos han muerto desde entonces por estas explosiones retardadas.

 

Magawa -que en las fotografías aparece sorprendentemente apuesto, con unos bigotazos soberbios- había perfeccionado el arte de ayudar a los humanos en la detección -y posterior desactivación- de toda esta maquinaria de la muerte. Con su olfato identificaba el TNT presente en esos explosivos, con tanta eficiencia que en apenas treinta minutos podía relevar una superficie equivalente a una cancha de tenis (un humano con detector de metales tarda cuatro días en hacer la misma tarea).

 

La gran ventaja de usar ratas en este peligroso metier no sólo es evitar el riesgo para humanos: por su escaso peso corporal, estos roedores no son aptos para hacer explotar las minas, cuyo mecanismo de ignición presupone una pisada de un ser humano o un animal más corpulento.

 

Es bueno saber que Magawa, al fallecer, llevaba ya un año de vida de jubilado (era de sexo masculino, cabe aclarar) y que gozó de buena salud hasta sus últimos días.

 

Asco.

 

Curiosamente, en la columna del domingo pasado hablábamos del asco, un sentimiento fuertemente asociado a las ratas. Por alguna razón estos roedores gozan de muy mala fama entre los humanos, quizá porque se los asocia con la suciedad, o quizá por la memoria colectiva sobre el rol que les cupo en la Gran Plaga que asoló Europa en la Edad Media.

 

Lo cierto es que las ciudades humanas, con su monumental producción de desperdicios biológicos, son el sitio ideal para la proliferación de estos roedores, al punto tal que se calcula que en grandes urbes como Nueva York viven alrededor de unos dos millones de estos individuos dientudos. Nos gusten o no, cumplen una función ecológica, y somos responsables de su proliferación.

 

Está claro que no son como los perros, gatos o caballos, que criamos para que nos acompañen, o las vacas, cerdos, gallinas y otros bichos que caminan, que van a parar al asador. No criamos ratas a propósito (aunque bien que las usamos en experimentos de laboratorio) pero somos responsables del éxito biológico de esta especie.

 

Lugar.

 

Cuando un individuo no humano nos reclama atención -como en este caso, el condecorado Magawa- haríamos bien en pensar cuál es el rol que les cabe a los animales en nuestras vidas. Estos compañeros de ruta, muchos de los cuales probablemente se extingan junto con nosotros cuando terminemos de arruinar este planeta, son algo más que "cosas", como se empeña en clasificarlos nuestra legislación civil. Mucho más razonable es la calificación de "seres sensibles" que les acaba de otorgar la ley española.

 

Si no fuéramos tan necios, el ejemplo de los animales nos haría más humanos. Como aquellos ovejeros alemanes, entrenados para matar disidentes en el muro de Berlín, que, cuando se quedaron sin trabajo con la caída de esa frontera, fueron adoptados por familias a las que se integraron como amorosas mascotas.

 

Mucho se ha hablado en estas semanas sobre los perros peligrosos y la necesidad de su control. Poco se dice que detrás de cada animal peligroso hay un humano mucho más peligroso aún. Estas pobres mascotas no son más que prolongaciones, alter-egos de seres humanos violentos.

 

Quienes hemos logrado establecer comunicación con estas personas no humanas, encontramos realmente ofensiva la ordenanza municipal que les impone el uso de collar, correa y bozal para pasear por la vía pública. Por lo que a nosotros respecta, el comportamiento público de nuestras mascotas es más civilizado que el de algunos concejales. Y por cierto, más leal.

 

PETRONIO

 

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