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Domingo 18 de enero 2026

La pirámide invertida

Redacción 18/01/2026 - 00.30.hs

Que el mundo está patas para arriba, ya no hay quien lo niegue. Esta semana las noticias hablan de que Dinamarca y sus aliados en la OTAN envían tropas a Groenlandia ante la posibilidad de un conflicto armado con EEUU... que sigue siendo miembro de la OTAN. Mientras tanto, en Venezuela, luego del espectacular secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa (ni preso le dan vacaciones) el poder local está en manos de... la misma gente que antes. No es de extrañar, entonces, que uno de los personajes más bizarros de la actual Casa Blanca haya decidido romper todo y dar por tierra con décadas de recomendaciones a la población en materia de alimentos. Si hasta ha generado su propio slogan dentro del movimiento MAGA (make América great again): él es el jefe de MAHA (make América healthy again), o sea, ha decidido recuperar la salud de los norteamericanos, aunque no necesariamente la salud mental.

 

Bobby.

 

El personaje en cuestión se llama Robert Kennedy Jr. Si le suena el nombre es porque es hijo del otro Robert, más conocido como Bobby, asesinado en 1968 cuando se postulaba para la presidencia, en lo que fue, se dice, la última oportunidad de que EEUU tuviera un presidente progresista. Aunque, claro, eso es historia contrafáctica y conviene no exagerar con las calificaciones.

 

El Robert Jr. no se parece mucho al padre. Para empezar, ostenta una trayectoria política algo saltimbanqui, como lo demuestra el hecho de que, proviniendo de una familia demócrata, haya terminado con un alto cargo en una administración republicana... y de ultra derecha, para más datos.

 

El hombre se obsesiona con la cuestión de la salud, aunque sus ideas al respecto son poco ortodoxas. Su obsesión, de todos modos, no lo llevó a estudiar medicina (es abogado). Es un ferviente anti-vacunas, y ya ha despachado órdenes de reducir la obligatoriedad de inoculaciones para los niños, con el cuento (de terror, pero cuento al fin) de que provocan autismo. Historias parecidas lo llevaron a la nación insular de Samoa, en el Pacífico, donde su prédica anti-vacunas -se ha denunciado- derivó en la muerte de más de ochenta niños y bebés por no vacunarse contra el sarampión.

 

Mezcla de político e influencer, este setentón de voz aguardentosa se exhibe en videos de internet, a pecho descubierto, haciendo sus rutinas de gimnasia. Presume de practicar el ayuno intermitente y también de sus relaciones con mujeres jóvenes y hermosas, que luego terminan publicando libros en los que le arrancan su cuero meticulosamente bronceado (en esto son culo y calzón con Trump). La familia lo ha repudiado varias veces, y no sin razón: su conducta produce vergüenza ajena, o "cringe" como le dicen allá.

 

Bife.

 

La cuestión es que, a su destrucción del sistema de vacunas (que incluye la supresión de programas de desarrollo, en particular, empleando la tecnología del ARN mensajero, con la que se produjeron los mejores antídotos contra el Covid 19) ahora vino a poner patas para arriba la tradicional "pirámide nutricional", que, como es sabido, se basaba en un consumo abundante de hidratos, siguiendo (menos) con las proteínas, en tanto las grasas están en la cúspide, la de los alimentos menos recomendados.

 

Al hombre le gusta comerse un buen bife, en lo posible bien grande, sanguinoliento, y si es con la grasa, mejor. Quién diría, la grasa de vaca, tantas veces vilipendiada, ahora ha pasado a ser una estrella no sólo culinaria, sino también sanitaria.

 

Y no es que le falte algo de razón a don Kennedy, dicen los expertos, que últimamente se vienen enfocando en el problema de la sarcopenia, esto es la pérdida de masa muscular en los adultos mayores. Es un problema serio, porque es en los músculos donde se produce buena parte de la actividad metabólica del organismo, y si se pierde ese tejido (hecho de proteínas) no sólo se pierde fuerza, también salud.

 

Tampoco le critican al secretario de Salud su guerra contra los alimentos ultraprocesados, esos que cuentan con decenas de ingredientes de nombre impronunciable, y a los que se relaciona con buena parte del problema de obesidad que afecta a la población norteamericana.

 

Basta.

 

Hay en todo esto, y muy a tono con la ideología predominante en el actual gobierno norteamericano, una buena dosis de nostalgia. En lo posible, de largo alcance, llegando hasta el siglo XIX y más atrás también. Por eso el combate a las vacunas, a los alimentos "modernos" que se expenden en máquinas tragamonedas. Por eso también el polémico consejo de consumir leche cruda. O sea, volvamos al 1800, cuando ni penicilina había, y la expectativa de vida no superaba los 40 años.

 

Ya han habido denuncias de que en este cambio en la orientación alimentaria por parte del gobierno ha habido un intenso lobby de las industrias productoras de carnes y lácteos. Eso ciertamente no sería una novedad. La historia está llena de ejemplos.

 

Sin ir más lejos, se demonizó a la carne vacuna y a sus grasas a raíz de unos estudios de la década del '50, en los que se relacionaba a esos consumos con el colesterol y la enfermedad cardíaca. Pero esos estudios, sabemos hoy, fueron influidos por las industrias azucareras, y muy en particular por la de las bebidas gaseosas, que distrajeron así la atención sobre los graves daños a la salud que provoca el consumo excesivo de azúcares.

 

Es más o menos el mismo argumento por el que, hasta hace poco tiempo, se desaconsejaba el consumo frecuente de huevos: ahora la moda -sobre todo entre la gente que va al gimnasio- es comerse al menos media docena por día.

 

Y hablando de estudios truchos, acaba de retractarse el paper que se publicara a comienzos de este milenio, en el que se aseguraba que el glifosato no era cancerígeno, publicación que contaba con el silencioso auspicio de Monsanto, la fabricante del veneno "Round Up".

 

No ha faltado quien reflexione, a la luz de estos datos, que resulta difícil creer en la ciencia, si está cambiando todo el tiempo. Ni al vino tinto dejan en paz: antes decían que era bueno para el corazón (aguante Favaloro) y ahora dicen que es cancerígeno.

 

Pero el problema no es la ciencia. Es el efecto corruptor que sobre ella ejercen los cabildeos de las empresas interesadas en el lucro. No es la ciencia: es el capitalismo lo que jode.

 

PETRONIO

 

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