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Siempre te da revancha

Redacción 05/07/2026 - 00.14.hs

Si le creemos a Anthony Burguess, que algo sabía de antropología, el primer partido de fútbol de la historia se jugó en un campo de batalla, usando como pelota la cabeza de un enemigo decapitado. Habrá sido divertida esa humillación post-mortem, pero con lo duro que es el cráneo humano, difícilmente el partido haya dado para grandes gambetas o paredes. Ciertamente, no da para anotarse como cabeceador en un corner. Como quiera, el fútbol mantiene -aunque sublimada- algo de liturgia guerrera, incluyendo eso de entonar los himnos, que suelen ser cantos de batalla. Y dicho sea de paso, algún día habrá que cambiar eso de "juremos con gloria morir": al menos quien esto escribe, siguiendo al poeta Machado, nunca persiguió la gloria. Y en cuanto a la muerte, definitivamente no somos fans.

 

Revancha.

 

Hubo muchos argentinos que, hace cuarenta años atrás, sintieron que el fútbol les daba revancha cuando en el Mundial de 1986 derrotamos a Inglaterra, con un gol hecho con la mano. El hecho ocurrió sólo cuatro años después de la Guerra de Malvinas, y aunque algunos pensemos que lo ideal sería directamente recuperar las islas, el efecto terapéutico de aquella victoria deportiva fue tangible.

 

La FIFA, que es experta en monetizar hasta los calcetines usados de sus jugadores, debería tomar nota de este dato, sobre todo si insiste en marketinearse como una promotora de la paz mundial. Habría que diseñar los mundiales de modo tal que los pueblos atropellados por los poderosos tengan una oportunidad de desquite virtual, como la que tuvimos los argentinos en aquella ocasión.

 

Por desgracia, en el campeonato en curso perdieron una oportunidad dorada. Ya que se habían clasificado Bélgica y el Congo, no les costaba nada urdir alguna triquiñuela en el sorteo, o algún arbitraje amañado, para conseguir que esos dos países se crucen, y permitirles así a los congoleños la satisfacción de su propio gol con la mano. No hubiera traído de vuelta a sus diez millones de compatriotas muertos en el genocidio de 1885/1908, pero los hubiera hecho sonreir.

 

Genocidas.

 

Nadie sospecharía, paseando por los hermosos museos y parques de Bélgica, que el dinero empleado para su construcción provino de un sistema de explotación brutal, de hambruna y asesinatos en masa, cometidos bajo el reinado del entonces rey belga, Leopoldo II. Los pobres congoleños ni siquiera eran una colonia formal, ya que aquel sistema criminal -que redujo su población a la mitad- era un mero emprendimiento personal, "una changuita" del monarca belga.

 

Los hombres de las aldeas eran obligados a internarse en las selvas para cosechar caucho, y si no cumplían con las cuotas producción, se enfrentaban a la muerte o a torturas severas, que incluían la amputación de pies y manos. A su vez, sus mujeres e hijos solían ser secuestrados como método para obligar a los hombres a trabajar más rápido, si querían volver a ver a su familia. Y eso para no hablar de las violaciones. Don Leopoldo era lo que se dice un perfecto cretino, que nunca pagó por sus crímenes (él mismo se encargó de destruir toda la documentación que lo incriminaba).

 

En realidad el genocidio sólo fue definido como delito contra la humanidad después de la Segunda Guerra Mundial, donde las víctimas sumaron un poco más de la mitad que en el Congo, pero, claro, eran blancos. Los belgas zafaron del mote de genocidas, y hoy andan lo más tranquilos por ahí, poniendo cara de civilizados.

 

Imperios.

 

El listado es más largo. Hace apenas cincuenta años atrás, el decrépito imperio de Portugal continuaba cometiendo atrocidades en sus colonias africanas de Angola y Mozambique -entre otras- que luchaban por su independencia. Parece haber, entre los países europeos, una suerte de deporte olímpico que consiste en inventar ingeniosos disfraces para ocultar su pasado imperialista: en el caso de los lusos, ese disfraz es el de posar como país del tercer mundo, como una versión "bajo presupuesto"de la vecina España.

 

Algunos se disfrazan tan bien que pueden continuar impunemente con estas prácticas genocidas: es el caso de Francia, que mantiene capturadas a sus ex posesiones africanas, sin la molesta obligación de administrarlas como colonias: simplemente mediante el secuestro de su sistema financiero. Ya no les amputan las manos, simplemente los someten mediante el "franco africano", esa pseudo moneda que controlan desde París, y con ella, toda la economía de catorce naciones. Y para no perder la costumbre, de vez en cuando mandan alguna expedición militar, como hicieron recientemente en Mali. Es cierto que los senegaleses se dieron el gusto de ganarles en el Mundial de 2002, pero la verdad es que el seleccionado francés sólo se diferencia de uno africano por el color de la camiseta.

 

Y cómo olvidar la atroz contribución de los holandeses (ahora quieren que los llamen "neerlandeses" o "paisbajenses", aunque sería preferible llamarlos "bobos" a secas) con su inefable Compañía de las Indias Orientales, atroces depredadores en Indonesia. Y por cierto, muy admirados por el presidente argentino, porque fue la primera compañía "de responsabilidad limitada".

 

Y ya no nos queda lugar para hablar de las más conocidas tropelías de Inglaterra o de España. Ni siquiera de los italianos, que intentaron lo suyo en la actual Etiopía, aunque no les fue muy bien con su Armada Brancaleone.

 

Bueno, total que el fútbol, que une al mundo y promueve la paz, tiene que venir a ocuparse de estas cosas y mantenernos entretenidos mientras los mercaderes del mundo se siguen repartiendo nuestro petróleo, nuestro litio, nuestra energía atómica, nuestras tripas.

 

PETRONIO

 

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