Tensas relaciones
Desde sus mismos inicios, la Iglesia Católica Romana ha tenido, y ha hecho valer, su interpretación de la tradición cristiana, aceptando y descartando otras interpretaciones que, a juicio de sus referentes no tienen entidad suficiente como para integrarse a ese dogma. Un caso ilustrativo al respecto podría ser el de los llamados “Evangelios Apócrifos”.
Pero también ha tenido desgajamientos de su tronco principal, muy duros algunos de ellos, como es el caso de la Reforma Protestante. La historia enseña que esas polémicas disidencias fueron ocurrencias de siglos atrás con condiciones y encuadres políticos muy distintos de los actuales.
Sin embargo, parecería que los tiempos modernos le deparan también no pocas preocupaciones. En el último siglo han habido varias disidencias que se acercaron o directamente pasaron a la herejía. La más notoria de ellas ha sido posiblemente el férreo conservadurismo religioso que gestó el sacerdote Marcel Lefevre durante el siglo pasado, que llegó al rechazo abierto -nada menos— de los avances modernistas que surgieron del Concilio Vaticano II, que para su feligresía configuró “una ruptura con la tradición de la Iglesia”. De hecho, la transformaron grupo en un refugio de los ultraconservadores católicos que resisten a los cambios en la Iglesia.
Esa postura “se ha vuelto aún más inextricable con los desarrollos doctrinales y pastorales surgidos durante los últimos pontificados”. Uno de ellos, el del Papa Francisco, cuyas determinaciones para con la renovación litúrgica rechazan de plano los lefebristas, por caso el uso del latín en la misa.
En las últimas semanas las relaciones se han tensado al extremo porque la fraternidad ha reiterado su intención de consagrar obispos (un privilegio reservado al Papa) y, pese al intento de acercamiento por parte del Vaticano, rechazan los términos planteados alegando un “estado de necesidad y única forma de asegurar la sucesión apostólica” de esa fracción ultraconservadora.
La soberbia de los lefebristas los lleva a señalar que “se habla de la ruptura de la comunión, del cisma y de graves consecuencias, lo que, por tratarse de “una amenaza que ahora es pública”, conlleva “una presión difícilmente compatible con un verdadero deseo de intercambios fraternos y de diálogo constructivo”.
Pero lo que empeora la situación está en la ratificación de que el 1º del venidero mes de julio, tal como lo había anunciado, la congregación lefebrista ordenará nuevos obispos. En la respuesta enviada al Vaticano, además de refirmar su postura, emplean sin temor alguno la palabra “cisma”, algo que, de concretarse, generaría un verdadero desastre espiritual, excomulgando a todos los implicados en esta fracción ultraconservadora, que no son pocos si se aceptan las cifras de la comunidad, que habla de más de medio millón de fieles distribuidos en casi cien países, obviamente con sus propios sacerdotes adherentes.
La clave entonces está en el citado 1º de julio, cuando la consagración de los obispos conllevaría automáticamente a la expulsión de la Iglesia a quienes adhieran al acto y la doctrina consecuente. En forma contumaz, los lefebristas hablan de una “necesidad concreta a corto plazo para la supervivencia de la tradición, al servicio de la Santa Iglesia Católica”.
Evidentemente, no temen al cisma que podrían generar.
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