Tres tristes toros
Poco y nada se habla del toro en nuestros días. Ese animal noble, tan luego el símbolo nacional de nuestra madre patria, España. Pero, claro está, entre nosotros no se practica, como allá, la tauromaquia, un deporte en el que participan los toros, pero no existen encuestas confiables de cuánto se divierten ellos con esa práctica. La cruda verdad biológica es que, en realidad, quedan pocos toros: la mayoría se transforman en "novillos" tras otra ceremonia que los tiene como convidados de piedra -la yerra- donde se los priva de sus atributos taurinos. La función reproductiva que la naturaleza les asignaba ahora quedado casi totalmente sustituida por la inseminación artificial. Hoy el lugar del toro parece ser el de la poesía: los toros de García Lorca, los de Manuel Castilla ("vengo desde el olvido, toro serrano") los de Alberti ("Ay! guitarra de oro, toro por la mar, toro y torero") o los de Fandermole ("Ay! ese toro azul, fatigado y sediento"). Aunque es probable que a ellos, los toros, también la poesía les importe un bledo.
Toro 1.
Por eso es llamativa la ocasión de presenciar, en un medio semi rural pampeano, una conversación entre hombres, donde se aluda reiteradamente a las peripecias de la vida de tres toros, esos animales elusivos. Conversación que puede ser cierta o ficticia, pero de la que por las dudas, se mantendrán en silencio las circunstancias de los protagonistas, del lugar y del tiempo.
Uno de ellos, hombre de campo dueño de una pequeña explotación, se quejaba de un toro recientemente adquirido, al que había llevado a sus corrales con la obvia intención de introducirlo a las lindas vaquitas que allí residían, con claros fines románticos.
Nuestro paisano se quejaba de que el toro en cuestión parecía "dormido" -una expresión no exenta de poesía- para graficar su poco interés en las señoritas a su disposición. Aparentemente sus inquietudes se limitaban a la alimentación (con el habitual rumiar pensativo) y la contemplación del horizonte, con aire distante.
Sea cual fuere el origen de esta actitud abúlica (¿la filosofía, la crisis post feminista o el consumo de marihuana?) lo cierto es que al cabo de un tiempo fue apartado de ese predio.
Toro 2.
El segundo animal -según aportaba su ocasional dueño, el otro caballero de la charla- no podía ser más diferente en carácter. Un auténtico Don Juan, no había tenido ocasión de poner un pie (pezuña) en el campo en cuestión, que comenzó a arremeter con ímpetu contra las incautas vaquillonas, con un entusiasmo digno de mejor causa.
El problema es que esta pulsión seductora estaba algo fuera de control, al punto tal, que cuando detectaba el inconfundible aroma de una congénere en celo, el animal no respetaba ni alambrados, ni tranqueras, ni tanques australianos. Al cabo de unos pocos días, había destruído o inutilizado buena parte de las instalaciones que trabajosamente se habían reunido allí para la explotación ganadera.
Probablemente el relator estaba exagerando en algo el cuento, sólo por gusto de competir con la graciosa anécdota del toro dormido. Lo cierto es que nuestro segundo muchacho (¿qué lo motivaba? ¿el amor sincero? ¿la vanidad? ¿la cocaína?) también terminó con una orden de desalojo.
Toro 3.
La historia de nuestro tercer bovino macho es, acaso, la más extraña de todas. Comenzando por el hecho de que fue adquirido por una señora muy mayor del pueblo -viuda ya- pero sin interés de ponerlo en la faena reproductiva. No es tampoco que lo tuviera como mascota. Lo tenía, simplemente. Acaso, para desconcertar a los vecinos.
Esto en sí no tendría mucho de extraño, si no fuera porque nuestra señora relataba que todas las noches, una nave espacial se llevaba a su toro, sin que se sepa bien para qué. Sobre todo, porque todas las mañanas amanecía en el mismo lugar, aparentemente ileso. Los alienígenas cultivaban el misterio, se ve, pero nuestra heroína no tenía ninguna duda de su existencia: afirmaba verlos constantemente, corriendo por sobre los cables de energía eléctrica.
Acaso fuera la edad avanzada, acaso alguna sustancia alucinógena, pero la señora aseguraba que uno de ellos era ahora un bello joven, hijo de una vecina, que habría tenido la desgracia de ser abducido por los invasores.
Con las limitaciones del caso -el secreto profesional nos impide revelar las fuentes- estos relatos confirmarían la vigencia del toro en el imaginario y en la vida diaria de los pampeanos. Al menos, de algunos.
PETRONIO
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