Un visionario que se entregó a esta tierra
WALTER CAZENAVE
Sería redundante referirse a la importancia que tuvo la presencia de Edgar Morisoli en La Pampa. Desde su llegada, en 1956, hasta su muerte acaecida hace más de un año, fue una figura que, dentro de su humildad pero también de su firmeza, marcó un rumbo en la cultura pampeana, utilizando esta expresión en su sentido más amplio y profundo.
Posiblemente lo más llamativo en su figura y su quehacer fue la percepción del paisaje y su gente, tanto en lo espiritual como en lo material. Sorprendía que este hombre, llegado de las húmedas tierras litoraleñas, asimilara las esencias más hondas del paisaje pampeano -del desierto mismo- y fuera capaz de traducirlas en palabras de singular belleza e intensidad. Al mismo tiempo esa producción intelectual aglutinaba y orientaba a la legión de intelectuales, escritores especialmente, que sentían un latido telúrico que todavía no sabían o podían orientar. Bien puede decirse que junto a Juan Ricardo Nervi, uno de sus más grandes amigos, marcaron el norte de gran parte de la intelectualidad pampeana. Su obra también fue una fuente de la que bebieron algunos de los mejores músicos pampeanos,
El agrimensor.
La base material de las percepciones comentadas muy posiblemente estaba en su profesión de agrimensor, que lo llevó a recorrer lugares recónditos de Pampa y Patagonia donde tuvo una comunicación que podría llamarse íntima, con los sufridos habitantes de esos lares. Rastreando su realidad y estudiando su historia descubrió velos insospechados, largas injusticias vividas por esas gentes. La conjunción de esos elementos -al alcance de cualquiera pero que no cualquiera había sabido evaluar- lo llevó rectamente a la condición de lo regional en lo universal, volcado a través de su poesía y, también, de sus múltiples escritos de otra índole, reconocimientos literarios, ensayos, estudios históricos... A poco que se lea su obra, muy especialmente su poesía concretada en varios libros a lo largo de décadas, se verá asomar arquetipos de otros lugares, de otras literaturas del mundo que, más allá del cubrimiento exterior de la región cuentan con el universalismo del hecho, del carácter, de la espiritualidad surgidos únicamente de la sensibilidad de la observación, sin imitación alguna. Valga como ejemplo aquella Ofelia del Oeste, virtual proyección de una actualidad local del personaje shakespeariano.
Con la misma profundidad, independiente o no de sus antecesores históricos, en la obra de Morisoli asoma la tragedia histórica nutriéndose -es un decir- de la temporalidad cercana, falseada y oculta, pero imborrable.
El visionario.
Pero el hombre, el poeta, lejos estaba de vivir en la torre de marfil que una crítica superficial supo adjudicar a los de su condición. Porque al lado del hombre que cantaba y contaba la humilde e impactante realidad que lo rodeaba aparecía -relumbrante- el técnico que vislumbraba la posibilidad de trocar los desiertos en tierras de pan llevar, todo con la intervención del río, de los ríos; los mismos ríos que asomaban como entes poéticos y evocados a través de su literatura. Allí aparecía el técnico, el hombre que avizoraba la posibilidad de cambios en función del estudio, de los antecedentes físicos y humanos que tan a fondo conocía.
Cincuenta años atrás junto con otros visionarios Morisoli ya consideraba y planeaba la posibilidad de unir el norte patagónico con la región nuclear del país, la Pampa, aprovechando los ríos Negro y Colorado mediante obras generadoras de riego y producción de energía. La ecuación era simple y efectiva, y contaba con formidables antecedentes en casi todo el mundo. Sin embargo resultaba indigerible para muchas de las mentes que concebían la tierra nuestra solamente como generadora de cereales y vacas. Aunque parezca mentira una concepción tan simple le acarreó adversarios ocultos, enemigos arteros que le hicieron la vida personal muy difícil, privándolo de su trabajo. Que no de sus ideas, que nunca pudieron rebatir en su esencia. Porque Edgar Morisoli, paralelo al enorme sentimiento poético-literario que lo movilizaba, tenía también un envidiable sentido técnico y práctico con vistas al paisaje que habitaba, sentido que apuntaba a la mejor calidad de vida para esos olvidados habitantes. De allí su amor por el agua, lucha efectiva por los ríos robados, su temprana concepción de aprovechamiento del río Colorado como productor de cosechas y energía, compartida junto con un reducido grupo de emprendedores que veían muy por encima de las mezquindades políticas, pero también denigrada por otro grupo de necios que ahora fingen desentendimiento. Aquella idea de una colonización social que abriera las puertas a los desposeídos pero con experiencia en materia de riego, fue esperanza durante mucho tiempo; fracasó por la enorme sandez y cortedad de miras de quienes usurparon el poder, en la creencia esencialmente productivista, pasando por encima de la geopolítica que, precisamente, ellos debían aplicar.
La utopía.
Quienes conocimos aquellos equipos técnicos, de los que formó parte, pudimos apreciar aquella admirable (¡y todavía no concretada idea!) de que los valles fluviales del Negro y el Colorado, en forma complementaria, se unieran generando una distribución más equitativa de la riqueza nacional.
Se originó, también en Morisoli, una idea que el resto del país admiró públicamente: el desarrollo, la trasformación de los manantiales de la meseta basáltica pampeana en minioasis alimentados por esa agua, que todavía se sigue perdiendo. El gobierno militar de 1976 tiró el proyecto al canasto, perdiéndose hasta hoy la posibilidad de cambiar vida y posibilidades de muchos pobladores de nuestro Oeste.
Las observaciones que anteceden no son gratuitas ni se basan en estimaciones
amicales; cada uno de esos proyectos puede respaldarse en hechos y planes. De algunos todavía hay esperanzas de concreción.
Por lo expuesto valgan, entonces, estas líneas conmemorativas de la llegada a nuestra provincia de esta excepcional persona.
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