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Una célula con forma de papa

Redacción 19/07/2026 - 00.15.hs

No es extraño que desde el Vaticano hayan salido recientemente a reavivar aquel cuento de la Torre de Babel, y de cómo los humanos perdimos la habilidad de comunicarnos por la multiplicación de los idiomas, que aparece aquí como un castigo divino por nuestra soberbia de jugar a ser dioses. No es raro, decimos, en tiempos en que hay mucha gente jugando ese juego. Y no sólo los políticos magnánimos. También están los multi-billonarios que buscan la inmortalidad y la multiplicación de sus genes inseminando a diestra y siniestra. Y, si nos atenemos al artículo publicado el pasado 1 de julio por Carl Zimmer y Marco Hernandez, parece que también en los laboratorios científicos hay pequeños Frankenstein jugando a crear vida desde la nada. Y encima con éxito, o algo así.

 

Spudcell.

 

En realidad se trata de "una" Frankenstein: la bióloga sintética Kate Adamala, de la Universidad de Minnesota, quien condujo una investigación cuyo resultado ha sido una célula artificial, que se alimenta, crece, se reproduce y compite con otras de su misma clase por la comida. No se pude afirmar tajantemente que esté viva, pero está muy cerca. Mide una cuarta parte del tamaño de un grano de arena, y tiene la forma de una papa, de ahí su nombre "Spudcell". Por lo que se ve, la idea era crear vida, no belleza.

 

Así parece haberse cumplido el sueño húmedo de los científicos que desde antaño venían buscando descubrir la alquimia por la cual la combinación de elementos químicos conduce a la aparición de vida. Lo frustrante es que, contrariamente a la novela de Mary Shelley, el acto de creación no es un momento explosivo y fulgurante, un big bang. Como dice Adamala, la vida no es binaria: "no hay una línea divisoria clara, por mucho que nos gustaría que así fuera".

 

En un gesto encomiable, el invento no será patentado, sino que será puesto a disposición para que otros científicos colaboren y entre todos puedan progresar en esta veta, logrando células más plenamente vivas, adaptables a nuevos tipos de experimentos, y acaso logrando resultados estéticos menos pedestres que una mini patata.

 

Horizonte.

 

Y es que a estas spudcells las van a poner a trabajar, en busca de respuestas a preguntas que hace décadas no se logra responder con el estudio de células normales; por ejemplo, cuántos genes son suficientes para permitir una mínima forma de vida.

 

Pensando con un poco más de ambición, se imaginan haciendo ingeniería genética con ellas, para permitirles hacer cosas que las células "normales" no pueden, tales como fabricar nuevos tipos de medicina, o absorber grandes cantidades de dióxido de carbono de la atmósfera, o producir una amplia gama de proteínas.

 

De alguna manera, el procedimiento seguido por Adamala y su equipo viene a invertir el camino de investigación que se seguía hasta ahora: en lugar de estudiar las células vivas y descomponer sus distintos elementos para analizarlos, ella se propuso ir de lo más simple a lo más complicado: y es que hasta ahora, por mucho que se han esforzado, se sigue ignorando -por ejemplo- para qué sirve buena parte de las decenas de miles de genes contenidas en el ADN, o cómo funcionan los millones de moléculas que permiten encender o apagar esos genes.

 

Anillos.

 

El equipo de Minnesota logró descifrar uno de esos misteriosos procesos a nivel celular, tan luego, el sistema por el cual se dividen las células, que es a través de cadenas de proteínas que se adhieren a las paredes de sus membranas, formando un anillo que, al contraerse y retorcerse -como si fuera un bollo de masa- logran crear dos células a partir de una.

 

Para ello, por supuesto, fue necesario crear un "caldo" adonde cocinar el experimento, con una centena de diferentes proteínas y moléculas simples necesarias para propiciar reacciones químicas cruciales, tales como crear nuevas proteínas desde sus genes. Y estos últimos fueron obtenidos de uno de los microbios más simples de la naturaleza, el popular Escherichia Coli (ningún parentesco con la diputada pampeana). Agregaron a la sopa los materiales necesarios para la construcción de membranas, que espontáneamente terminaron juntándose formando burbujas, cada una conteniendo algo de la sopa circundante. Varias de esas burbujas, que habían encapsulado el suficiente material genético, proteínas y otras moléculas, comenzaron a realizar las combinaciones químicas típicas de una célula.

 

Cuando agregaron alimento a la sopa, las spudcells comenzaron a chuparlas a través de canales en sus superficies membranosas. Y para beneplácito de todos, comenzaron a crecer, y a competir entre ellas por el alimento. Sin embargo, carecen de ribosomas, esto es, la fábrica de nuevas proteínas que poseen las células vivas, lo que hace que su ciclo de "vida" sea muy corto.

 

Mientras en este laboratorio han creado esta materia viva algo precaria, en otros centros de estudio ya han avanzado en la creación de una inteligencia artificial, con iniciativas que en su momento también se presentaban como altruistas y ajenas al lucro. No hace falta ser Nostradamus para predecir que tarde o temprano harán algún tipo de engendro entre ambas cosas.

 

El viejo Jehová debe tener las barbas en remojo. No le bastó con echarnos del Paraíso, mandarnos el Diluvio, las plagas de Egipto, las bombas atómicas que tiró en Sodoma y Gomorra, y con voltear la Torre de Babel. Debe estar meditando qué castigo ejemplar aplicar en este caso. No se asombren si la emprende a rebencazo limpio contra esta manga de sotretas desacatados.

 

PETRONIO

 

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