Una lamentable etapa
Allá por 1946, en materia bélica, el mundo estaba pendiente de una expresión: bomba atómica. No era para menos; los Estados Unidos acababan de dar un trágico fin (todas las guerras lo tienen) a la conflagración conocida como Segunda Guerra Mundial al arrojar dos bombas nucleares sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, con espantosas cifras de muertes y secuelas de radiactividad. Los rusos y su gobierno socialista estaban a las puertas de obtener un arma similar. Aunque nunca se comprobó fehacientemente —algunos de los científicos que habían generado la bomba, aterrorizados de su acción-, fueron los que suministraron los datos para que el país soviético completara sus ya avanzadas investigaciones y así equilibrar las posturas de posguerra.
Curioso y misterioso el desarrollo de esta bomba. Al parecer los primeros pasos teóricos y prácticos los dieron los científicos nazis, pero no alcanzaron a concretarla antes de que los aliados ocuparan su país. En el interregno ocurrieron extraños sucesos, tales como la desaparición del científico italiano Mayorana –un adelantado en la materia—espantado por la etapa en que había entrado la humanidad y del que a ciencia cierta nunca se supo más nada.
No mucho tiempo después el gobierno peronista de Argentina sacudió al continente y al mundo al expresar por medio de su Presidente que había accedido al manejo del átomo por mediación –según se decía— de Ronald Richter, uno de los científicos alemanes refugiados entre nosotros.
Las misteriosas instalaciones atómicas estaban en la isla Huemul, un enclave en los lagos del sur.
Por lo que se supo después, todo o casi todo fue una fantasía, y acaso un engaño en el que cayó el mismísimo Perón, pero lo cierto es que, de una u otra forma, el primer paso estaba dado.
De allí en más, el estudio y el manejo de la energía nuclear fue un tópico en que los científicos nacionales incursionaron sin temor, obteniendo logros significativos pese, en algunos casos, a la intervención negativa de los propios gobiernos argentinos. Así, al margen de la posibilidad de fabricar una bomba (torpedeada por los altísimos costos y la acción de varias naciones) se creó la Comisión Nacional de Energía Atómica, un organismo efectivo y con técnicos argentinos de alta capacidad, tanta que desde unos pocos años antes del presente, estaban en condiciones de fabricar reactores atómicos de mediana capacidad, aplicables a la industria; algunos fueron vendidos a naciones emergentes en el contexto mundial y Argentina pasó a figurar entre los pocos países capaces de desarrollar esas tecnologías.
Pero ahora, tan lamentable como increíblemente, el desquiciado gobierno de Javier Milei ha entrado en una etapa abierta de paralización, desmantelamiento y destrucción del organismo, con cesantía de los científicos integrantes y puertas abiertas a la actividad privada en la materia, con la sede de la CNEA ocupada por Gendarmería Nacional (en un triste papel alejado de sus tareas específicas) e, increíblemente, sin que se haya originado reacción alguna de los organismos de defensa y de las fuerzas armadas. Está demás decir que ello supone una nueva emigración de técnicos y científicos altamente capacitados, cuya formación costó al país considerable tiempo y dinero y que, seguramente, serán aprovechados en sus conocimientos por naciones en las que la ciencia no sea considerada una actividad superflua.
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