“El día que conocí a Robledo Puch”

EN LA CARCEL DE SIERRA CHICA

El estreno del filme “El Angel” -narra la vida del más feroz asesino que se conociera-, hizo que muchos volvieran sobre su historia. Un cronista de este diario lo conoció en el Penal de Sierra Chica.
MARIO VEGA
Era agosto de 1985, y un equipo periodístico de LA ARENA se había trasladado a la ciudad de Olavarría para realizar una cobertura deportiva. Guito Gaich y yo componíamos aquella mini delegación, que llegó a lo que entonces eran dominios absolutos de Fortabat el sábado previo al acontecimiento.
No obstante, cuando arribamos una lluvia torrencial parecía anticipar que al día siguiente no habría partido de fútbol entre la Liga Olavarriense y la Liga Cultural. Estos seleccionados debían enfrentarse por la Copa Beccar Varela, torneo que disputaban todas las ligas del interior del país. Y así fue nomás: la misma noche del sábado se resolvió que el encuentro se suspendía y se jugaría el lunes (no recuerdo si era feriado).
La cuestión es que las autoridades del fútbol olavarriense, en todo momento y pese a las dificultades, mostraron una amabilidad que no siempre se da en este tipo de circunstancias. Una cena para los visitantes el mismo sábado por la noche con la dirigencia visitante, y también con la participación de los periodistas. Entre ellos nosotros.

El penal de Sierra Chica.
Lo cierto es que fue una noche agradable, donde se conversó de todos los temas y surgió, casi naturalmente, una charla sobre el Penal de Sierra Chica, la cárcel de máxima seguridad que está a pocos kilómetros en las afueras de Olavarría. Se daba el hecho de que varios dirigentes de la ciudad bonaerense eran, además de su vinculación con la liga de fútbol local, funcionarios de la funesta y reconocida cárcel ubicada a 12 kilómetros de la ciudad.
El recordar que en nuestra tierra, en Santa Rosa, había surgido hace muchos años un club que rápidamente se afilió a la entidad madre del fútbol oficial de esta zona -incluso resultaría campeón en más de una oportunidad-, provocó empatía con los anfitriones. El cronista de este diario comentó en la charla que el Deportivo Penales -popularmente conocidos sus integrantes como los “carceleros”-, había nacido precisamente de la inquietud de un grupo de oficiales y suboficiales de la Colonia Penal, muchos de los cuales -se puede recordar a los hermanos Jorge, a Varas, y algunos otros- pertenecieron también al Consejo Directivo de la Liga Cultural.
Tal vez por eso, o vaya a saber porqué, surgió una invitación para el día domingo -ya que tendríamos el día libre- como una suerte de “paseo” guiado que -después de mirarnos con Guito- decidimos aceptar. La visita sería, nada menos, a la cárcel de máxima seguridad, el penal de Sierra Chica.

El asesino serial.
“Ahí tenemos a Robledo Puch… lo van a poder ver”, prometió quien parecía ser uno de los jefes del penal.
Carlos Eduardo Robledo Puch -sabíamos bien de él-, era un feroz criminal que había acabado con la vida de once personas -en algunos casos con alevosía, por el simple placer de matar (eso parecía que le ocurría)-, había violado y robado, causando el horror iniciando los años ’70.
Su raid delictivo cargado de muerte duró varios meses de los dos primeros años de la década: fue condenado tras ser acusado de haber concretado 36 delitos, 11 homicidios (a sangre fría, muchas veces a personas que dormían), 17 robos y dos violaciones.
Cuando resultó detenido y llevado a juicio varios años después -en 1980- resultó condenado por la Sala I de la Cámara de Apelaciones de San Isidro a reclusión perpetua por tiempo indeterminado, la pena máxima en nuestro país. Ante el juez contó con absoluta precisión cada uno de sus crímenes: “Matar es una cosa fuerte, y de eso uno nunca se olvida”, dijo ante quien le tomaba declaración.
No obstante nunca habría de demostrar arrepentimiento.

En el penal.
De acuerdo a lo convenido, con Guito partimos en un Renault 6 propiedad de LA ARENA -en el que nos conducíamos en esos momentos- rumbo al penal, guiado por otro auto en el que iban adelante las autoridades de la unidad carcelaria.
La verdad es que en el trayecto no sospechábamos lo que íbamos a encontrar. Al final del camino se nos apareció una verdadera fortaleza de piedra granito; la penitenciaría que fue construida en 1881 por orden de quien era el presidente de la Nación, Julio Argentino Roca. Estaba ubicada a la vera de las vías del ferrocarril, y en principio iba a ser un fuerte militar para avanzar en la Campaña del Desierto, y años más tarde sería convertida en cárcel.
Quien no haya ingresado jamás en calidad de visita a un penal, no imaginará lo que puede sentir una persona ante lo que representa -se me ocurre lo que a muchos- la antesala del infierno. Pensar en perder lo más preciado que tiene el ser humano, ser despojado de la libertad, debe ser una de las cosas más terribles que le pueden suceder.
Por eso, al entrar a un establecimiento carcelario pocos podrán sustraerse a la sensación de desasosiego, de tremenda vulnerabilidad, de cierto estremecimiento por acceder -aunque sea tangencialmente- a un mundo desconocido y lúgubre. Sólo suponer cómo se sobrevive allí dentro es un ejercicio imposible de asumir por una persona en sus cabales.

Guito, la claustrofobia.
Ante las enormes puertas de hierro que daban al sector donde se alojan los presos -pintadas de negro-, con Guito no pudimos menos que impresionarnos. Recuerdo un portón en forma de U invertida, muy alto -¿siete, ocho metros?-, de dos hojas, que al ser abierto por un guardia dejaba escuchar el tétrico chirriar de sus goznes. Al otro lado de esa entrada se ubicaban las oficinas donde el resto de los jefes del presidio nos esperaban para la visita guiada…
Recuerdo que lo miré a Guito y lo vi empalidecer… “No entro… yo no entro”, alcanzó a musitar, al borde de la descompostura. Y no pudo. El pánico, el temor al encierro, fueron más que él… Y decidió esperarme en el auto.
No es que yo sea más valiente ni nada que se le parezca, pero aún con aprensiones pude vencer ese impulso inicial de acompañarlo en su decisión y no entrar, e ingresé con las autoridades carcelarias a otros sectores del penal.

Guardias con fusiles en lo alto.
Lo que vi es algo que no olvidaré jamás. La construcción es un panóptico, un tipo de estructura carcelaria dispuesta de tal manera que un solo guardia puede ver los doce pabellones, y el movimiento de todos los internos sin que ellos puedan advertirlo. La idea es precisamente esa, que los presos se sientan observados todo el tiempo.
Se trata de pabellones que tienen 50 celdas de cada lado. Me parece recordar que están dispuestos en una suerte de media luna. Aquel día, mientras avanzaba hacia el interior de Sierra Chica, podía ver los guardias armados con fusiles mirando desde lo alto de los muros; y un detalle que no podía entender bien de qué se trataba: por encima de una suerte de ventiluces enrejados -ubicados también muy arriba en las imponentes paredes-, entre los barrotes, se podían ver piernas y brazos de personas que intentaban que un poquito del sol que caía sobre el lugar diera sobre sus humanidades. Era, de verdad, asombroso.

Una libertad sin rumbo.
Primero ingresamos a un sector donde había lo que entendí eran celdas comunes. Un hombre petiso y morocho -alrededor de 55 años, o poco más- se peinaba frente a un espejo portátil, pequeño y redondo, que colgaba de un clavo de una de las paredes de la celda. Tenía ganas de hablar: “Me voy en estos días en libertad”, dijo ante mi curiosidad. Estaba alegre y dispuesto a responder mis preguntas: “¿Cuándo hace que estoy preso? Cumplo ahora 35 años aquí dentro… pero ya estoy casi saliendo”, completaba. Lo cierto es que fue todavía más preciso para contar que, en los últimos 20 años “por lo menos”, nadie había ido a visitarlo nunca. Y que lo concreto era que la cárcel era su mundo y toda su vida pasaba por allí. ¿Qué vas a hacer cuando salgas?, volví a interrogarlo: “Me vuelvo a Lanús… yo soy de allí, y bueno… allá veré qué hago”, me contestó.
Y me dejó pensando… ¿qué podría encontrar ese hombre después de tres décadas y media en una urbe populosa como Lanús?, ¿qué quedaría allí de sus viejos afectos, de sus amigos, de sus conocidos? Y se me ocurrió en ese momento que la vida de esa persona no tenía destino… ¿Volver?, ¿dónde?, ¿para qué? Sus chances de reinsertarse y llevar una vida más o menos normal eran me parece -a esa altura- absolutamente nulas.
Ese es al cabo el sistema carcelario argentino, incapaz de recuperar a nadie… o casi.

“¡Robledo, venga!”.
No puedo precisar bien cómo, pero en un momento dado ingresamos a un sector que era distinto… allí no había las clásicas celdas con rejas, sino que se veían enormes y gruesas puertas de madera, que eran el ingreso a calabozos que tendrían unos tres metros de ancho, y me pareció 7 u 8 de largo. Eran tres penitenciarios que me acompañaban. Dos de ellos dirigentes de la Liga de Fútbol de Olavarría, y el tercero que supongo sería el jefe de Guardia, o algo así. Este último observó por una mirilla, golpeó tres veces la puerta y la llave sonó mecánica y casi teatralmente para permitir la apertura. Se abrió y pude ver al fondo de la pieza una cama y al pie de la misma un hombre que -parecía asustado- miraba de reojo y a hurtadillas a quienes éramos sus visitantes.
“Robledo… ¡Venga!”, ordenó el jefe de Guardia. A pasos rápidos y algo simiesco el hombre se acercó hacia la puerta donde estábamos nosotros. “El es Robledo Puch…”, me dijo el jefe del Penal, casi como si hiciera falta. El criminal que había tenido en vilo a la sociedad argentina durante mucho tiempo estaba allí, a dos pasos mío.
Repasé en un instante todo su perverso recorrido y no pude evitar un escalofrío…

Un triste privilegio.
Lo miré con cierto estupor, presumí que tendría algo más de 30 años -quizás parecía un poco mayor que su edad-. El pelo corto y rubión, de mediana altura, flaco, la vista huidiza… apenas hizo un gesto como que me saludaba y no volvió a mirarme, mientras los encargados de la cárcel sí le hablaban, le decían alguna cosa. Fueron unos pocos minutos que “charlaron” con él -después caí en la cuenta que era como que hacían tiempo para que yo lo pudiera ver un poco más (¡!!)-, y volvieron a encerrarlo.
Me fui del lugar algo consternado. Había tenido ante mí al asesino serial más terrible que registre la historia policial argentina… ¿un triste privilegio? Sí, es posible. Una circunstancia de esas que la curiosidad periodística nos lleva a vivir a veces…

En exhibición.
Mientras regresábamos de la prisión al hotel donde estábamos alojados le conté a Guito Gaich todos los detalles de esa experiencia que no habría de olvidar jamás.
Por estos días la exhibición de la película que cuenta la historia de Robledo Puch conmueve a miles de espectadores… Y no puedo dejar de pensar que lo tuve ahí, al lado, y que quizás -lo admito- hasta sentí un poco de miedo…
A la distancia recuerdo vívidamente a aquel hombre que se veía aún joven y ágil al que -después lo advertiría- las autoridades de Sierra Chica tenían como una “atracción” especial para mostrar a los visitantes. Como alguien a quien podían exhibir como una rara avis… Ahora me doy cuenta, un pavoneo deplorable, inexplicable y absurdo… Cabe decirlo.

“El Angel”: el horror de verse a sí mismo
La trascendencia aún mayor que le dará al personaje el estreno de la película “El Angel”, de Luis Ortega -cuenta la vida de Carlos Eduardo Robledo Puch-, obligó a los psicólogos que lo atienden en el Penal de Sierra Chica a disminuirle las horas en que puede ver televisión: dicen que verse a sí mismo, que se cuenten aspectos de su espeluznante paso criminal, lo desestabiliza emocionalmente, de tal manera que a veces “llega a asustarse de sí mismo”.
Robledo Puch lleva 46 años preso, y se sabe que aún condenado a prisión perpetua pudo haber obtenido -a los 35 años de estar preso- la libertad condicional, de haber observado las reglas de buena conducta del Servicio Penitenciario (en ese sentido no tuvo problemas); y de superar un examen psicológico que lo demuestre apto para vivir en sociedad. No es el caso de Robledo Puch, quien no pasó estas pruebas de suficiencia en cuanto a su estabilidad emocional y continúa encerrado.
No obstante él mismo ha mostrado ambigüedad, porque en realidad nunca pareció querer la libertad. En los últimos días -coincidiendo con la película sobre su existencia- ha hecho una solicitud muy particular: pidió por escrito a la Justicia que le construyan su propia vivienda dentro del penal de Sierra Chica. Sin dudas un deseo que con total seguridad será rechazado prontamente.
En algún momento Robledo se declaró practicante de la religión evangélica, y por eso fue a parar a un sector que cuando el motín de los 12 apóstoles (en 1996), que terminó con la vida de varios presos, lo mantuvo a salvo de la furia homicida de los cabecillas.
Todo indica que el preso más famoso de la historia criminal argentina vivirá en la cárcel hasta el último de sus días. Hoy tiene 66 años.