Dos gobiernos muy parecidos

Las semejanzas que se advierten, apenas con un somero análisis, entre los gobiernos neoliberales de Brasil y Argentina son sorprendentes y convocan a la reflexión. Los dos países líderes de América Latina, están sumidos en una crisis económica y de transparencia de la gestión pública que día a día produce ejemplos a manos llenas.
En Brasil desplazaron temporalmente a su presidenta con acusaciones -nunca comprobadas- de corrupción y el gobierno que surgió de esa maniobra tuvo que soportar nada menos que cuatro renuncias de ministros en un mes por… corrupción probada. En Argentina el presidente y su entorno de ministros y secretarios de Estado son acusados de lavado de dinero en guaridas fiscales, de recibir fabulosas ganancias con la devaluación y las maniobras con el “dólar a futuro”, de favoritismo empresario y todo ello en medio de un aumento sideral en los precios y las tarifas de los servicios públicos criticado hasta por los economistas afines al macrismo.
En la nación vecina el actual presidente interino Michel Temer, principal promotor del impeachment a Dilma Rousseff, aparece denunciado con pruebas como parte del esquema de corrupción instalado en la petrolera oficial; en tanto en nuestro país se reveló que Mauricio Macri dibujó su declaración jurada de bienes y omitió en esa documentación una suma millonaria que tenía depositada en una guarida fiscal del exterior, acto por el cual fue incluído en la investigación sobre los llamados “Panamá papers”.
En cuanto a sus discursos, ambos mandatarios coinciden en enarbolar la promesa de un futuro mejor para las mayorías populares frente a un presente de ajustes, despidos y fuerte crisis de las pequeñas y medianas empresas. Asimismo sobreactúan las denuncias de corrupción de los gobiernos anteriores -en muchos casos justificadas- y los llamados al “consenso” y la unión nacional con argumentos que asombran por su inconsistencia. También estimulan la búsqueda de culpas en las gestiones precedentes a fin de seguir derivando responsabilidades que les corresponden largamente. El altísimo costo de empobrecimiento y retroceso que están pagando ambos pueblos en la actualidad es el precio -según ellos- de un futuro de bienaventuranza que, sin embargo, cada vez está más lejos según lo reconocen hasta los funcionarios de sus gabinetes.
La seguidilla de semejanzas llega a darse incluso en aspectos impensados. La semana pasada el brasileño había previsto transmitir por cadena nacional un discurso para defenderse y exponer sus puntos de vista, pero los informes de inteligencia lo persuadieron de que desistiera de ese acto en virtud del gran crecimiento de su impopularidad. Por estas latitudes, el presidente rodeó con vallas la Plaza de Mayo durante el último aniversario de la Revolución de 1810 y, más recientemente, hizo lo propio en el Monumento a la Bandera en Rosario, en un acto al que solo pudieron acceder las delegaciones escolares. El acceso de la ciudadanía recién se permitió cuando el presidente ya no estaba en el lugar. El miedo al repudio público es otro de los asombrosos parecidos que unen a ambos jefes de gobierno.

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