El cowboy de las Filipinas

DOMINICALES

Si hay algo que no abunda en este mundo, es la justicia. Miren si no lo que pasa desde comienzos de año, con la asunción del nuevo presidente de Brasil: ya lo han bautizado “el Trump tropical”, la prensa lo mima, y las bolsas del mundo cotizan en alza, con el mismo frenesí con que la orquesta del Titanic ejecutaba sus allegrettos. Pero el título de Trump tropical -incluso antes de Trump mismo- le corresponde, en realidad, a un ignoto héroe oriental, el filipino Rodrigo Duterte.

Antípodas.
Hay que reconocer, de todos modos, que Duterte no se puso muy a tiro que digamos. Las Filipinas quedan allá lejos, en el sudeste asiático, en las antípodas de nuestro país. Sin embargo, tienen mucho más en común con nosotros de lo que suponemos.
Para empezar, son una ex colonia española, de ahí los apellidos castellanos, y ciertos toques ibéricos en su gastronomía. Son bien llamadas en plural, ya que esa miríada de islas e islotes albergan a múltiples etnias e idiomas, con una población de más de cien millones de habitantes: es el decimosegundo país más poblado del mundo.
Así llamadas en honor al rey Felipe II de España, se “independizaron” a fines del siglo XIX, casi al mismo tiempo que Cuba, para pasar a ser, como ésta, una colonia informal de EE.UU., el ingenioso arquitecto de estas extrañas autonomías.

No Beatles.
Tampoco es que Don Rodrigo sea muy original en esto de practicar el autoritarismo por aquellas playas. Todavía perdura la fama de Ferdinando Marcos y su cruel esposa Imelda, que asolaron el país durante décadas, asesinando opositores y enriqueciéndose escandalosamente.
Filipinas tiene el raro privilegio de haber sido el único país en el mundo que no cayó rendido a los pies de Los Beatles, que hasta dieron un concierto allí en 1966. Lejos de ello -y por haber cometido el pecado de no asistir a un té canasta de Imelda- fueron echados literalmente a patadas, y su recaudación por el concierto, confiscada. Ni el Ku Klux Klan del sur estadounidense logró infundirles tanto temor a los Fab Four.
No es aventurado suponer que Duterte hubiera procedido de un modo no muy lejano. Durante sus 22 años como alcalde de Davao, se encargó personalmente de comandar escuadrones de la muerte, que perseguían sin piedad a drogadictos y delincuentes, con un saldo de más de 3.700 muertos, alguno de los cuales -confesó- los ejecutó personalmente, en lo que constituiría “su único pecado”.

Castigador.
Esta faena le valió el mote de “el castigador”, que los filipinos pronuncian entre temerosos y divertidos. Desde su asunción como presidente ha reinstaurado la horca como método para ejecutar la pena de muerte, que estaba abolida. Este “remedio” lo aplica para combatir la delincuencia y la droga, pero también a las milicias islámicas que corroen su poder en algunos sectores del archipiélago.
Y también lo menciona como arma política aunque no la haya usado todavía, sin embargo desde que está en el poder, 21 funcionarios en ejercicio han sido asesinados. El año pasado, durante la campaña electoral, envió este mensaje textual: “Seas miembro del gobierno, pertenezcas a mi partido, o seas opositor, te advierto: no aterrorices, ni indimides ni atemorices a los votantes. Si haces eso, voy a ir a arrestarte yo mismo, te arrastraré, y ataré tu cuello a la rueda de un avión”. Como se ve, el presidente filipino pretende monopolizar el terrorismo.
Pero como corresponde a un auténtico populista, algunas de sus medidas parecen progresistas, como haber instaurado la educación universitaria gratuita, y garantizado el matrimonio igualitario, junto a los derechos de la comunidad LGBT. Para no hablar de su política ambiental, que lo llevó a prohibir la minería a cielo abierto, y enfrentarse al poderoso lobby minero.
Se ve aquí una clara diferencia con Bolsonaro, que odia a los homosexuales, a las mujeres, a los negros y a los indios, y que no tendrá problema alguno en destruir todo el Amazonas para permitir su explotación agrícola y minera.
Difícil imaginarse al brasileño confesando, como Duterte, que a veces fuma marihuana para relajarse -mientras miles de sus compatriotas mueren en su “guerra contra las drogas”- o que de adolescente tenía relaciones con su empleada doméstica. O enfrentándose con los EE.UU. y tomando partido abiertamente por China.
Bolsonaro podrá tener la expresión facial de una cacatúa, pero nunca llegará al exotismo y el colorido tropical de Duterte, que bien podría ser un personaje de García Marquez.
Sin embargo, es posible que al cabo de su mandato, también haya provocado la muerte de miles de sus compatriotas. Y ahí es donde el humor se hace imposible.

PETRONIO