Lo que va de templo a templo en Santa Rosa

Con escasa diferencia de horas, dos lugares consagrados fueron escenario de robos en Santa Rosa. Lo singular del caso es que se trata de un templo católico y de un centro evangélico.
Lo robado también establece una diferencia llamativa. En el templo católico, la iglesia catedral, alguien entró hasta el altar mayor, abrió la caja que usan los oficiantes de misa, sacó una hostia ya consagrada, que se guardaba en un vaso, y se la llevó. La denuncia no hace referencia a otro objeto faltante. El ladrón tan sólo se interesó por esa hoja delgada de pan ácimo, usada para dar misa y para comulgar. Se llevó la hostia y dejó la extrañeza, porque cuesta entender sus razones. No ha de ser por hambre, porque una hostia propone otro tipo de alimentación y no basta para calmar el apetito material. ¿Será para que alguien no autorizado realice un simulacro de misa en lugar profano? Otra hipótesis a considerar es la de que se trate de alguien no muy cuerdo. En cambio, la idea de que pueda tratarse de un bromista, resulta pesada.
En cuanto al robo en un templo evangélico, el objeto fue diferente: unos diez mil pesos que se guardaban con algún descuido, al parecer. En este caso no caben otras hipótesis que no sean las referentes a los probables autores. La intención es patente y el dinero posee la consagración ordinaria que permite su uso por quien lo tenga en mano, sin que importe inicialmente si el que paga lo ganó de manera legal.

Las tentaciones mundanas
Un repaso de noticias sobre robos en centros religiosos permite ver que no se trata de hechos aislados y de escasa frecuencia. Por el contrario, un aviso del ministerio del Interior del gobierno de España, difundido por la web, comienza por mencionar los robos más frecuentes y coloca en primer lugar a los que se producen en iglesias y ermitas, sobre todo si están en pequeñas poblaciones o en lugar despoblado. Los robos en domicilios particulares se ubican en segundo lugar. En cuanto a los ladrones consagrados a las iglesias muestran preferencia por obras de arte sacro: esculturas de madera, pinturas y orfebrería. Si alguien piensa que las buscan con tanto riesgo con el propósito de adornar su hogar o crear en él un lugarcito para el culto, comete un error. Esos objetos son canalizados hacia los reducidores y se venden en algunos comercios o se trafican de persona a persona, según sea su valor.
Hace unos años, los italianos creyentes se sintieron sacudidos porque había sido robado El Calvario de Astudillo. Recién siete años después pudo ser recuperado y devuelto a su lugar de culto. Dice un informe que los mayores robos de arte sacro se producen en Italia y Francia, aunque también en todas las naciones de occidente. Algunos de los objetos robados desaparecen para siempre o por muy largo tiempo, como las obras de arte en general. Los objetos de metal van a fundición, probablemente, como ha sucedido siempre. Crónicas de Europa dan cuenta de campesinos que desenterraron piezas de oro de muchos siglos anteriores y que las ocultaron para venderlas por su valor como metales: oro, plata, etcétera. Los europeos, durante los tiempos coloniales, entraron a saco en templos y palacios y museos de los países dominados (en Asia, África y América). En algunos casos, nutrieron a sus propios museos. En las más de las ocasiones redujeron el metal y lo transformaron en armas y recursos para sus interminables guerras, no pocas de ellas con pretexto religioso.

Lo que las cosas son
En la edición online de un diario de Vigo, España, se da cuenta que la guardia civil ha detenido a una mujer y a sus dos hijos, mayores de edad, vecinos todos de Tui. Los hijos robaban y la madre escondía. No tenían preferencias, salvo su inclinación hacia lo ajeno. Cuando allanaron la casa de la madre hallaron de todo, como en la cueva del Viejo Vizcacha (“hasta el tintero que se perdió en el juzgado”). En ese lugar apareció un copón y un cáliz de plata bañado en oro de la iglesia de Forcadela.
Los ladrones del tipo de estos publicitados vecinos de Tui revelan que las cosas son indiferentes a los valores (valor artístico, afectivo, hasta el económico). El valor de las cosas lo ponemos nosotros. Somos los que nombran, los que asignan valores, los que crean símbolos y los acatan como fuesen realmente lo que pusimos en ellos. Hasta que llegan los bárbaros de siempre y se llevan lo que saben que pueden vender pronto. Cuyo no parece ser el caso de la hostia de la catedral.
JOTAVE