Si la palabra envejece, lo que nombra perdura

Señor Director:
Días atrás, hallándose en Victorica, el gobernador creyó necesario dar a conocer su opinión acerca de una decisión nacional que retiene recursos que debían volver a la provincia.
En esa ocasión calificó el hecho como revelador de que el nuevo gobierno repite las políticas características del centralismo porteño y usó la palabra “unitario”. Me llamó la atención que esta voz reapareciese así en el lenguaje cotidiano, luego de más de un siglo de haber quedado confinada a los textos de historia. La voz federal ha perdurado. Unitario se usa ahora en algún otro de los sentidos de este vocablo, el cual remite a lo referente a la unidad, incluyendo la doctrina llamada unitarismo que, en el campo religioso, solo reconoce a dios como una y única persona y en lo político da cuenta de las tendencias que proponen mayor unión nacional. En cambio, en el pasado argentino, lo unitario definía al centralismo de lo porteño (lo del puerto de Buenos Aires y el destino de las rentas de ese casi excluyente ingreso marítimo). En cambio, la voz federal sirvió de bandera para la reacción de las viejas provincias, en particular las situadas hacia el noroeste, trayecto de Buenos Aires a Lima.
Estas provincias habían desarrollado algunas industrias para el abasto nacional, sobre todo a partir de la industrialización del cuero. Esta industria suplía las carencias de los envíos desde la metrópoli excluyente, por entonces España, que había establecido un férreo monopolio de los intercambios. Solamente podíamos importar productos de España, incluso cuando la pobre industria de esa metrópoli había decaído por la llegada de oro y otros recursos de las colonias americanas. La monarquía hispana se lanzó a señorear en el mundo, en empresas de dominación y también religiosas, lo que hizo, asimismo, que gran parte de la riqueza que venía de las Américas se fuese acumulando en Inglaterra y en bancos europeos. España debió enfrentar el acoso británico (y su piratería) y luego la amenaza napoleónica. Ésta dio lugar a su funesta alianza con el poder británico. Los ingleses habían comenzado por desangrar a España de sus recursos americanos mediante la piratería contra las naves hispanas y con la introducción clandestina de esclavos, todo ello no obstante su “alianza” contra Francia. Pronto intentaron también la ocupación militar del virreinato del Río de la Plata y luego propiciaron alianzas con el comercio porteño mediante el contrabando primero, y más tarde con la entrada franca de los productos de su industria y las operaciones de los portugueses desde Brasil. Conviene recordar que la revolución industrial que dio preeminencia a Inglaterra y otras naciones de Europa fue básicamente financiada (según economistas e historiadores) con la disponibilidad y la diferencia de valor de las materias primas de América, situación que no se modificó y más bien se consolidó con la independencia. Ese comercio fortaleció a la ciudad porteña y a la provincia, pero arruinó rápidamente al interior, lo que provocó reacciones que generaron sangrientas guerras civiles. El término de éstas contiendas y la organización nacional, a pesar de su enunciado “federal”, fue el triunfo de lo opuesto, el unitarismo.
La marcada diferencia que existe entre Buenos Aires y el Litoral con respecto al resto del país se debe a que la Argentina nunca se estructuró federativamente, fuera de las formas. Dios nunca dejó de atender en Buenos Aires.
Digo en el título que la palabra “unitario” puede envejecer en algunas de sus denotaciones sin que la cosa nombrada haya desaparecido. Solo ha sido ocultada. Algo del viejo resquemor siempre queda, como ascua, en las viejas provincias, las cuales no solamente han callado en eso sino también en la destrucción de su medio ambiente para generar riquezas que emigran no sin dejar buena propina en el siempre poderoso puerto.
Atentamente:
Jotavé