Una Independencia que siempre está haciéndose

Señor Director:
El acontecimiento que los argentinos celebramos hoy, la Declaración de la Independencia, que cumple dos siglos, fue una decisión necesaria y también valiente y fecunda.
Digo que fue necesaria y también valiente porque a seis años del pronunciamiento del 25 de Mayo la nueva nación no estaba organizada ni tenía un gobierno central estable. Las fuerzas imperiales no solamente ofrecían firme resistencia en el Alto Perú, sino que también avanzaban en lo que hoy es territorio argentino, en tanto que el imperio portugués presionaba en la Banda Oriental y ésta no mostraba disposición para integrarse a la nueva nación o, con Artigas, avanzaba en el Litoral, con exigencias que contrastaban con los intereses porteños. Estaba diseñado el escenario para una guerra civil que pudo haber derivado en divisiones territoriales y que costaría mucho “sudor y lágrimas”.
La Declaración de Tucumán fue, finalmente, fecunda, porque, aunque décadas más tarde, dio lugar al afianzamiento de una nueva nación que procura conciliar el unitarismo sostenido desde el puerto con el federalismo reclamado por las provincias del trazado inicial. Demoró largamente la ocupación del territorio virtual en la parte que estaba habitado por aborígenes y convertido en objeto de disputa con Chile y de apetitos de las potencias coloniales que se consolidaron a partir de la decadencia de España y la supeditación de Portugal en su alianza con Inglaterra.
Una nación, aunque se halle organizada y esté formalmente reconocida, es siempre un proyecto, porque la independencia tanto como la libertad son bienes que hay que conquistar y conservar, para lo cual es necesario afrontar las circunstancias cambiantes que se dan en el mundo, porque nada de lo que hace el hombre es una construcción para la eternidad. Siempre tiene sustancia de proyecto, de ideal y hasta de utopía, tanto hacia adentro como hacia afuera. Ahora, a doscientos años de la Declaración, no hemos logrado constituir una nación que satisfaga con justicia y equidad las demandas mínimas de toda su población. Ni hemos podido evitar la lucha por tener un lugar en el mundo, porque tampoco el mundo es el mismo para todos los habitantes de cada etapa o momento de la historia. Si se ha podido decir que “el hombre es lobo para el hombre” es porque el ideal de igualdad está tan lejano hoy como en cualquier momento del pasado. O lo está más, si consideramos el aspecto económico, ya que la riqueza se ha concentrado en manos de una minoría estimada en el uno por ciento de la población mundial. Este hecho ha generado un poder que es quizás el mayor de la historia y este poder, de carácter global, ejerce influencias que, incluso, tienden a la desnacionalización.
No hay novedad en esto del poder de lo económico. En Mayo de l810 y en Julio de l816, el hecho de que la metrópoli (España) se reservara el monopolio del comercio de sus colonias fue un factor que movió voluntades para una ruptura de ese orden. Y, luego, nuestras guerras civiles no fueron el “inevitable” choque de civilización y barbarie, sino la colisión de intereses económicos a veces favorecidos por la desigual repartición de los bienes naturales: fecundidad de tierras, existencia de metales valiosos, ubicación ventajosa sobre mar o río y para la comunicación y los intercambios… Siendo iguales los individuos humanos, el nacer en un lugar u otro establece una diferencia de punto de partida que siempre es difícil remontar y que alimenta un estado propicio a oposiciones que no siempre hallan canal en el diálogo pacífico.
No es poca cosa que nos haya sido posible transitar dos siglos desde aquellos Mayo y Julio fundadores. Ni puede esperarse que sea fácil lo que está sin resolver y lo que ha de sobrevenir de esta condición humana hecha de tensiones y de un porvenir que no depende solamente de lo que hagamos como individuos o como comunidad nacional.
Atentamente:
Jotavé

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