Lunes 08 de agosto 2022

Joaquín Cerda: puestero del oeste

Redacción Avances 31/10/2021 - 10.47.hs

Fue necesario transitar algo más de 40 kilómetros desde 25 de Mayo, por la Ruta Nacional 151 para llegar hasta el Puesto “La Salina,” donde vive Joaquín Cerda con su familia.

 

Gladys Pelizzari *

 

Nuestro objetivo era escuchar a un poblador oesteño de gran sabiduría, seguras que sería una jornada especial, en la recuperación de prácticas del campo. Debimos superar dos tranqueras y dos salitrales, para llegar hasta el Puesto “La Salina” de Joaquín Cerda, ubicado en plena meseta basáltica.

 

De niño, Joaquín vivió junto a sus abuelos Ifraín Cerda y Amalia Galdame en una chacra de El Sauzal, donde aprendió junto a ellos, las tareas que diariamente exigían vivir en un ámbito rural.

 

Cuando Ifraín decidió edificar una habitación de roca basáltica –Joaquín con sólo 13 años– ayudó en la construcción, era “el barrero” encargado de llevar en la carretilla, el barro que se preparaba en el pisadero, bien amasado y con el agregado de pasto, destinado a unir las rocas.

 

Ifraín junto a Juan y Erasmo Peña, con ayuda de maza y cuña de fierro, partían las rocas y las acarreaban en un carro desde la barda.

 

Otra de las tareas que debió realizar Joaquín fue cortar la leña de piquillín que requerían la Comisaría y las escuelas de 25 de Mayo y El Sauzal, necesaria para prepararle el desayuno y almuerzo a los niños. Después concurría a clase, donde sus maestros fueron Jacinto Guiñazú y Dermidio Cejas.

 

La quinta.

 

El abuelo Ifraín se preocupó siempre por cultivar la quinta, no sólo para el consumo familiar, sino que le permitía destinar el excedente para la venta. Utilizaba el arado mancera tirado por dos caballos, entonces acudían en su ayuda Joaquín y Quico, pero el abuelo nunca quedaba conforme con el trabajo que realizaban los jóvenes. La cosecha era abundante: maíz, girasol, trigo, maíz para harina, zapallo, sandía y legumbres. Otra costumbre de la familia, era “engordar un cerdo para el carneo”.

 

Recuerdos.

 

Los recuerdos de los primeros tiempos en “La Salina” junto a su esposa Elisa Prado surgen en su memoria. Cuando convocaba a los vecinos –a través de “Cadena Solidaria” que emite Radio Municipal– para realizar la “junta de las yeguas o de las ovejas”, porque los campos abiertos exigían que cada puestero reconociera su ganado para marcarlo. Armaban un “real con ramas de mata sebo azotadas”. Era una oportunidad para el encuentro y la diversión, donde no faltaba el juego del truco.  “Ahora, con el tendido de alambrados, esa costumbre ha desaparecido”. Reconoce a la gente lugareña como buenos vecinos. “Los cuatreros que llegan son de otro lado”.

 

Los tiempos difíciles son sin duda, las épocas de sequía, los años poco llovedores en el oeste. “La vaca es más exigente para el alimento, no se aleja del corral, en cambio los yeguarizos, son buscadores de pasto, caminadores, se van tres o cuatro leguas”.

 

“Siempre vendíamos, quince años atrás vinieron de Córdoba y se llevaron 480 chivos para un frigorífico”.

 

El hombre de sombrero.

 

Si algo identifica a Joaquín es el uso de sombrero. “El sombrero es una tradición del hombre de campo”, afirma. Usa los de una marca muy reconocida, de pelo de nutria, que no les pasa el agua. Para el uso diario, prefiere como calzado la alpargata, aunque manifiesta que “para el campo nada reemplaza a la bota de potro”.

 

Actualidad.

 

Joaquín resume con nostalgia la situación actual: “Antes valían la pluma y los cueros de chivo, cuando cazábamos un avestruz se aprovechaba todo, ahora hay muy pocos. Los mayores depredadores son el puma, el gato overo y los perros cimarrones, que atacan tanto a las crías como a las madres, las lastiman de tal manera, que luego es necesario sacrificarlas. En una oportunidad llegó una leona con cuatro crías y el daño que produjo fue muy importante”.

 

Joaquín, junto a su hijo Julio, tienen una tropilla, “La Salinera”, con nueve alazanes, un rosillo y un colorado y la madrina rosilla. Con ella concurrían a desfiles y jineteadas.    

 

Participó en el Programa Social Agropecuario, viajó junto a su esposa a Buenos Aires, donde permanecieron durante cuatro días y llegó hasta el Congreso de la Nación. En una reunión, todos los representantes de las provincias presentaron sus proyectos, con la intención de mejorar la producción de cabra colorada. La nueva normativa ayudaba en la construcción de refugios, mangas y corrales. Evaluaban los proyectos junto al Ing. Julio Bagato, de la Subsecretaría de Desarrollo Rural y Agricultura Familiar.

 

Anécdota.

 

Joaquín fue presidente de la Asociación de Criadores de Cabra Colorada, que surgió en el año 2009. En oportunidad de un encuentro en Malargüe, llevó cuatro ejemplares y obtuvo cuatro premios (dos primeros y dos segundos). Allí se enteró que las autoridades del Hospital se hallaban realizando una colecta para ampliar la Sala de Terapia Intensiva. En un gesto que bien lo define, donó el importe de un premio a tal fin. Tanto el intendente como el director del Hospital, el público asistente y el periodismo que cubría el evento, lo felicitaron. Esta fue la decisión de un hombre sensible, solidario, todas conductas fuertemente arraigadas y aprendidas en el ámbito familiar.

 

Joaquín es un agradecido a la vida y no es para menos, lo acompaña en todos los trabajos en el puesto su hijo Julio, quien acumula sus enseñanzas, crece en conocimientos y continúa con la tradición campera. (Testimonio: Joaquín Cerda. Chofer y baqueana: María Elena Noguerol).

 

* Colaboradora en 25 de Mayo

 

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