Adolescencia: la búsqueda del destino
“De repente en mi vida/hay algo que me tiene confundido. /Y no puedo evitar, puedo intentar/conservar el asombro hasta el final”. Estos versos de Abel Pintos parecen reflejar sensaciones que se experimentan durante la adolescencia, etapa de transición entre la infancia y la adultez.
Graciela Pascualetto *
Los cambios biológicos que llevan a la madurez genital, así como la percepción que cada uno/a tiene de su propio aspecto físico (extrañeza, descontento, agrado) compromete emociones y sentimientos en relación consigo mismo/a y los/as demás, mostrando distintos comportamientos. Por ejemplo, refugiarse en su interior para elaborar aquello que lo/la tiene confundido/a o salir al mundo para vivenciar con asombro el pasaje del ámbito endogámico y privado del hogar, al espacio exogámico y público de lo desconocido e intrigante.
En este devenir, se produce un desprendimiento de las figuras parentales no exento de contrariedades, discusiones y cuestionamientos a las figuras adultas -padres, madres, docentes- y a la sociedad de la que forman parte y en la cual constituyen sus rasgos subjetivos, sus singulares maneras de ser joven en escenarios que pueden resultarles acogedores, hospitalarios o adversos y hostiles.
Aunque haya confrontación con las generaciones precedentes, la presencia de los/as mayores y la asimetría que esta relación implica, resultan necesarias para acompañar el proceso de transformación. Winnicot, (1968), citado por Palazzini (2006), lo explica muy bien: “Con la condición de que los adultos no abdiquen, podemos considerar los esfuerzos de los adolescentes por encontrarse a sí mismos y determinar su destino como lo más estimulante que nos ofrece la vida”.
Ese encuentro consigo y la creación de proyectos para construir el propio destino, tienen en el grupo de amigos/as una red de sostén y contención donde pueden expresar sus deseos, contar lo que les pasa, enamorarse, organizar salidas, participar en movilizaciones sociales, así como experimentar ira, mostrar sus miedos, incertidumbres y tropiezos ya que la adolescencia no es la época dorada que se podría imaginar.
Es una etapa de exploración por caminos que brindan placer y sinsabores de acuerdo a lo manejable del tránsito y a la cualidad de los lazos con otras personas y objetos en los espacios públicos. Espacios donde los vínculos adoptan distintos matices afectivos según las características particulares y la de los grupos e instituciones de pertenencia.
Dice Martín (2014): “la problemática de la hospitalidad/hostilidad es inherente a la condición humana, la que en el contexto de la hostilidad básica ha edificado marcos regulatorios garantes de la convivencia y de la hospitalidad para sus miembros, edificando el nosotros en contraposición a los otros, en una alteridad necesaria para la definición de los propios límites”.
Es así que la vida junto a los/as semejantes se organiza mediante normas, contratos, acuerdos que la sociedad sostiene y que los/as niños/as y adolescentes deben incorporar a modo de ley ordenadora de su psiquismo para inscribirse y participar en el campo social.
Moratorias adolescentes.
Margulis y Urresti (1996) presentan los conceptos de moratoria social y moratoria vital considerando el contexto en que éstas se conjugan y las modalidades que asumen según las perspectivas, límites y representaciones culturales respecto de los/as jóvenes.
La moratoria social es el tiempo que los/as adolescentes que pertenecen a sectores medios y altos pueden disponer con mayor despreocupación porque tienen la oportunidad de estudiar y postergar por períodos más largos las exigencias y responsabilidades adultas. Quienes se ubican en sectores populares suelen ingresar prontamente al campo laboral y, si se encuentran desocupados, atraviesan esa circunstancia con frustración, impotencia y sufrimiento.
La moratoria vital se refiere al capital temporal, al plus de vida que tienen los/as más jóvenes con respecto a sus antecesores/as y que los/as hacen sentir invulnerables porque “la muerte está lejos, es inverosímil, pertenece al mundo de los otros, a las generaciones que preceden en el tiempo”. Esa sensación -dicen los autores- “se asocia con la temeridad de algunos actos gratuitos, conductas autodestructivas que juegan con la salud […], la audacia y el arrojo en desafíos, la recurrente exposición a accidentes, excesos, sobredosis…”.
Esta cita es oportuna para decir que no hay una sola adolescencia, que hay diferentes adolescencias según los lugares de origen, las características del núcleo familiar y las ideas que circulan en la comunidad sobre cómo seguir adelante en entornos difíciles e inciertos que retacean los medios para mejorar las condiciones de vida de los sectores con mayores desventajas.
Experiencias personales, contexto e identidad.
La curiosidad, el deseo y la búsqueda de placer ocasionan movimientos dirigidos a lograr aventuras, saberes y sensaciones inéditos, experiencias que además permiten encontrar en el afuera referentes identificatorios distintos a los familiares. Algunas de estas posibilidades están en los colegios, en institutos de artes o idiomas, en clubes deportivos, en las tecnologías y el turismo o en intercambios estudiantiles que facilitan el conocimiento de otras geografías y el cultivo de amistades en latitudes lejanas.
Sin embargo, no todos/as sienten la misma atracción y suelen mostrarse apáticos/as, desinteresados/as, envueltos/as en sus fantasías. Aunque digan “todo bien”, “no pasa nada”, hay en ellos/as algún padecimiento que, quizás, compensen explorando el mundo a través de las pantallas entre las paredes de su habitación.
Por otra parte, hay adolescentes que, por necesidad o tradición, se incorporan al sector laboral -sea en el campo o en la ciudad- en edades tempranas. La Ley 26.390 de “Prohibición del trabajo infantil y Protección del trabajo adolescente” (2008) habilita la ocupación en empresas familiares a partir de los catorce años y, si se cumplieran tareas en otros ámbitos, deben tener dieciséis años como mínimo y contar con autorización parental. En ambos casos existen restricciones horarias para respetar el mandato de la escolarización.
Otros/as jóvenes se ganan la vida haciendo malabarismo en las esquinas, lavando autos en la calle y vendiendo pan casero o medias de algodón para obtener algún dinero que les permita cubrir sus necesidades o ayudar a sus familias. Cuando van a la escuela, se sienten en un ámbito de contención que pocas veces hallan en otros lugares.
También están los/las adolescentes que, por cuestiones personales o a instancias de grupos juveniles, se encuentran en conflicto con la ley debido a su intervención en robos, drogas, violencia u otras conductas ilícitas y, en algunos casos, alternan dichas actividades con la asistencia a la escuela, aunque sea de forma irregular.
En teoría, todos/as -sean de los sectores más acomodados como de los más vulnerables-deben concurrir al colegio secundario porque este nivel es obligatorio a partir de la promulgación de la Ley de Educación Nacional 26.606 (2010).
Es de notar, entonces, que aun disponiendo de moratoria vital por ser jóvenes, la manera de vivir la moratoria social es diferente, lo mismo que el proceso de construcción de la identidad, entendido como una “operación intelectual que describe existencia, pertenencia, actitud corporal” y como “un sentimiento, un estado de ser, una experiencia interior que corresponde a un reconocimiento de sí que se modifica con el devenir” (Palazzini, 2006). También son diferentes las exploraciones, los objetos significativos, los vínculos interpersonales y sus recorridos en el terreno social. Si las condiciones del contexto son más hostiles que hospitalarias, sus deseos, sus búsquedas, sus proyectos y sus actos pueden llevarlos por caminos riesgosos y poco saludables por las contrariedades del presente y la percepción de un futuro escaso en promesas alentadoras.
La escuela en el tránsito hacia el mundo público.
“Los caminos de la vida -canta Vicentico- son muy difícil de andarlos/difícil de caminarlos/ y no encuentro la salida”. La exploración, a modo de pruebas y ensayos, debería favorecer la salida al mundo público mediante lazos humanos positivos, estudio, trabajo, recreación e intereses nuevos que surgen en la transición a la adultez.
La escuela -aunque tenga cuestiones a mejorar en el abordaje institucional y en la enseñanza- es la institución que recibe a todos/as y que debe ofrecer recursos para favorecer esa salida siempre y cuando sea capaz de alojar a los chicos y chicas que provienen de distintos tipos de familias, con pieles, lenguajes, apariencias físicas, condiciones de género y personalidades diferentes. Algunos/as más parecidos/as al/la estudiante “ideal” y otros/as que no se ajustan a ese modelo pues la convivencia en el ámbito escolar les resulta complicada y suelen mostrar ciertas dificultades en el aprendizaje. Para aprender, como para explorar, hace falta curiosidad, deseo y un camino cuyos obstáculos puedan ser superados para promover la autopercepción de los logros y el disfrute por la nueva conquista, alejando la posibilidad de abandono.
Las normas y contenidos curriculares, representan una forma de violencia simbólica, ya que para muchos/as significa romper con la cultura de origen, con los modos de actuar y de resolver los problemas en su comunidad; sin embargo, proporcionan tiempos y espacios para adquirir y desplegar otras maneras de estar presentes y de participar en el campo social, como lo demuestran las luchas históricas para ampliar las bases y democratizar la educación.
Los principales referentes en este proceso son los/as profesores/as de los distintos niveles educativos. Lo fueron antes y lo siguen siendo, aún con el esfuerzo que representa trabajar en más de una escuela o en doble turno, preparar materiales, enseñar, evaluar, conversar con las familias, afrontar agresiones durante la convivencia y reclamar por salarios devaluados y mejores condiciones laborales.
Ante tal complejidad, uno de los desafíos mayores radica en los vínculos interpersonales. Éstos pueden fundarse en la cercanía, la amabilidad, el respeto y el acompañamiento para superar dificultades; así como en la hostilidad, la antipatía o la indiferencia hacia quienes resultan diferentes, molestos/as. En esta trama relacional es factible que aparezcan rispideces, incomodidades y hechos disruptivos que involucran a jóvenes y adultos/as, alterando severamente el clima institucional.
Levinsky (2013) formula una gran pregunta: “¿Pueden tratarse los hechos de violencia si no se ejercitan el lenguaje, el juicio, es decir, si los chicos no desarrollan el principio de realidad de tal forma que puedan elegir antes de actuar y regularse mientras actúan?”.
La pregunta es muy potente para pensar las amenazas de tiroteos en las escuelas producidas en el mes de abril. Éstas fueron más allá del perímetro escolar, alertaron a toda la población, determinaron la rápida intervención de estamentos políticos, policiales y de la justicia e impulsaron manifestaciones de estudiantes, docentes y familias en rechazo de las intimidaciones.
Entre las que se realizaron en La Pampa, seleccionamos algunas expresiones vertidas por los/as estudiantes: “Stop. Escribir amenazas no es una broma”. “Un arma no resuelve el dolor. Solo lo multiplica”. “La violencia no es un juego”. “Ningún reto vale una vida”. “Viralicemos la paz”. Otras inscripciones hicieron visible la importancia de los vínculos sociales, la confianza, la comunicación y el apoyo que entre ellos/as pueden brindarse. “Antes de actuar, habla. Te escuchamos”. “Elegí la vida antes que el silencio”. “Siempre hay tiempo para pedir ayuda, no estás solo”.
Como afirma Cullen (2000), “por grande y profunda que sea la crisis del estado y la sociedad civil, en los tiempos que corren y en determinadas sociedades, la escuela no puede dejar de definirse como un lugar de vigencia de lo público. Es decir, de lo público como criterio de legitimación de los saberes, y del espacio social construido en los procesos de su transmisión y apropiación”.
En las manifestaciones contra las amenazas, se puso de relieve el valor de la vida y el valor de la educación, resaltando las prácticas de cuidado y la convivencia pacífica. Cuando esto es así, la escuela constituye un lugar privilegiado para facilitar la salida al mundo público y potenciar las exploraciones adolescentes a través del estudio, el trabajo, la invención, permitiendo descubrir nuevos sentidos y capacidades para concebir proyectos que permitan hacer algo distinto en el mundo heredado -en este caso, rechazar la violencia- imprimiendo sus huellas en realizaciones compartidas.
Bibliografía
- Cullen, C. (2000). Crítica de las razones de Educar. Paidós.
- Levinsky, R. (2013). La escuela como amplificación de la exclusión y el refuerzo de la violencia o la escuela como ámbito privilegiado de conversación, encuentro y visibilidad. En: Novedades Educativa Nº 275.
- Margulis, M (ed.) y Urresti, M. (1996). La juventud es más que una palabra. Biblos.
- Martín, A. (2014). Hospitalidad y hostilidad en el horizonte educativo. Biblos.
- Palazzini, L. (2006). Movilidad, encierros, errancias. Avatares del devenir Adolescente. En Rother, Cartolano, Lerner y otros. Adolescencias: trayectorias turbulentas. Paidós.
Agradezco la colaboración del Dr. en Psicología Juan C. Franco durante la redacción de este artículo.
* Colaboradora
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