Amparo indeleble
En esta página, el autor comparte una reseña sobre la lectura de “Colección”, un libro de Jorge Flores Soler (Fanue), publicado en 2022 por Guau Ediciones.
Nicolás Jozami *
Qué asombro lindo cuando uno lee un texto y va construyendo en paralelo el ritmo interior de vicisitudes del personaje que toca en suerte. Es imposible que, en Colección, libro de Jorge Flores Soler (Fanue), editado por Guau ediciones, uno no se sienta acompañando a José, quien mediante una espiral de su vida, va recobrando (y recobrándonos) su historia a partir de retazos, de momentos, objetos, escenas que ha coleccionado en una memoria más sentimental que emotiva y que entiende ha forjado su existencia común pero luminosa.
He atravesado el libro con una consigna: qué sosiego existencial puede dar a quien cuenta, el rememorar su propio derrotero. Friedrich Nietzsche, en Humano demasiado humano, escribe en el pasaje 586 que “El mejor pensamiento de comenzar bien el día es pensar si durante él se puede favorecer por lo menos a un hombre”.
José, personaje del libro, siento que con lo que rememora, se lo alegra a sí mismo. Y por extensión a cada uno de sus lectores.
¿De qué está conformado un nido?, puerta de entrada con la que inicia la historia: “Contemplo el nido que tengo en mis manos y decido que también va a ser parte de mi colección. Será el puente que me lleve a recordar esta tarde, este bosque, esta inmensidad”. Cada ramita conforma el todo; cada ramita está mezclada en el todo.
Un escarpín, una muñeca sin una pierna, una calcomanía que dice “Nunca más”, una foto, una botellita con un líquido rojo, marca “Wichita”, unos anteojos de sol, una bicicleta de alambre, un avioncito, el volante publicitario de una escuela de natación, una figurita del Diego, un caramelo ½ hora, una etiqueta de cigarrillos Parliament, una goma de borrar marca “Dos banderas”, una piedra, la hoja de un bisturí, un eslabón roto, un clavo, una cucharita, un Renault 6 en miniatura, un pin de Terminator, un botón pintado, un envoltorio de chocolate Milka Leger, un ejemplar de “Corazones en la Atlántida”, de Stephen King, un banderín, la figura de una imagen reversible, el reloj de mi madre, un señalador con una frase de Umberto Eco, un boleto de tren, un (pequeñísimo) baúl de madera, una tarjeta de invitación, un pedacito de papel de un mapa carretero, 42, una carta.
De todo lo anterior está hecha la vida escrita de José. En cada tramo hay un epígrafe que menciona al objeto y luego la escena que está desplegada por ese objeto.
Un amor, una pierna rota, un amor que se termina, un encuentro de verdad con una hermana, los elementos cotidianos que constituyen lo que vamos siendo a medida que transitamos los sucesos que nos plantea nuestra cotidianeidad. Colección es asimismo un homenaje, un loop donde Fanue traza la ramita invisible que hilvana toda una vida: porque sí, al leer el libro, logra demostrar que es una sola la rama que configura el nido entero.
Repaso por algunas escenas de su escritura: “mi madre se encargaba de eso. Con una paciencia infinita, como si a esa altura de su vida el tiempo sólo sirviera para realizar esa tarea, ella alzaba cada objeto, lo limpiaba con cuidado y lo volvía a colocar exactamente en su lugar. Creo que en ese acto cotidiano, en ese vigilar que a las cosas no las alcanzara el polvo, se resumía la vida de mi madre”. Tras las alternativas de la recuperación y el dolor luego del accidente en la pierna: “Miré la silueta de mis piernas cubiertas por las cobijas. A simple vista, la pierna derecha tenía un volumen mucho mayor. Imaginé hinchazones y vendas. No me atreví a levantar las colchas: preferí en ese momento el amparo de la ignorancia.” Así habla de la madre anciana y enferma, perdida: “No puedo describir cómo era su mirada en ese momento; no soy capaz de encontrar la palabra adecuada, si es que existe. Sólo puedo decir que aquella no era la mirada de mi madre; que había en sus ojos algo cercano a la inocencia, un rasgo de muy temprana infancia. La mirada de un anciano recién nacido”.
Y así habla de su padre, copiando una actividad que él hacía: “Cuando construyo las cajas de madera, siento que de algún modo me acompaña mi viejo. No sé si empecé a fabricarlas para encontrar un motivo en el que ocupar las horas vacías, o porque fue la ruta que me inventé para acercarme a él”. José ha pasado un momento indeleble con su hermana, que luego se reitera, en un paisaje paradisíaco: “La llamé a mi hermana y caminamos los pocos metros que nos faltaban. Ella me ayudó a subir hasta la piedra de nuestra infancia y ahí nos sentamos. Isabela puso la urna entre los dos, me tomó las manos como hizo aquella tarde hacía más de treinta años y volvimos a llorar juntos. El río, los árboles, el paisaje, habían cambiado; pero aquel seguía siendo el mejor lugar del mundo. Después abrimos la urna, mi madre voló hasta posarse en el agua, y nos quedamos en silencio abrazados, todo el tiempo que hizo falta”.
El personaje encuentra su sitio: “Y entonces pienso que ese nido es como la memoria: el lugar donde decidimos refugiarnos; y que las ramas y los adornos que lo moldean son los recuerdos que hemos escogido para contenernos”. El nido es un puente, el que lleve a recordar la colección de José, en una solitaria inmensidad acompañada.
* Escritor, colaborador.
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