De hilos, husos y tramas
La creatividad de las tejedoras pampeanas se encuentra manifiesta en sus propios trabajos materiales, que, a su vez, son resignificados en producciones simbólicas, desde poesías, canciones, relatos e investigaciones.
Sergio De Matteo *
Tanto la cultura como la tradición, considerándolas como hechos sociales, acopian, conjugan y transmiten la historia y la identidad de determinado lugar. En ese sentido, deberíamos entenderla en su máxima acepción, donde sus actores manifiestan -simbólicamente- en las obras artísticas la propia existencia individual como colectiva. Esa cultura y tradición se asientan sobre la producción material e imaginaria, lo cual redundará en la acumulación de técnicas, estéticas y, desde ya, los nombres fundantes. Como se sabe la tradición infiere una versión del pasado, donde se seleccionan y acentúan ciertos significados y prácticas sobre otros. Entonces, de acuerdo a los intereses hegemónicos se activan (o excluyen) determinadas conexiones históricas que ratifican aspectos del dominio presente.
Desde esa perspectiva histórica, política y sociocultural, es que podemos elaborar una muestra de rasgos distintivos de un territorio. Donde el “lar” no solo es una idealización (comunidad imaginada) que es leída y sentida por una sociedad, sino que también es representada, es simbolizada y mitificada. En tal proyección tendríamos ciertas prácticas y elementos raigales que operan dentro del campo del arte, que le dan arraigo a la herencia y al patrimonio de un pueblo, donde todo conforma una biblioteca en la que se nutre la familia, la educación, la cultura y, por supuesto, el poder mismo, que siempre es determinante de las selecciones y clasificaciones.
Matrices.
Ya entrados en el siglo XXI, si se enuncia La Pampa vienen de inmediato a la memoria, dentro de la interpretación general, dos o tres imágenes que le dan anclaje a su biografía: indios, con su bagaje cultural (pinturas rupestres, caballos, telares); vacas, con toda su industria (cueros y frigoríficos) y el desierto, dimensión inventada e impuesta por intereses económicos por la Generación del ‘80.
Entonces, sobre dichos ejes destilan algunos argumentos y estilos que conforman una realidad que tiene un basamento en el pasado pero que, de acuerdo al proceso dialéctico, a la dinámica de la historia, también transforma la emergencia significante del presente hacia el futuro.
Lo institucional nos da amparo respecto a estas entidades simbólicas, porque la gobernabilidad genera determinadas leyes que permiten el resguardo del patrimonio cultural inmaterial y también el patrimonio cultural viviente. La Ley 2.083, justamente, declara de interés público provincial la conservación del patrimonio e, instrumenta las acciones destinadas a valorar, recuperar, preservar, proteger y conservar, promover y difundir dicho reservorio tradicional.
Tejedoras.
Desde tal asidero es posible comprender la importancia que tiene lo textil en las culturas originarias.
De la serie de conceptos citados también destacaremos la propia producción, específicamente, el trabajo sobre la lana. En ese sentido, señala Ximena Torres Cautivo en la obra Las Herederas de Llallín. Relatos de 17 artesanas mapuches (Ed. Fundación Artesanas de Chile, 2019) que: “Tejer no es una mera técnica artesanal, compleja y laboriosa; es un lenguaje, una forma de comunicación milenaria, que recoge en sus diseños toda la cosmogonía de un pueblo [...] Son ellas, las dükewafe o tejedoras expertas, las capaces de reproducir con habilidad las figuras, la iconografía ancestral de su pueblo...”.
El legado se destaca en diversos aspectos, en sus propias hacedoras (dükewafe) y en el telar / witral, destacándose Sabina y Beneranda Cabral, Aurora Carripí (Colonia Emilio Mitre), Petrona Maya (Chos Malal), Guillermina y Margarita Cabral, Noemí Kette, Susana Álvarez, Ramona Ochoa (Victorica), Hortensia Jasín, Olga López, Rosa Sánchez, Lorena Maya (Puelén), Perfecta y Rut Cabral, Adelina Bengolea (Santa Isabel), Liz Carripilón (Árbol Solo), Raymunda Nelva Cabral, Mario Zabala (Eduardo Castex) y Rosa Maldonado (Santa Rosa), tejiendo, entre otras, matras, pontros (frazada), lama (alfombra), makuñ (poncho), trariwe (faja femenina), o trarilonko (cintillo para hombre). Este acervo ancestral anclado y conjugado en el plano simbólico, espiritual, se asienta en el mito: todo lo que saben lo aprendieron de Llallen Kuzé; una araña vieja y sabia, que desciende por el fuego toda vez que una mujer llega a la adultez, para dotarla de un “buen tejer”.
Poesías y canciones.
Así como diferentes artículos, trabajos de investigación, libros y leyes jalonan la importancia de la producción textil mapuche y ranquel, también la literatura y la música le rinden homenaje a este saber ancestral. En esa línea deberíamos anotar a Juan Carlos Bustriazo Ortiz que, prematuramente, ya encauzaba en sus escritos la importancia del arte textil del pueblo mapuche y ranquel. Hallamos en su obra inaugural, Los poemas puelches (1954/1959; La Arena, 1991), incluido en el primer volumen del Canto Quetral (Amerindia, 2008), el poema “La tejedora puelche”, convertido en canción (Estilo) por el músico Delfor Sombra. Esta prosapia se reiterará en diferentes libros del autor de Unca Bermeja, destacando tanto la artesanía como sus hacedoras, las dükewafe; por ejemplo “Canción del poncho siete colores” (Aire de triste), en Aires de cobre y sal (1954/1963), musicalizada en formato de Estilo por Guri Jaquez; “Los matreros”, en Últimas zambas del Piedra Juan (1960/1964), convertida en un Triunfo también por Guri Jaquez; “La tejedora”, que sería el Séptimo llanto de Llantos del salitral (1962); y “Estilo que canta el poncho que me diste”, en Tercer libro de estilos (1967), entre otros.
El poeta y cantautor Julio Domínguez, “El Bardino”, le dedica el poema “Doña Rosa Maldonado” a otra tejedora tradicional. El escritor y periodista Carlos A. Rodrigo nos lega la poesía “Rosa Maldonado, artesana”, musicalizada al ritmo de Zamba por Cacho Arenas, en donde se inscribe “Entre tus manos curtidas/ -humildes palomas que no volarán-/ se va esponjando la lana,/ espuma sedosa que espera el telar.// Y en ese huso que gira/ -calesita triste de tu soledad-/ se te destila la vida/ y la de tu raza que en ella se va.// Peleros, matras, maletas,/ brotan coloridos del viejo telar/que te acompaña en silencio/ junto a los vellones y el huso de hilar,/ con tu legado araucano,/ Rosa Maldonado, artesana ancestral”.
Investigaciones.
Podríamos destacar una dominante en cada uno de estos textos, y es el reconocimiento del saber ancestral, el cual es transmitido de mujer a mujer, de abuela a hija o nieta, pero por sobre todo, en esa matriz, se enuncian las tramas, los dibujos, los colores, que no sólo vinculan a los linajes sino también con la representación del paisaje, de la tierra en la que han vivido, viven y vivirán.
En consecuencia, las licenciadas Beatriz Medus y María Inés Poduje, en un trabajo de investigación fundacional para el acervo cultural pampeano, titulado Las manos de la Memoria. Artesanos tradicionales de La Pampa (MCE, 1997), instituyen que “las manos que conservan la memoria… las del artesano, la de los hombres y mujeres que expresan con ellas ancestrales técnicas que se corporizan en las artesanías tradicionales de La Pampa”. Cuando abordan la artesanía del tejido las autoras nos indican: “La confesión de nuestros tejidos tradicionales responde, al igual que en la Patagonia, casi exclusivamente a antiguas prácticas indígenas”.
En esa línea la Dra. María Eugenia Comerci en “Tejedoras de ilusiones. Mujeres artesanas en el oeste de La Pampa” resalta: “Los saberes heredados y transmitidos de generación en generación entre mujeres han posibilitado que la práctica del tejido en telar persista a través del tiempo…” (Huellas, Nro. 15, 2011). Ambos trabajos señalan que además de conservar el saber ancestral también se ha convertido, como en los viejos tiempos existía el trueque, en fuente de ingresos para el núcleo familiar. Parte de esa hipótesis también se encuentra en la importante Tesis de maestría de Florencia Elena Díaz, Mujeres artesanas en La Pampa. Sentidos, saberes e historia (Universidad Nacional de Quilmes, 2025).
Otra investigación esencial, que tiene apoyatura, como las de Medus, Poduje, Comerci y Díaz, en el trabajo de campo y relevamiento de fuentes in situ, es el de la psicoanalista Ana María Martín, Nos viene a la cabeza. Sobre la trama de hilanderas y tejenderas de la provincia de La Pampa (FEP, 2019).
Martín hace pie también en la identificación y herencia de los pueblos indígenas respecto al arte textil: “La actividad de tejido reúne la historia de los habitantes originarios del continente suramericano [...] las ‘labores’ manuales les fueron asignadas a las mujeres, también como forma de sujeción y de control de su conducta”. Además subraya el valor simbólico, espiritual, de la creatividad de las tejedoras/tejenderas, cuando infiere que “Un poncho resulta de un sinnúmero de decisiones que tienen que ver con la persona de la tejedora, con su subjetividad presente, y con los espectros que la habitan [...] Es un saber que resurge de la memoria ancestral para hacerse presente en la trama, desde la conciencia recuperada de sí mismas”.
En el año 2023 la Secretaría de Cultura de La Pampa, en su colección La Pampa Edita, da a conocer el libro Tejedoras de La Pampa: Naturaleza y color, donde se recoge el trabajo de relevamiento con las tejedoras tradicionales de distintos lugares de nuestra provincia.
Trapaimán.
Así como Ana Martín enlaza la historia real y la ficcional al reconocer a Trapaimán, mujer principal del cacique Mariano Rosas, es decir, Panguitruz Gner (Zorro Cazador de Leones), en mapudungun, como hacedora, tejedora, dükewafe, del famoso poncho que el lonko ranquel obsequiara a Lucio V. Mansilla, “literaturizado” en Una excursión a los indios ranqueles. La especialista del Museo Histórico Nacional, Inés Van Peteghem, en el catálogo Ponchos / Instrumentos musicales (MHN, 2021), recupera ese indicio y lo problematiza: “Se ha supuesto a Trepai Main (o quizá Tripaiman Carripilun o Petrona Carripilun) como la mujer principal de Mariano Rosas por este acontecimiento y por hallarse una carta del 27 de julio de 1873 en la cual la mujer solicita al mismo Padre Donati el envío de algunos bienes, como ‘un asador un poco de añil dos pares de tigeras y una dosena de cucharas una piesa de sinta de lana colorada’, entre otros. Algunos de estos bienes están relacionados con el trabajo textil...”.
Historia.
En este decurso, en donde confluyen historia y mitos, obras literarias, musicales y ensayos, así como la punzante realidad de la materialidad humana y sus creaciones, en este caso, las producciones textiles, podríamos destacar, además, de lo referenciado, dos puntos finales. Primero, volviendo a Bustriazo Ortiz, entender como se teje, como se hila, desde el pensamiento y el imaginario lo que ya ha sucedido y sigue vigente, cuando inscribe “se tejen se destejen las huellas y sonoran...”. Segundo, retornar a las primeras palabras de Ana Martín, quien nos dice: “Ellas siguieron tejiendo. Eran ‘las mujeres’, sólo eso. Trabajarían, acompañarían, pero no alcanzaba para que fueran tenidas en cuenta. No han merecido figurar por sí mismas en relatos históricos ni ficcionales”; tal cual lo evidencia el poeta Edgar Morisoli en el poema “General Acha / París, 1889”. Por último, este artículo, implica dar vuelta esa historia de negaciones, de invisibilizaciones, y poner en el centro del debate y de la creatividad al arte textil y sus tejedoras.
* Colaborador
“General Acha / París, 1889”
María Quenupil y Remigia Solana,
entregaron sus finas labores de telar
y de pluma, al garrido doctor y Secretario de la Gobernación,
allí, en General Acha,
para ser enviadas... ¿a quién? ¿a dónde? ¿a París de Francia?
De cualquier modo, lejos. Muy lejos, tras la mar, tras el Agua
Grande... “Habrá una feria”, les dijeron.
Y hubo una feria, inmensa, “universal”,
se inauguró la Torre Eiffel, y en alguna vitrina
del Pabellón Argentino, sector ‘Pampa Central’ y medio ocultas,
lucirían las finas labores de telar
y de pluma de choique, el arte de la tierra que aportaron
María Quenupil y Remigia Solana.
(En esa misma feria, prisioneros
en una enorme jaula con barrotes de hierro,
se exhibieron al público como fieras salvajes
-supuestos “antoropófagos”-
una familia entera de indígenas fueguinos. Eran selk’nam, los hijos
del Sur que fue un gigante: el silente Tarémkelas,
y de una seductora irresistible: la Bóveda Celeste).
En los toldos y ranchos de la planiza, en Acha
-entonces, como ahora, barrio del pobrerío-,
María Quenupil y Remigia Solana
nada supieron de esto. ¿Qué fue de aquellas fajas
tejidas, de las plumas, de los sabios colores logrados con raíces
y corteza del monte? ¿Acaso conocieron o llegó hasta sus manos
el lujoso catálogo bilingüe
que registró sus nombres?
(A los selk’nam cautivos
los pudo rescatar la Embajada Chilena
previo pago -compensación de gastos-,
al abyecto raptor).
María Quenupil y Remigia Solana,
ignoraron que fuese el Centenario
de una Revolución traicionada hacía tiempo.
Liberté. Egalité. Fraternité.
María y Remigia. Hoy nadie las recuerda.
En Porfiada luz (Ediciones Pitangüá, 2011).
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