El gran Gatsby, 101 años
El 10 de abril de 2026 se cumplieron 101 años de la publicación de The Great Gatsby, una novela que continúa vigente y que fue -a pesar de muchos que nos lamentamos por ello-, poco exitosa en sus inicios, pero que hizo luz, -por suerte para los mismos-, muchos años después.
Camila R. Juárez Sierra *
El autor de El gran Gatsby, Francis Scott Fitzgerald, no tuvo el privilegio de enorgullecerse de todo lo que su fascinante, incisiva y sensata obra maestra despertó en la multiplicidad de públicos que accedieron a ella. Más de un siglo después, honramos su legado y celebramos, también, la sagacidad del magnate del cine hollywoodense: el productor y director Baz Luhrmann, quien la hizo brillar en el séptimo arte, como nadie antes, en pleno siglo XXI.
1925. Norteamérica. Nueva York vive una revolución económica e ideológica signada por el brillo y la ostentación; el mercado de los bonos hace soñar con futuros utópicos e instala en todas las clases y personalidades la ilusión de lo (im)posible. Los locos años ‘20 fueron, en la realidad y la ficción, la calma voraginosa que antecedió al huracán y al desconcierto de la década ulterior. Inmersa en ese ambiente de prosperidad y encanto, una eminencia de las palabras comenzaba una de las hazañas que luego catapultarían su legado a la cima de las letras: en ese entonces, perceptivo y perspicaz de las vicisitudes de su entorno, y algo visionario y profético, Francis Scott Key Fitzgerald escribía una de las mejores obras de la historia de la literatura en lengua inglesa: El gran Gatsby.
Pero, ¿qué es El gran Gatsby? Desde una lectura superficial y quizá algo reduccionista, es una novela breve que narra un culebrón cuasirromántico en el que un hombre esperanzado con un origen complejo y que nunca tuvo nada se esfuerza por tenerlo todo, por y para la mujer que ama y que, además, -obviando los modos-, lo logra. A simple vista, esta obra nos muestra la historia de un joven ilusionado por recuperar a la mujer de sus sueños, perdida años atrás por circunstancias esperables y previsibles que -a sus ojos- habían ahogado un amor puro que él se había propuesto revivir. Nos narra la historia de una joven bella, blanca y rica que contrae matrimonio y dibuja su destino con un hombre blanco, exitoso y, por supuesto, también rico por herencia y tradición, luego de un jugueteo empedernido con un soldado joven, pobre e incógnito, unos años antes, que creyó ser especial. También nos presenta a un marido infame, desleal y violento con poder, antagonista del amante dulce e irracional que se entrega al amor y a los tiempos de su amada. Una mujer amante del ya referido marido desleal, que emite voces chirriantes y viste tonos estridentes capaces de desatar la locura del hombre que la posee y la domina cuando estos osan desafiar las leyes de su clasismo soberbio. ¿Qué podría emerger de bueno de un cruce de clases y de destinos a todas luces conflictivo? Norteamérica, entonces marcada por el lujo y la criminalidad, donde la prosperidad económica no siempre provenía de fuentes fidedignas, era también el escenario de asociaciones ilegales, de contrabando y de crimen organizado que garantizaban dinero pero no dignidad, y que al fin de cuentas, volvía imposible un cruce de fronteras sociales en buenos términos. De esto va esta obra cuya versatilidad conquista a una multiplicidad de públicos y exigencias.
Sin embargo, lejos de contar solo una historia trillada y previsible, El gran Gatsby es el reflejo literario de una sociedad en decadencia en la cual el sueño americano no es posible y en la que, quienes se obstinen a creerlo asequible, terminan por despertar. En estas páginas, la audiencia percibe el descontento, el caos, la humillación y, sobre todo, la esperanza. También advierte la crueldad y el determinismo de clase, la discriminación, el racismo, la soberbia y los abusos de poder, en una época prometedora de éxitos despampanantes, diversión y fiesta.
Nada más actual. Con una escritura magistral, cuidada y plagada de dinamismo y acción, rebosante de descripción y barroquismo, Fitzgerald nos sumerge en el mundo neoyorkino de los años ‘20 a través de la mirada sesgada de un narrador en primera persona que juzga, selecciona y dosifica lo que cuenta para volvernos vulnerables a su atenta y precisa manipulación. La obra mereció incontables adaptaciones cinematográficas; la más aclamada por la crítica se volvió realidad de la mano de Baz Luhrmann.
Soñar en colores.
“La creatividad implica tomar riesgos”. Eso nos dice resuelto, tenaz y convencido el australiano más intrépido y osado del cine mundial, que en el año 2013 decidió llevar al cine la obra maestra de Fitzgerald. Él, que no le teme a los riesgos, se propuso plasmar en una película de corte posmoderno los despampanantes años veinte de Estados Unidos. Marc Anthony “Baz” Lurhmann, el magnate del séptimo arte, retoma todo el artificio literario y lo traduce a imágenes, sonidos, dinamismo y acción para representar la exaltación que rige la época y que, además, se corresponde con su estética de autor, haciendo uso de todo lo que tiene a su alcance.
El lema -ya vox populi- de que el dinero no compra la felicidad y no nos hará cambiar de status se reafirma en la novela y Luhrmann lo manifiesta expresamente en su creación fílmica: la prosperidad económica de los años ‘20, si bien posibilita el ascenso material, no garantiza el ascenso moral, cultural y protocolar. Los personajes de esta obra se encuentran signados por un profundo determinismo que les impide salir de la posición que les fue dada y que define con un velo de cristal las clases sociales y la elegancia en las formas.
Baz Luhrmann, innovador en su técnica y visionario en su artificio, retoma las marcas imborrables que surgen en el libro y las lleva al máximo de su expresión en la película, a través de escenas que son determinantes en la caracterización de los ricos tradicionales y sus rivales acérrimos, los “nuevos” ricos. Dichas instancias concuerdan con la ideología del director, quien afirma que el lenguaje visual es tanto o más importante y poderoso que las palabras mismas.
A modo de ejemplo, en el comienzo de la película, apenas en el minuto seis, nos hacemos partícipes de una de las escenas principales de suntuosidad que caracteriza la estética de Luhrmann. Nos encontramos en la mansión Buchanan, propiedad de un heredero de una de las familias más adineradas de América. La extrema lujosidad es visible en toda su plenitud cuando nos inmiscuimos en la sala principal y percibimos a Daisy, la protagonista, entre un cielo infinito de cortinas blancas de fina seda, que ostentan pomposidad, encanto y elegancia.
Hasta aquí todo va bien, todo concuerda con la paz del hogar de un rico legítimo de los años veinte.
Un poco más avanzado el film, hacia el minuto veintitrés, Gatsby nos invita a ser parte de una de sus extravagantes fiestas. Autos lujosos, apuestas clandestinas, estrellas de cine, alcohol y tabaco en demasía. Todo en esta escena se tiñe de brillo, de colores estridentes, de pomposas plumas. La enorme piscina central de la mansión del personaje, acompañada de esferas flotantes de todo tipo y tamaño, y la infinita presencia de fuegos artificiales en su grado máximo, dan cuenta de aquello que Gatsby quería destacar: la posibilidad de ser el rico que nunca fue, y mostrarlo, a pesar del cuestionable origen de su fortuna.
Obras de grandeza.
Pero como no todo lo que brilla es oro, y no todo lo que es oro brilla, esta novela y su película más actual permiten visualizar que la grandeza de Gatsby no estaba en su riqueza, sino en su corazón. Y que, aunque lo desease con toda su alma, no podría atravesar esa barrera infranqueable, que era su origen bajo y su destino igual. De esto es particular ejemplo una escena que surge hacia el final, cuando el protagonista, ante la provocación de su rival Buchanan, se manifiesta excesivamente violento y deja percibir su oscura esencia y su educación mediocre. Enfrentarse a la soberbia, la arrogancia y la violencia de un rico legítimo termina, pese cuanto nos pese, por despertar en Gatsby su verdadero yo: “Nosotros nacimos diferentes, lo llevamos en la sangre, y nada de lo que (Gatsby) haga, o diga, o sueñe, va a cambiar ello” -nos dice Buchanan, con todo el peso de su tradición; ni siquiera, con todo el oro del mundo.
Esta escena, que no está descrita en la novela de Fitzgerald, sino que es un plus del que se vale Luhrmann para clarificar su intención, representa en grado máximo el determinismo que rige a los personajes y que es intrínseco a su personalidad. El director australiano, una vez más, extrema su técnica hiperbólica y la utiliza con un fin práctico, que es, al fin y al cabo, demostrar lo medular de los estratos sociales, y cómo eso, lastimosa y devastadoramente, parece que nunca podrá cambiar.
* Profesora de Letras (FCH – UNLPam)
Investigadora (IILyD/IDEAE - FCH – UNLPam)
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