Jueves 13 de junio 2024

Francisco, el Papa que salió del frío

Redaccion Avances 26/03/2023 - 06.00.hs

En estos días se cumplieron diez años de la elección de Jorge Bergoglio como Papa tras el paso al costado de Benedicto XVI. En lugar de un análisis exhaustivo de su Pontificado, reflexionemos sobre el significado de que un argentino sea el primer Papa Latinoamericano.

 

Francisco J. Babinec *

 

Hace diez años, para ser más precisos el 13 de marzo de 2013, el cardenal y protodiácono Jean-Louis Tauran, salió al balcón de la Basílica del Vaticano visiblemente emocionado, pronunció las esperadas palabras “Habemus papam”, y a continuación anunció al mundo que el argentino Jorge Mario Bergoglio era el nuevo Papa. Entonces, nuestro compatriota apareció tranquilo pero con un semblante serio, que dejaba en claro que era consciente de la magnitud de la tarea que enfrentaría. Sus primeras palabras fueron simples y directas: “Hermanos y hermanas, buenas noches. Sabéis que el deber del cónclave era dar un obispo a Roma. Parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo al fin del mundo. Pero aquí estamos”. Los periodistas de CNN, habitualmente sagaces, no atinaban a desentrañar el significado de la expresión. Bergoglio quiso transmitir que la gravedad de los problemas que enfrentaba (y enfrenta) la Iglesia Católica eran tales que los cardenales habían tenido que ir a buscar quien los solucionara en el país más alejado, situado en el confín (en lunfardo usaríamos otra expresión) del mundo.
Es que por más que duela a nuestra onfalomanía (por no decir ombliguismo) Argentina es un país mediano ubicado bien lejos de los centros de poder. Y si bien Bergoglio/Francisco no era un desconocido para el ambiente católico, no había sido parte los círculos vaticanos como Pío XII, Paulo VI o Benedicto XVI. Por su edad (76 años) podía pensarse que los cardenales habían elegido un Papa “de transición”, como lo fue Juan XXIII, electo con casi 79 años y que ocupó el sitial por menos de cinco años. Pero como el “Papa Bueno”; y su sucesor Paulo VI, este jesuita conservador emprendió una serie de reformas que la Iglesia Católica necesitaba. A los escándalos de corrupción y pederastia cada vez más notorios, se sumaban las anquilosadas posturas sobre el celibato sacerdotal, y las posiciones vetustas sobre la homosexualidad y los fieles divorciados. Tampoco podemos ignorar el alineamiento de la Iglesia Católica con la política exterior de USA, impuesto por Juan Pablo II, el Papa polaco que fue central en la caída del Comunismo. Era esperable que era el momento en que la Iglesia enfrentaría la Sociedad desigual del consumo y del derroche. Pero no todos lo vieron así, o no terminan de aceptarlo.

 

Antecedentes.
Pero, ¿quién era Bergoglio? Este jesuita había optado por un discreto segundo plano en los años de plomo, cuando obispos como Vicente Zazpe, Miguel Hesayne, Jorge Novak y Jaime de Nevares, fueron críticos de la dictadura militar con los riesgos que ello implicaba, como lo probó el asesinato de Monseñor Enrique Angelelli en agosto de 1976. En la primera década de este siglo, Bergoglio adquirió visibilidad como crítico de los gobiernos kirchneristas. Yendo más atrás aún, en la América Latina de los años 60 y 70 gobernada por regímenes de facto, la Iglesia Católica latinoamericana alumbró el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo y la Teología de de Liberación. Esta corriente teológica nacida tras el Concilio Vaticano II, impulsó una opción preferencial por los pobres, a partir de una lectura del Evangelio y recurriendo a las ciencias humanas y sociales para definir dicha opción. En su cruzada anticomunista de fines de los 70 y los 80, Juan Pablo II la combatió duramente, borrando los cambios impulsados por el Concilio Vaticano II. Uno de sus fundadores, Leonardo Boff, fue sometido a proceso por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1984, y condenado en 1985 a un año de “silencio” y despojado de todas sus funciones editoriales y académicas en el campo religioso. A punto de ser silenciado nuevamente en 1992, dejó la orden franciscana y el ministerio presbiteral.
Bergoglio no fue parte de estos movimientos, pero tuvo un rol fundamental en la confección del Documento Final de Aparecida, durante la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, en mayo de 2007. Este documento tuvo como eje central el valor de la vida en todo sentido, no sólo en la gestación y cuando nos acercamos a la muerte, sino en todo momento. Se pide una vida digna, con trabajo, con casa, con posibilidad de estudio; que tenga toda la dignidad que la persona humana requiere. Una agenda que recuerda las consignas de la Teología de la Liberación en un marco distinto al de mediados del siglo XX.
Antes que Bergoglio, el argentino Eduardo Francisco Pironio estuvo entre los “papeles”; como posible sucesor de Paulo VI, pero, según se dijo, el cardenal brasileño Aloisio Lorscheider, uno de los “grandes electores”; en ese entonces, consideró que aún no era el momento. Pironio fue el primer latinoamericano que desempeñó un cargo en la Curia Romana; habiendo sido llamado a Roma en momentos en que su vida corría peligro, durante el gobierno de Isabel Perón. Era “un teólogo de la esperanza y de los signos de los tiempos” y el obispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, asesinado por un militar francotirador en 1980 lo consideraba uno de los “padres de la Iglesia latinoamericana”, junto con el mencionado Lorscheider, Hélder Câmara, y Paulo Evaristo Arns, entre otros nombres que a algunos memoriosos sonarán conocidos.

 

Algunos pasos.
Los creyentes afirman que es el Espíritu Santo quien guía a los cardenales en su elección. Y es posible que así sea, porque con la excepción de Benedicto XVI, un gran teólogo y profundo conocedor de los vericuetos de la política vaticana pero que fue superado por los problemas y terminó abdicando, los Papas ungidos durante el siglo pasado y lo que va de este han vuelto a posicionar a la Iglesia Católica como un factor de poder terrenal. Desde los Pactos de Letrán de 1929 entre Pío XI y Benito Mussolini, que devolvieron poder territorial e independencia al Vaticano, los sucesivos pontífices han ido recuperando presencia en el orden mundial, con aciertos y errores por supuesto. Hoy le toca a Francisco navegar en aguas turbulentas, mediando en conflictos con suerte dispar. Los contendientes suelen ser, como en el caso de la guerra en Ucrania, potencias de primer orden por lo menos en lo militar como Rusia por un lado y USA más la OTAN por el otro. Su primera salida del Vaticano fue para visitar la isla de Lampedusa, destino de muchos refugiados que escapan de sus países abrumados por la miseria o los conflictos armados. También hay que tomar nota de sus encuentros con las cabezas de otras religiones, y su preocupación por el deterioro del ambiente y la cuestión social, expresado en sus encíclicas “Laudato Si” de 2015, sobre “el cuidado de la casa común” y “Fratelli tutti”, de 2020, sobre “la fraternidad y la amistad social”.
¿Y la Argentina? Superado el estupor de unos y de la alegría pronto trocada a desilusión de otros, que lo veían ambos encabezando una cruzada antipopulista a nivel regional, Francisco no se ha desentendido ni mucho menos de nuestros altibajos, pero ha medido los gestos e intervenciones. Como dijo Beatriz Sarlo con perspicacia, el Papa no puede pensar todo el día en Argentina y sus problemas, pero en los escasos minutos que puede ocuparse de nuestros avatares, elige con cuidado no agravarlos. Después de todo, Francisco es hoy uno de los escasos líderes mundiales, en un momento en que no abundan personas dotadas entre ellos.
Contando presidentes (USA, Rusia, China, Francia) y primeros ministros (Gran Bretaña, Alemania) y algunos poquísimos funcionarios internacionales como la directora del FMI, el Secretario de Estado y el titular de la Reserva Federal de USA, y los eternos consultores/lobbistas Henry Kissinger y Madeleine Albright, no hay más de una docena de personas gravitantes a nivel mundial. Francisco es uno de ellos, aunque, como dijo una vez José Stalin, el Papa no tiene divisiones blindadas.
Queda un punto si se quiere anecdótico pero no tanto. El cambio de nombre al ser ungido Papa es una costumbre que se remonta al siglo VI. Al parecer, el primer Pontífice en cambiar su nombre al acceder al Papado lo hizo porque su nombre original era Mercurio, una deidad pagana. Con el tiempo el gesto pasó a indicar que se dejaba atrás una vida y al mismo tiempo se hacía una especie de declaración de principios. El malogrado Juan Pablo I, que falleció a los 33 días de haber sido electo, pensó en sus predecesores Juan XXIII y Paulo VI, indicando su intención de continuar su obra, y su sucesor Karol Wojtyla lo siguió como Juan Pablo II.
Bergoglio eligió Francisco en alusión a Francisco de Asís, fundador de la orden franciscana y conocido como el santo de los pobres.

 

Nota: El término “onfalomanía”, no me pertenece, lo tomé de un artículo del historiador de la ciencia Miguel de Asúa.

 

* Centro Pampeano de Estudios Sociales y Políticos

 

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