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Domingo 11 de enero 2026

Manejo de la ansiedad y la angustia

Redaccion Avances 11/01/2026 - 09.00.hs

Alberto César Pacinotti *

 

Realmente no sé si voy a seguir yendo a terapia con Víctor. La última sesión me llenó de dudas, me defraudó un poco. No terminó bien. Después de todo yo le garpo para que me ayude a resolver las cuestiones que enquilomban mi cabeza, para que encuentre soluciones a viejos traumas o cómo se llamen. No estoy para que él me cree nuevos interrogantes. No tengo ganas, ni tiempo para ellos. Estoy grande. Con decir que tengo catorce mundiales vividos sobre el lomo.

 

Es mi terapeuta, para problemas ya tengo a mi ex y a mis hijos que se turnan para emputecerme la vida.

 

Todavía estoy con el tema de la separación, de irme de casa. Tratando de deglutir el auto exilio de Patricio, mi hijo mayor que se fue a vivir a España, vaya a saber si queriendo poner distancia suficiente con la familia que le tocó. Hay veces que tengo interrogantes sobre su sexualidad. Nunca lo hablamos, es cierto.

 

En cambio, Rubén, el menor, parece estar muy a gusto, porque con treinta y tres cumplidos sigue viviendo con su madre. No sé precisar si se hace el pelotudo, lo es, o simplemente es un inmaduro que quiere que su mami le cubra todas las cagadas que se manda y algunos gastos también.

 

Roxana, la del medio, anda en pareja hace un tiempo. Precisamente con ella el problema es el tiempo… que le duran sus parejas. Cambia de novio cada año, año y medio. Yo, como dije antes, estoy grande, y no llego a acostumbrarme a un candidato que ya me presenta a otro. Después me echa la culpa si nombro al actual con el nombre del anterior. Sí, estoy viejo ya lo dije, pero quiero auto concederme la excusa de que nadie puede estar expuesto a tantos sacudones. Ni hablar de formar familia, de darme un nieto. Parece una batalla perdida a esta altura.

 

Adriana, mi amante de toda la vida, antigua compañera de oficina, todavía está con dudas de dejar al cornudo de su marido. Todo esto me provoca ansiedad, culpas, angustias y todo tipo de pestes de las que atacan al balero.

 

Fue Cacho, siempre Cacho, mi amigo de toda la vida y consejero en jefe desde hace unos años, el que me sugirió hacer terapia. Me recomendó al “locólogo” que atiende a la hermana. Debe ser bueno, pensé en su momento, porque si logra avances con la hermana histérica de Cacho, más que un terapeuta con muñeca para pacientes difíciles, debe ser un pai umbanda, un cura sanador, un milagrero. Yo pensé que si podía con ella cómo no iba a poder conmigo, un tipo normal, sí, con quilombos puntuales, recientes. No soy de esos que se hacían caca encima o se meaban en la cama hasta los doce años, ni tenía fantasías sexuales con la vieja, ni tenía celos del viejo o al que los amigos lo tenían de punto. Bulling le dicen ahora. Tanto en el estudio como el laburo no tuve problemas. ¿Con las minas?: normalito. Ni el gran macho alfa metro sexual ni el perdedor empedernido. Ahí, del promedio para arriba. He tenido buena cama. No me puedo quejar.

 

Volviendo a la última sesión con Víctor, pasó algo raro. Pero con la mayor autocrítica de que soy capaz, la culpa fue suya.

 

Es un tipo grande, más joven que yo, pero no es un pendejo sin experiencia. Debe andar promediando los cincuenta, con más de veinte largos de profesión. No es un inexperto, sin embargo, creo que manejó mal la cosa, la pudrió.

 

Todo iba bien, bah, como de costumbre. Hasta que, en un momento, no sé si queriendo agasajarme a mí o felicitarse él por lo exitoso de su terapia me dijo: “Realmente venimos bien en el manejo de la ansiedad y de la angustia. Has hecho progresos desde que pudiste poner en palabras los eventos que te mortificaron como la separación, la partida de tus hijos y, en fin, hechos fuertes que te conmovieron. Creo realmente que hemos hecho avances (se incluye otra vez). ¿Notaste lo mismo?”

 

Fue ahí que se fue todo al carajo. Tal vez cansado ya de él, o porque había tenido un mal día, me apretaban los zapatos nuevos o vaya uno a saber por qué es que le respondí: ¡Avances una mierda! Se ve que lo sorprendí porque se quedó callado unos segundos interminables y luego, con ese tono neutro que ponen los psicólogos me alentó: “bueno, hablemos un poco de eso”.

 

Y ahí encontré cuál es mi problema. Lo que no puedo superar, lo que me persigue hace ya como cuarenta años. No son mis quilombos personales, lo mío es un hecho colectivo, que nos agrupa, nos identifica con el ser nacional, que nos conmueve a todos lo que lo vivieron en directo. No es nada de la vida política, ya sabemos que ahí todo sale mal sin importar quién esté en los desmanejos de la cosa pública, no es una gran catástrofe natural ni menos un mega accidente aéreo, de carretera o un naufragio. Menos un crimen colectivo, un magnicidio, nada de eso.

 

Lo que me vuelve a un estado anárquico de ansiedad y angustia descontrolada es el recuerdo de la corrida interminable de Burruchaga en la final de México 86, en el mismísimo azteca de los dos goles de Diego a los piratas, bajo un sol que derretía pieles y cerebros. Cada tanto pienso o sueño con ella. Pierdo el control pensando que lo alcanza el defensor, que se la saca el arquero, que le pica mal porque la cancha era un desastre y la pelota venía a los saltos, no sé… que la tira afuera.

 

“Bueno, pero eso terminó bien, creo”, y ese “creo” me hizo hervir la sangre. Y como si fuese poco me pregunta si ese miedo a fallar no tiene que ver con problemas de erección. Yo creí que lo mataba. ¿Cómo es que puede mezclar dos pasiones supremas como el fútbol y el sexo? Son el agua y el aceite. ¿Qué tiene que ver pifiar un gol con que no se te pare? Y ahí, muy adentro mío decidí que era el momento de ponerle freno a este pelotudo. Me senté en el diván y le contesté: -Bueno, ahora va con mis reglas, para hablar de esto te tengo que mirar a los ojos, no puedo tenerte sentado a la espalda sin saber qué haces, si anotás, si te dormís o te escarbas la nariz mientras yo cuento cosas, hago pucheros, me descarno sin anestesia o me enojo con el mundo-.

 

Entonces mirándolo a los ojos y con un gesto canchero le dije que con el “muchacho” andaba de maravillas, gracias al cielo y a la ayuda de la amiga azul, por supuesto. Que lo mío era que yo me había imaginado un mundial como el que venía siendo, con un Diego superlativo, bendecido por los Dioses del Olimpo, que después de lo de los ingleses y los belgas nadie nos iba a parar. Ni hablar cuando nos ponemos dos a cero. Pero empezaron las dudas, con el dos a cero.

 

Me acordé de eso que dicen que es el peor resultado, algo que nunca había entendido hasta ese día. Llegaron los dos goles alemanes, impensados, injustos, criminales, desgarradores. Recuerdo que ahí no pude más y exploté, me paré de golpe, le pegué un patadón a la mesa ratona de mi casa tirando vasos, platos todo al diablo. Toda la familia recriminándome, que era un salvaje, “no te podés poner así papá por un partido de fútbol…” Me decían ¿Un partido de fútbol? Contesté con ira a mi hijo mayor, al que se fue a España, con el que nunca hablo y me salía con eso ¿cómo un partido de fútbol? ¡Es la final del mundo, es la oportunidad de que Diego llegue a lo más alto! Creo que fue ahí cuando empecé a darme cuenta de que no tenía lugar en mi familia…

 

Mientras tanto yo recordaba lo que decían los viejos burreros del café: “caballo que alcanza quiere ganar” y quedé al borde del colapso pensando que ése podía llegar a ser el famoso milagro alemán del que tanto se hablaba.

 

Víctor me miró con asombro, sus ojos grandes, sus labios como si pronunciaran ampulosamente una “o” silenciosa.

 

Entonces yo seguí con lo de la corrida y comenté que no puedo con la angustia, la ansiedad para que todo termine, no puedo evitar que me invada la pavura. ¿Entendés vos?, recuerdo haberle preguntado, lo que es verlo corriendo al Burru como si nada, con ese andar pachorriento y su cara de buen tipo, sin saber que atrás de él quedaba el Diego que había frotado la lámpara y lo había habilitado con un toque delicioso, de cachetada, digno de ser utilizado como material didáctico en todas las escuelas de fútbol del mundo, para ponerlo de ejemplo en cualquier taller que trate la resiliencia, en cualquier encuentro empresarial donde se hable de liderazgo, porque antes de sacar del medio, tras el empate germánico, miró a sus compañeros que estaban derrumbados y medio agachado con los dos brazos en “v corta” y los puños apretados les gritaba ¡”vamos a ganar ahora, carajo! De esto pocos se acuerdan, no lo repiten los programas de deportes. Y Burru seguía como si nada, sin mirar a Valdano que iba por la izquierda, y que no se la pedía para no distraerlo, y, lo peor, sin darse cuenta que Briegel venía como una locomotora teutona a pasarlo por arriba ni bien lo alcanzara. Noo, él venía sumergido en su mundo, sin pensar que treinta millones de monos estaban al borde del infarto, con las manos en crucifijos, estampitas y amuletos o tocándose los testículos los más salvajes, con súplicas a los dioses de todas las religiones. ¡Y me salís con eso de la erección…! Aparte, hay un momento, en el segundo toque de zurda que hace Burru que la adelanta un poco. Me acuerdo de eso y me pongo al borde del acv.

 

Los ojos de Víctor ya estaban desorbitados, no pronunciaba palabra y entonces yo seguí -decí que el arquero Schumacher compensa todo en un nano segundo, un nano segundo que nos lleva de Devoto a la gloria: duda, sí, duda, pocos se dieron cuenta que dudó en una millonésima de segundo, sólo yo y los que estábamos en un estado casi catatónico nos dimos cuenta de que el Barba nos daba una segunda oportunidad, y entonces comete un segundo error y sale con las piernas abiertas y hacia adelante, invitando al remate entre las piernas y entonces… recién entonces, se me va la ansiedad. En ese momento y cada vez que la historia se repite en mi cabeza, en ese momento se me va la ansiedad…

 

Víctor dejó su gesto de los labios haciendo la “o” y recomponiendo su ánimo, casi en un balbuceo, dijo: “claro, claro, no hay nada más reconfortante que la calma cuando baja la ansiedad y el sosiego luego de la angustia…”

 

Recuerdo que lo miré sin entenderlo, me di cuenta de que yo había estado hablando a los gritos, pero cuando él me volvió a hablar, con sus ojos, aún saltones, agarrando aparatosamente su canosa barbita candado con su mano y recuperando el tono neutro del psicólogo intentó una excusa, que, cuando menos, fue desafortunada: “me cuesta entenderte, ¿sabés?, porque a mí el fútbol no me interesa…”

 

Fue ahí, en ese momento, que pensé que ese nerd no podía ser mi terapeuta, que la había pifiado fulero siguiendo el consejo de Cacho. Ahí, en ese instante, me cayó la ficha y levantando el brazo derecho hacia arriba en forma violenta por el costado de la cabeza, le dije -¡maaaa sí…andate a la puta que te parió!- y me fui dando un portazo.

 

* Escritor

 

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