Sabado 20 de abril 2024

Teorías sobre el Pasaje Dinamarca

Redaccion Avances 03/03/2024 - 09.00.hs

Este capítulo de La Maga presenta un cuento de Alberto Pacinotti. Un grupo de amigos se pregunta por los misterios que giran en torno al Pasaje Dinamarca. Historias, experiencias y suposiciones que buscan llegar a posibles respuestas.

 

Gisela Colombo *

 

La noche transcurría sin grandes sobresaltos en la mesa del viejo bar de Gaona y Espinosa. La barra de atorrantes discurría en los temas de siempre, pero sin entusiasmo. Hasta que el negro Ale dejó caer una pregunta inquietante: ¿Se dan cuenta de que no conocemos a nadie que viva en el pasaje Dinamarca?

 

La callecita corre desde Apolinario Figueroa hasta Gaona, sólo tiene cien metros entre Pujol y Espinosa, sus paralelas. A cincuenta metros del bar.

 

La pregunta descolocó a todos en un primer momento, pero luego se llegó a la conclusión de que Ale tenía razón. En todas las calles cercanas vivía alguno de la barra. Hasta en los cercanos pasajes Guido Spano, Amberes y Osaka.

 

El Tano, que en ese tiempo era mensajero de la oficina de Correos no recordaba haber llevado nunca un telegrama a una dirección del pasaje. El gallego Lin, que conocía como pocos a todos los vecinos del barrio, no recordaba a ninguno que viviera en esa cuadra.

 

El viejo Ramón, adicto obsesivo a los temas paranormales, ensayó una teoría más audaz sembrando la duda en el grupo: “¿Y si no vive nadie?”

 

A las primeras risotadas le siguió la lógica profundización del tema. Se le preguntó a Cholo, el dueño del bar, y él tampoco conocía a nadie.

 

Alguno señaló que desde la avenida se veía que entre el empedrado crecían algunos yuyos y que esto denotaba el nulo tránsito de vehículos.

 

Se empezó a generar preocupación cuando todos aseguraban que nunca habían caminado por sus veredas.

 

Ramón decidió seguir con sus alucinaciones y generaba posibles teorías, una, que podría ser una escenografía de una película argentina de los años cuarenta, que, luego de utilizada, fue abandonada. Otra posibilidad era que a lo mejor era un paso a otra dimensión y que la gente no aparecía más si osaba transitarlo.

 

Lo de la escenografía fue rápidamente descartado primero porque nadie recordaba una película donde apareciera y segundo porque se mencionaba que la filmografía argentina siempre padeció de flacos presupuestos para semejantes montajes.

 

Muchos llegaron a la conclusión de que algo raro pasaba pues no recordaban haber visto gente. Es más, algunos hasta llegaron a decir que las condiciones meteorológicas variaban pudiendo llover en el pasaje mientras en el resto del barrio era un día soleado y viceversa.

 

El flaco Eduardo, intervenía y decía conocer a una persona cuyo abuelo le había contado que el adoquinado del pasaje provenía de Sierra Chica, el famoso penal de la Provincia de Buenos Aires, donde a los presos se les hacía cortar los adoquines que se usaron en el empedrado de la ciudad, junto con los cordones de la vereda. Contaba que en ese pasaje se descargó una partida que venía manchada con sangre producto de una reyerta entre presos, uno de los cuales fue herido mortalmente con una faca tumbera. Esto habría obrado como una maldición sobre el mencionado pasaje, provocando la invisibilidad de sus habitantes. Nos acercábamos a esa delgada línea que separa la audacia del delirio.

 

Los de la barra lo miraban a Ramón con sorna y no le prestaban mucha atención. Pero fue la Oveja quien mencionó que Daniel, al que le apodábamos Fideo, había desaparecido de la noche a la mañana del café donde casi era parte del mobiliario. Comentó que la última vez que lo habían visto estaba parado en la esquina del pasaje y la Avenida Gaona.

 

Esto ya preocupó a todos dado que la historia era cierta y nunca más se supo de Fideo.

 

Ale echaba viento en la camiseta e insistía con una teoría conspirativa. Decía que podía ser uno de esos agujeros negros que usan los extraterrestres para entrar y salir de distintas dimensiones y que, a lo mejor, Fideo habría incursionado en él llevado vaya uno a saber por qué extraña curiosidad. Con febril sentimiento antimperialista decía que podríamos estar en presencia de un pequeño triángulo de las Bermudas autóctono, que, por carecer del poderoso aparato de difusión yanqui, no era famoso o conocido. Quizá podría ser un lugar secreto como la famosa área 51 del desierto de Nevada, donde se escondían los secretos más importantes del gobierno, disimulados en un barrio apacible de casas bajas al no contar con presupuestos adecuados para mantener costosos y llamativos aparatos de seguridad.

 

Ramón quería comentar algo, pero nadie le prestaba atención al amigo viejo.

 

Después de un rato arremetió nuevamente contribuyendo con el enunciado sobre la desaparición de Fideo. “Miren: yo no lo he contado antes porque ustedes me toman para la joda, pero yo tuve una experiencia con ese pasaje que nunca, hasta ahora, se la conté a nadie. Una noche que había tomado más de la cuenta, en vez de encarar por Espinosa para mi casa, decidí dar una vuelta más larga para que el aire me disipara un poco la borrachera y encaré por Gaona para el lado de Pujol. Al pasar por el pasaje vi una mujer joven, bella, toda vestida de blanco, que desde la tercera puerta me hacía gestos invitándome a pasar a su casa. Yo ya soy un viejo y seguí de largo, pero a lo mejor Fideo sucumbió a la tentación”.

 

Disimuladamente los atorrantes se hacían gestos entre ellos en descrédito de la historia de Ramón. Alguno, en una postura machista, ponía en duda la masculinidad del pobre viejo por rechazar el convite de la dama de blanco.

 

A la noche siguiente estaban los mismos comensales más Veneno, el más burrero de la barra. El gallego Lin, inquieto como siempre había estado haciendo averiguaciones y comentó que había consultado con el vasco Graña, el almacenero que estaba sobre Gaona y repartía sus pedidos en un triciclo verde que adelante tenía el recipiente para la mercadería y éste le comentó que nunca había llevado nada al pasaje. Los hermanos Risetti, dueños de la antigua ferretería, también sobre la avenida, no recordaban que nadie que viviese en el pasaje le hubiese comprado un tornillo siquiera.

 

Rápidamente se puso Veneno en autos de la conversación de la noche anterior y entonces nos dio una sorpresa contundente. Contó que una tarde-noche se iba para su casa y al pasar por la esquina del pasaje le llamó la atención un grafiti escrito en carbonilla o con un pedazo de ladrillo, no recordaba bien, que decía “Bonachón Junior el domingo en la décima de Palermo”.

 

Sin pensarlo fue ese domingo y se jugó fuerte a las patas del caballo. Le llamaba la atención que el pingo no tuviera antecedentes, venía de las carreras cuadreras del interior y su linaje decía que era hijo de Bonachón y Ge-nunca como único dato. El haras era una ignota Haras Copenhague. Lo más extraño de todo era que la carrera de 2400 metros era una distancia larga para un caballo debutante.

 

Lo que siguió entraría en el terreno de lo fantástico: ni bien largada la carrera, transitando los competidores el codo de Dorrego se produjo una gran polvareda que presagiaba una posible rodada múltiple. Sin embargo, los caballos entraron al opuesto con una sola novedad: Bonachón Junior no estaba, era como si se hubiera evaporado, diluido en el éter.

 

Las autoridades esperaron hasta tarde pensando una demora por desvío en una pista auxiliar, o, el probable retorno del caballo a las gateras, ocultas detrás de las tribunas. En fin, pasado un tiempo se apagaron las luces y se cerró el hipódromo. El caballo no aparecería jamás. Algunos viejos habitúes del paddock decían que él habría cruzado el disco cuando las luces se apagaron. Ahí nació la frase de que cuando un caballo tarda en llegar, a muchos cuerpos de los primeros, se dice que “entró en la noche callada”, en recuerdo de Bonachón Junior, insinuando que el equino desaparecido hubiera entrado cuando las luminarias se apagaron y el griterío de la turba hubiera desaparecido.

 

Los que escuchábamos no lo podíamos creer. Alguno le preguntó a Veneno por el haras y los padres de Bonachón Junior. El haras había desaparecido y no se conocían otros potrillos de esa cruza. Eduardo agregó que en el nombre del padrillo y de la yegua estaba el secreto de la nula descendencia aduciendo cierta modorra de la yunta en temas de apareamiento.

 

Pero lo que más sorprendió a todos fue que Veneno, retomando la conversación, dijo que había vuelto al lugar a confirmar el grafiti. Lamentablemente una tormenta nocturna que azotó al pasaje lo había borrado. Comentó que a lo mejor el grafiti no habría sido una fija para el domingo sino una amenaza fatal de “alguien” que moraba en el pasaje, una sentencia.

 

Pobre matungo. Se entraba en un mundo irracional y temerario.

 

Ramón, que escribía para un diario de gran tirada, decía que le había llegado la noticia del caballo desaparecido y hasta una pareja que se prodigaba cariños en el lago cercano de Palermo se había comunicado con la redacción para declarar que vieron pasar una sombra de caballo volando sobre el lago. No les dio crédito por creer que estaban bajo los efectos de estupefacientes. Ale le criticó esta actitud, aduciendo que hubiera sido interesante tener un Pegasus criollo, por más que el mitológico pingo alado de los griegos era blanco y nuestro Bonachón Junior era definitivamente un zaino por donde se lo mirara.

 

En eso llegó el Ruso Omar. Cuando le contaron todo en detalle nos miró con cara de asombro, hasta con un aire de desdén, por creer en estos temas fantasiosos. Era todo racionalidad: lo que la matemática y la ciencia no podían probar directamente no existía. Era un pragmático total.

 

Yo lo escuchaba con atención. Sus lógicas argumentaciones no podían ser refutadas en el campo del sano raciocinio.

 

En lo personal, sin compartirlo con el resto, tomé mi decisión. Seguí creyendo que algo raro sucedía en ese extraño pasaje, sin adherir a ninguna teoría en particular. Nada me haría ya cambiar de opinión. Después de todo esas constataciones racionales que atentaban contra la fantasía nunca fueron de mi agrado.

 

Lamento no tener otra información para aclarar este asunto, lo comparto con los lectores para ver si puedo recibir algún dato adicional sobre este enigma callejero. La historia, por ahora, sigue vigente. El tiempo desparramó a la barra por diferentes caminos. No obstante, cada vez que nos reunimos y recordamos tiempos idos, un tema es infaltable: nuestra intriga de saber qué pasa en esa callecita olvidada en la gran urbe porteña, para muchos, una simple cuadra de la Buenos Aires orgullosa y pujante, para otros, un lugar extraño, inquietante, que nos deja con grandes dudas y alimenta conjeturas poéticas y disparatadas.

 

Alberto César Pacinotti nació el 10 de marzo de 1952 en Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Confiesa tener tres pasiones: la lectura, la historia y el fútbol. Es Contador y Licenciado en Administración de la UBA, casa en que fue docente también. Incursionó como tipógrafo en la industria de la imprenta. Trabajó para una gran empresa agropecuaria, en la que escaló hasta el Directorio.

 

Tuvo emprendimientos inmobiliarios. En 2020 partió su esposa y decidió, por consejo de su hija, abrir un blog para canalizar la pérdida y abrazarse a un propósito vital. Allí es donde comparte lo que escribe: blog theuglybherald.wordpress.com

 

* Docente y escritora. Compiladora

 

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