Un ingeniero en las hachadas
Edgar Morisoli escribió en el prólogo de “Penumbra de la paloma”, primer libro de poemas de Teresa Pérez: “Ella tiene en los ojos la pena del monte. Todos los que han vivido la vida de las hachadas tienen un dejo de tristeza en la mirada, imborrable”.
María Elena Noguerol *
Una pintura del artista plástico argentino Antonio Berni, Los Hacheros (1953), retrata con crudeza la vida de los trabajadores en los obrajes y la problemática social en los montes santiagueños. A través de su obra, el pintor denunció la tala indiscriminada del monte y la pobreza extrema de los hacheros, a quienes inmortalizó en rostros anónimos.
Décadas después, una historia vinculada a ese mismo paisaje de esfuerzo y sacrificio tendría como protagonista a Ricardo Rubinich, descendiente de inmigrantes.
Sus abuelos paternos provenían de Bosnia y Herzegovina y llegaron a la Argentina en 1903. Años más tarde, en 1929, la familia se estableció en el sur de la provincia de Santa Fe, donde se promovía la creación de colonias destinadas a impulsar la producción agrícola.
Ricardo nació en Venado Tuerto y pasó sus primeros años en el campo, donde realizó la escuela primaria. Era el hijo mayor de una familia profundamente católica y, como tal, sobre él recaía una expectativa familiar: estudiar para el noviciado. Sin embargo, ese no era el camino que Ricardo elegiría. Al no encontrar allí su verdadera vocación, continuó sus estudios en el Colegio Nacional. En 1967, ingresó a la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de La Pampa, en Santa Rosa, donde obtuvo el título de ingeniero agrónomo.
Así, entre sus raíces familiares, la vida de campo y los años de estudio, fue construyendo su propio camino. Un camino que, sin saberlo todavía, lo llevaría a encontrarse con una realidad que marcaría para siempre su historia.
Su primer trabajo.
Recién recibido, en 1972, Ricardo obtuvo su primer trabajo en la “Colonia El Simbolar”, para la Corporación del río Dulce, en la provincia de Santiago del Estero. Por aquellos años, la estructura de la propiedad agraria estaba marcada por la presencia de grandes latifundios.
Durante la década de 1960, Santiago del Estero había atravesado profundas transformaciones. La crisis de la industria forestal del quebracho, sumada a la depredación y a la tala indiscriminada del bosque nativo, había dejado una realidad social y económica difícil para muchas familias rurales. En este contexto el proyecto gubernamental buscaba generar las condiciones necesarias para que las familias santiagueñas pudieran arraigarse.
Para Ricardo, aquella primera experiencia profesional significó mucho más que el comienzo de su carrera. Fue también la oportunidad de conocer de cerca una realidad rural atravesada por la necesidad, el esfuerzo y el trabajo.
El monte y los hacheros.
Se proyectaron unas 10.000 hectáreas con el propósito de transformar tierras forestales de bosque nativo en zonas destinadas a cultivos extensivos bajo riego. Una de las primeras tareas fue el desmonte, utilizando topadoras y la mano de obra de los hacheros.
Las máquinas avanzaban primero arrancando lapachos, quebrachos y algarrobos para abrir las picadas que delimitarían las franjas de trabajo asignadas a los hacheros. A cada pareja se le otorgaba una superficie de aproximadamente dos hectáreas. Esa porción de monte recibía el nombre de “melga” o “lucha”.
Las hachadas eran consideradas un “trabajo de indios”, una expresión que dejaba al descubierto la desvalorización y explotación de quienes realizaban las tareas más duras y peor remuneradas. Para el joven ingeniero, aquel mundo era completamente desconocido.
El obraje tradicional estaba formado por campamentos habitados principalmente por hombres solos que, empujados por la necesidad, se internaban en el monte santiagueño y arriesgaban diariamente su vida para llevar a sus familias unos pocos pesos.
Ricardo recuerda que algunos hacheros eran oriundos de la zona, mientras que otros llegaban de distintas provincias, entre ellos salteños y jujeños. También había trabajadores provenientes de Bolivia. Vivían prácticamente a la intemperie, en viviendas muy precarias semienterradas llamadas “toldos”, que levantaban rápidamente con materiales que les proporcionaba la naturaleza: palos de madera y paja.
Cuando el sector asignado quedaba completamente desmontado, el toldo era abandonado y el campamento se trasladaba a otro parte del monte. Allí, una vez más, los hacheros elegían un lugar y levantaban un nuevo refugio.
Las carencias, el cansancio y las injusticias convertían aquel oficio en un trabajo cargado de penurias. Día tras día, al filo del hacha los hombres trozaban enormes árboles cuya edad podía superar uno o dos siglos. Pero, para los hacheros, aquellos árboles no eran simplemente madera. En su cosmovisión, aquellas moles vivientes representaban mucho más: eran parte de su vida, de su cultura y de su relación con la naturaleza.
Omar Lobos, en el libro de Teresa Pérez, “De las Hachadas”, expresa: La eterna simbiosis entre el hombre y el árbol, de un modo u otro en todas las culturas, en todas las cosmogonías, revela su paradoja más trágica: Matar para vivir.
Perfil de los hacheros.
Los llamaban “hijos del monte”. Eran hombres a los que les había tocado vivir bajo la lluvia, el sol, el frío y el calor, muchas veces por una razón tan simple como dolorosa: haber nacido en una familia de hacheros.
Hombres recios y de pocas palabras, vestían ropas y calzado gastados por el uso. Muchas veces ocultaban el rostro bajo sus gorras, como si el monte también hubiera dejado su huella en ellos.
Las jornadas de trabajo eran largas y transcurrían entre los árboles, soportando condiciones extremas. Durante el invierno, las temperaturas podían descender entre los 7 y los 10 grados bajo cero. En verano el calor alcanzaba los 50 grados y el monte santiagueño podía convertirse entonces en un verdadero infierno.
Ricardo recuerda haberlos escuchado decir: “Lo más triste de todo esto es que aquí no sabemos hacer otra cosa que hachar. Todos vivimos del monte, no hay otra cosa. Aquí es todo hacha que apenas alcanza para pucherear”.
La escritora Teresa Pérez, en su libro “De las Hachadas”, describe al hachero de su propia vivencia familiar: “Tenía una herida que reconocí de inmediato, por ser la misma cuya cicatriz había visto tantas veces en la mirada. Era la pena del monte, pena mala, cicatriz que no se borra y perdura indeleble en el alma y en el cuerpo del hachero y su gente. Tenía ya mucha muerte de caldén entre los ojos y demasiado dolor en la cintura”.
Tareas de hachero.
La jornada comenzaba antes de que clareara el día. En el toldo, sobre el piso de tierra, encendían el fogón para calentar el agua, escupir el primer amargo y, después del quinto verde, ponerse en marcha. Salían rumbo a la picada con la boca cerrada y el hacha afilada al hombro.
Ricardo era todavía muy joven frente a los capataces que vigilaban cada movimiento. Ellos mismos justificaban su actitud diciendo que había que estar “calzado”, es decir, armado, por las dudas.
Entre las tareas del hachero estaban el hachado, la clasificación y el apilado de la madera, que luego se destinaba a la producción de leña y carbón. Los troncos se apilaban hasta alcanzar un metro de altura, y esa medida recibía el nombre de “metro ruma”.
La tarea solo se interrumpía para comer lo que el monte pudiera ofrecer: un piche, una liebre o alguna paloma.
Después continuaban hasta que la oscuridad de la noche les impedía seguir trabajando. Entonces emprendían el regreso al toldo. Los mates amargos ayudaban a engañar el hambre. A veces, cuando ya no quedaba nada para comer, solo podían beber agua caliente, de tan lavada que estaba la yerba.
En las hachadas se trabajaba “al tanto”. El pago se realizaba de acuerdo con la cantidad de madera producida, tomando como referencia el metro lineal o el metro ruma. Según recuerda Ricardo, este sistema era uno de los principales motivos de conflicto entre los trabajadores y los patrones.
En general, recuerda a los hacheros como hombres de carácter tranquilo y sumiso, aunque esa conducta podía cambiar bajo los efectos del alcohol. Trabajaban de sol a sol, desmembrando enormes árboles al golpe de sus hachas.
En el obraje se decía que ser hachero era un oficio maldito. Existía la creencia de que la Pachamama se cobraba por la savia derramada y que quienes herían al monte quedarían para siempre perseguidos por sus fantasmas. Entre el golpe del hacha y el silencio del monte, aquella creencia parecía recordarles que cada árbol derribado tenía un precio.
Anécdota en las Hachadas.
Allí, en el monte, un episodio marcó un antes y un después en las hachadas. En aquel mundo quedaba expuesta la distancia entre el obrero de alpargatas y el ingeniero o capataz de botines altos y pantalón embolsado.
De pronto, durante la jornada, un griterío rompió la rutina y llamó la atención de todos. Ricardo y su capataz se acercaron y descubrieron que uno de los trabajadores había sido mordido por una víbora en la pierna derecha. Su compañero reaccionó inmediatamente. Sacó un cuchillo, desgarró el pantalón y le realizó cortes en la pantorrilla, para que el veneno no actuara. Entre varios le ataron la pierna con un trapo, improvisando varios torniquetes.
Conscientes de que una mordedura de víbora, podía significar la muerte, aquellos hombres confiaban en los preparados de algún curandero de la zona y rogaban a Dios para que la pócima obrara el milagro. La posibilidad de recibir atención médica ni siquiera parecía estar dentro de sus opciones.
Pero el joven ingeniero tomó otra decisión. Dio la orden de cargar al herido en la camioneta y trasladarlo a la capital. A partir de aquel momento, algo cambió entre los hombres de las hachadas. Los conflictos fueron desapareciendo porque habían comprendido que Ricardo no estaba allí para engañarlos ni perjudicarlos. El gesto abrió paso al respeto mutuo y transformó la relación cotidiana.
El ingeniero, hasta entonces serio y estricto, comenzó a ser visto de otra manera: más cercano, más humano. Ya no fue necesario que nadie llevara un arma.
Dos años después, en 1974, el tiempo de las hachadas llegó a su fin para Ricardo. Surgió entonces la posibilidad de trabajar en Colonia 25 de Mayo, en La Pampa, y emprendió un nuevo camino. Dejaba atrás el monte santiagueño, pero no las experiencias vividas ni los rostros de aquellos hombres. Las huellas de las hachadas quedarían para siempre en su memoria.
Fuentes:
- Carlos Quiroga. El hachero santiagueño. 2022.
- María Inés Poduje. “Viviendas tradicionales en la provincia de La Pampa”. 2000.
- Teresa Pérez. “De las Hachadas”. 2022.
- Pintura de Antonio Berni, “Los hacheros”. 1953.
* Docente, agrónoma y escritora
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