Jueves 18 de abril 2024

Los artistas que ofrecen alegría

Redacción 20/02/2024 - 08.30.hs

Son tiempos de crisis y se advierte en las calles. Menos autos transitando -si hasta se encuentra sitio para estacionar con cierta comodidad en el centro-, y escasa cantidad de vecinos que circulan por la zona bancaria y los comercios. Se advierte en la vida de todos los días que hay restricciones, que llevan al santarroseño a gastar de una manera mesurada -si es que puede-, porque todo está por las nubes. Y por eso hay como una tensa calma.

 

La ciudad ha cambiado su ritmo en estas horas -aunque podría ser que tenga que ver también con el período vacacional-, y aparece un poco más alejada de esa del ir y venir cotidiano de gente que compra o hace sus trámites.

 

No obstante aparecen -todo el tiempo- los artistas callejeros, esos que viven en su mundo de fantasía. Están los autóctonos, los que viven en algún barrio de la ciudad, pero también los que circunstacialmente pasan por aquí y hacen lo suyo.

 

Ya hemos reflejado algunos en estas páginas. El pibe del saxo que se para en la esquina frente a La Recova; las guitarras de los chicos “De paso tangazo”, e intérpretes de lujo que cada tanto se suman. Y también los que pasan por la ciudad y se quedan algunos días.

 

En esta semana que pasó hubo unos muchachos que -malabaristas eximios, verdaderos artistas de circo- hacían de las suyas en los semáforos. Y por estas horas apareció -frente a los cajeros del Banco Pampa-, en la calle 9 de Julio, un muchachito que guitarra en mano emprendía con melodías de rock nacional de los ‘70, ‘80 y ‘90; intercalando con otras de rock internacional. Sin eludir hacer “alguno que otro cover que va desde Elvis Presley y Frank Sinatra hasta Pink Floyd; y también me animo con algunas canciones propias”, según dijo.

 

Por La Pampa.

 

Se llama Pablo Ramón (34) y es de Cinco Saltos, Río Negro. “Viajo desde 2017 haciendo música por diferentes partes del país. En 2019-2020, con la cuarentena, tuve que tomarme una breve pausa, así que me quedé en Cipolletti cuatro años. Pero por suerte volvió la normalidad y retomé mi camino. Arranqué el año pasado, anduve por General Acha, pasé por Santa Rosa, Castex, y de ahí me volví para ir a la costa de Río Negro por San Antonio Oeste y Las Grutas”, sintetiza.

 

Pablo llegó ayer a Santa Rosa, y a las pocas horas ya estaba instalado con su guitarra y sus petates en el centro. “Estoy recién llegado de General Acha donde estuve un mes haciendo música. Allá quedó mi compañera Ayelén, que también hace música y baila en los semáforos, a veces hacemos trabajo en conjunto, a veces no. Tenemos diferentes tiempos y diferentes repertorios; y si bien ensayamos y estudiamos juntos, tenemos diferentes direcciones con la música”, aclara.

 

“En Acha la gente se prendía mucho, y ahora que llevo apenas unos minutos aquí puedo decir que dentro del todo bien… hay sonrisas, hay saludos, algún pesito que dejan al pasar. ¿En qué me muevo? Ahora a dedo; pero alguna vez lo hice en bicicleta como la vez anterior que anduve por aquí, y en otras oportunidades en auto. En la bici aquella vez hice de Cinco Saltos hasta Vicuña Mackenna. Pasé por acá y paré en el Parque Recreativo. Ahora ando con la carpa, una mochila y la guitarra. Un poco más liviano porque es verano”, expresa.

 

La calle.

 

El muchacho es simpático y conversador. Le gusta hablar de lo que hace y de la idea que lo mueve: “Es muy simple, trato de ser feliz y de darle con la música un poco de alegría a los demás. Sólo eso”, dice con una amplia sonrisa. “Soy feliz haciendo esto, por ahí si me invitan para tocar y cantar en algún lado voy, pero lo mío es el arte callejero. Me gusta la calle, me gusta cantar arriba de los colectivos, en los trenes como cuando estuve en Buenos Aires. Allá trabajé mucho en la línea de subterráneos; en Misiones bastante en los colectivos, sobre todo en los pueblos como Posadas y El Dorado, que tienen una línea de colectivo que te lleva y te trae”, rememora.

 

“¿Mi relación con la música? El mío era un hogar que me abrazaba con la música. Pero luego, cuando tenía 15 años, me puse de novio con una chica que tocaba la guitarra, y ahí empecé a tocar. Soy autodidacta, pero en 2008 y 2009 cursé materias en el Conservatorio de Música de Neuquén. Pero lo cierto es que no era mucho lo mío porque estaba más orientado a la docencia, y yo como docente no quería trabajar. Me gusta más ejecutar música”, afirma.

 

Después expresa que no sabe cuánto se quedará por aquí. “uede que una semana, dos… Seguramente voy a agarrar para el lado de General Pico, porque es el cumpleaños de mi mamá, Silvia Hurtado, que vive allí”, completa.

 

Sin horarios.

 

“Es como vos decís -le admite al cronista-, no tengo horarios ni patrones, y para hacer esta vida creo que tengo carretel para rato. No tengo una base, porque ando por ahí todo el tiempo. De todos modos los años anteriores, por la cuarentena, estuve anclado en Cipolletti, alquilando y haciendo una vida más sedentaria, pero por suerte ya pasó y el año pasado arranqué y me animé a volver otra vez. Antes había viajado por diferentes provincias de Argentina, alguna vez con la idea de llegar a Perú, pero ya desistí. Hoy por hoy prefiero andar por mi país, que me gusta mucho y tiene tanto para ver. Ah! Y me gusta muchísimo La Pampa”, señala.

 

“¿Si pienso en una vida convencional? Eso de tener un trabajo y cumplir horarios lo hice. Trabajé en fábricas de molinos, de bentonita y carbón; y también en aserraderos. Pero lo que me gusta es esto”, y refiere a su guitarra y esa vida nómade que lo lleva todo el tiempo por aquí y por allá. Sí, como un ser libre que así siente la vida…

 

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