El deporte pampeano merece su museo
Conocer lo sucedido sirve para entender el presente y construir el futuro. Esto sería, saber del pasado para advertir hacia dónde vamos. Miguel Díaz con su colección apunta a mantener viva la memoria.
MARIO VEGA
Uno ingresa a ese lugar más vale pequeño para lo valioso de su contenido, y es como entrar en el túnel del tiempo. Por allí unos guantes de boxeo que pertenecieron al gran Pascualito Pérez, nuestro primer campeón mundial; en otro rincón detalles que tienen que ver con la presencia en La Pampa del genio del fútbol, Diego Armando Maradona… un poco más allá otros objetos, más cercanos a nuestra idiosincracia: camisetas de prácticamente todos los clubes de por aquí; la pelota de gajos con la que All Boys disputó el último partido que lo consagraría campeón en 1963. Fotos, banderines, colecciones de El Gráfico, libros y otro tipo de publicaciones…
Museo del Deporte Pampeano.
El periodista Juan Carlos Carassay ha venido insistiendo conque se debiera crear el Museo del Deporte Pampeano, idea que comparto plenamente. Por ahora una aspiración que no ha encontrado la respuesta esperada.
Hay en nuestra provincia museos de distinto tipo, como el del Centro Municipal de Cultura, el Regional Maracó en General Pico, el Policial Alberto Dionisio Antonio; la Casa Museo Olga Orozco: el Teniente General Luis Maria Campos; el Legislativo… Pero no hay un Museo del Deporte. Al menos no hay uno oficial. Sí está el que tiene en su propia casa Omar Ángel Miguel Eduardo Díaz (66). ¿Cuatro nombres? Sí, aunque sea toda una curiosidad. Pero ya volveré sobre este personaje.
Rica historia.
Volviendo al tema que nos ocupa cabe decir que La Pampa tiene una rica historia en cuanto a lo deportivo. Se calcula que son más de 40 las actividades. Por supuesto que algunas tuvieron más repercusión a lo largo del tiempo, como sería el caso del fútbol y el boxeo; aún cuando hay muchas otras que innegablemente deben tener también un lugar de privilegio.
Por estos días la Subsecretaría de Deportes estaba haciendo un relevamiento acerca de cuántos pampeanos han sido campeones mundiales--, y el relevamiento arrojó que son varios en distintas disciplinas, de modo tal que queda claro que tenemos una rica historia deportiva. Esos campeones –y muchos otros talentos-- merecerían un lugar en la memoria colectiva, porque se lo ganaron.
Ocurre con mucha habitualidad que las brumas del tiempo van tornando difusos los recuerdos, y que la vorágine en que vivimos nos hace tener muy en cuenta lo inmediato, postergando momentos e historias memorables.
Dicen los que dicen saber que los museos se encargan de preservar el patrimonio cultural y natural, y son espacios que despiertan la curiosidad, la imaginación y la creatividad.
Miguel, el goleador.
Quedó dicho, hay algunas personas que se encargan de hurgar en el pasado trayéndonos historias fantásticas y a veces poco conocidas. O al menos
no tan difundidas. En eso están Juan Carlos Carassay, José Carlos Depetris, Miguel Díaz (aquel de los cuatro nombres) y Pedro Vigne, entre otros.
Es el caso de Omar Angel Miguel Eduardo Díaz. Simplemente Miguel Díaz para quienes lo conocemos desde que era un pibe, que no es otro que el goleador de aquel General Belgrano que en 1976 terminó con la hegemonía lugareña que ejercía el All Boys que había armado Ramón Turnes –fundamentalmente-- y otros directivos de la entidad de la calle Lagos.
La familia.
Nacido y criado en Santa Rosa, es hijo de Julio Manuel Díaz, antiguo taxista de la ciudad (conocido como “El Petiso”) y de Esther Guillermina Logioio (docente de la Escuela 233 Roger Ballet). Tuvo otros dos hermanos, Juan Carlos Gustavo Daniel (Gustavo, arquero de General Belgrano), y Julio Luis José María (fallecido con sólo 42 años).
Cuando chicos la familia vivía en González y Juan B. Justo, luego se trasladó a la calle Cervantes, hasta que se instaló en la calle Juncal 44 en Villa Alonso.
Miguel está casado con Susana Legarda y tienen seis hijos: Leandro, Fabricio, Anabella, Noelia, Luisina y Tomás.
Más allá del deporte trabajó 11 años en Vialidad Provincial, y desde 1989 en el Banco de La Pampa donde se jubiló recientemente.
El futbolista.
Obviamente la pelota fue el juguete de los hermanos Díaz, y Gustavo como arquero, y Miguel como delantero, iban a ser importantísimos en ese gran equipo de pibes –con alguno que otro mayor como Orfel Blanc, Litterini y Pitu Geringer-- que lograría el torneo Oficial para los tricolores después de 23 años de sequía (el último grito de campeón había sido en 1957).
Después los goles de Miguel atrajeron la atención de otros clubes, y pasó por Costa Brava (hizo la primera anotación de los piquenses en un Torneo Regional), Estudiantil de Castex, Quénuma, Atlético Santa Rosa y los seleccionados de la Liga Cultural. Los estadígrafos dicen que tiene 75 goles convertidos en el equipo de Villa Alonso, pero no están contabilizados los que consiguió en otros equipos, que fueron muchos, lo que hace suponer que superó largamente el centenar.
Aquel Belgrano campeón.
En su propia casa –en un espacio que le está quedando chico- Miguel Díaz tiene buena parte de nuestra historia deportiva, en una galería que hoy es privada. “Siempre junté las cosas que me pasaban otras personas, las que salían en el diario… Lo que no tengo es lo que se refiere a audio y video”, comienza.
Curiosamente no tiene casi recuerdos de aquella consagración de General Belgrano frente a All Boys. “Nosotros ganamos el torneo Apertura. Fueron dos partidos que los superamos primero 2 a 0 con tantos de Raúl Mansilla; y la vuelta fue 3 a 2, con goles de Horacio Rosales y el tercero mío. Ellos eran un equipazo pero con jugadores más grandes... y nosotros teníamos varios buenos pero además corríamos muchísimo”, recuerda.
Belgrano y el Regional.
“Como All Boys ganó el Clausura tuvimos que jugarles para clasificar al Regional y ellos nos superaron con un gol de Marcelo Urtiaga”, precisa.
Miguel tiene claro que Ramón Turnes “manejaba” muchos aspectos que tenían que ver con lo directivo en nuestro fútbol. “Nos hicieron jugar ese partido el 5 de enero de 1977, como para que hubiera tiempo que pudiera volver Marcelo Urtiaga, que iba a ser nuestro verdugo porque hizo el gol de la clasificación de All Boys”, rememora.
Belgrano sí iba a clasificar al Regional en 1978. “Le ganamos a All Boys por penales en el Mateo Calderón, y le cortamos la racha de 11 participaciones consecutivas”, sigue. Reconoce que los tricolores tuvieron “un Regional pobre. Era un equipo joven con dos o tres jugadores más grandes y perdimos con Independiente de Neuquén que tenía un plantel muy bien armado, con jugadores profesionales”, completa.
Con los pibes.
Ya dejando el fútbol activo, Miguel Díaz se dedicó a enseñarles a chicos. Trabajó en Belgrano en 1980; luego en Atlético Santa Rosa con Rodolfo Talamonti y Raúl Mansilla; también en Deportivo Penales, y más tarde tuvo su propio emprendimiento con Deportivo Caldén.
Lo que no muchos saben es que consiguió en esa tarea logros increíbles, porque no era fácil entonces –obviamente tampoco lo es hoy-- viajar varias veces a Europa, a distintos países.
Eran delegaciones de pibes que no se daban cuenta en ese momento que pisaban lugares históricos. Me pregunto, ¿cuántos pampeanos habrán estado en el estadio de Gotemburgo donde el fantástico Edson Arantes Do Nascimento, Pelé, en 1958, iba a marcar su primer gol en un mundial? La historia misma del fútbol estaba allí, y esos pibes se enterarían mucho después del valor de aquella gira estupenda..
Cuatro veces a Europa.
Gustavo Díaz, acompañado por Juan “Canguro” Casullo, y también por “El Negro” Ismael Cardoso, viajó en cuatro oportunidades con delegaciones de chicos a Europa: en 1999 a Suecia; en el 2000 a España (Países Vascos y Valencia), y enfrentaron al Barcelona y al Alavés; el mismo año viajaron a Madrid y Milán; y en 2001 a Islas Canarias a jugar allí un torneo. Casi podría decirse una hazaña de la que se deben acordar muchachos como Julio Furch, Marcelo Barreña de Ingeniero Luiggi (jugaría luego en Nueva Chicago y Crucero del Norte). Y muchos otros que pasaron del otro lado del Atlántico días maravillosos.
El Museo.
“¿Lo del Museo? Tenía varias cosas guardadas y un día empecé a colocarlas en las paredes, y a armarlo en mi casa. Fueron muchos objetos que iba teniendo… fotos con Pascual Pérez, con Ringo Bonavena, y otros púgiles, porque también me gusta mucho el boxeo. ¿Sabés por qué? Porque mi abuela paterna vivía pegado a Fortín Roca, y mi tío Oscar que era el carpintero nos metía a ver los festivales”.
Cuando uno visita a Miguel en ese reducto que remueve hermosas anécdotas que son pasado, él actúa como cicerone para mostrar las camisetas firmadas por Diego Maradona, los guantes de boxeo que sólo 3 minutos usó Juan Carlos Maldonado (ex jugador de sóftbol, tenis, tenis de mesa, y que ahora anda por allí en patines). “Cobró tanto que nunca más los usó…”, se ríe Miguel Díaz.
Quien visita el Museo se quedará fascinado recorriendo ese lugar que trae a la mente sucesos que alguna vez fueron noticia, y que quedaron para siempre en la memoria colectiva.
Ver para creer.
Hay de todo allí, como trofeos de Pelota al Cesto, algunos entregados por Makela Faraldo de cuando se consagraron campeonas argentinas; recuerdos de la pionera increíble que ha sido Zoraida Parada… Un sobrecito muy especial que contiene tierra de Malvinas que trajo Patricia Ferretti, cuando fue a correr en las islas irredentas. Camisetas de todos los colores de nuestro fútbol (aunque no está la de Sarmiento, pero seguro al leer esto alguien le llevará alguna), medallas, banderines, revistas, recortes de diarios… Verdaderas reliquias de nuestro querido deporte lugareño.
Y no sólo eso, porque hasta se ve apoyada en una pared una bicicleta del año ‘32, que pertenecía al primer director de la Escuela Roger Ballet, donde la mamá de Miguel era vicedirectora.
Un homenaje.
Omar Eduardo Miguel Eduardo Díaz –hoy jubilado-- pasa muchas horas de sus días en ese espacio que es una invitación a la evocación, a la nostalgia, a rememorar momentos inolvidables. Tanto para quienes fueron protagonistas directos como para los que estuvieron como espectadores. Porque entre esas cuatro paredes está buena parte de nuestra historia deportiva.
Es un material que no tiene precio… o en todo caso sí, cuenta con el valor de aquellas cosas que tienen que ver, en este caso, con momentos de gloria deportiva. Esa que se persigue y se consigue con esfuerzo, talento y agallas. El Museo es, al cabo, un pequeño homenaje que Miguel Díaz le hace a quienes fueron emblemas de nuestro deporte y supieron dejar una huella que debe ser indeleble.
Un emprendimiento hermoso y que bien vale la pena que sea apoyado. Sin ninguna duda.
Una idea para debatir
Cuando se le comenta a Miguel Díaz que su museo debiera tener mayor espacio, y quizás una mayor difusión para que más gente la conozca, se ve dispuesto pero –me parece-- algo receloso. “Porque los objetos que están aquí me los dejan personas que un día me pueden pedir que se las devuelva… No son mías”, señala.
En un momento de la charla le digo que con todo el valor que tiene lo que hace, el Museo necesitaría más método, porque se me ocurre que si él no está no hay manera de visitarlo. Porque no cualquiera sabe qué es cada cosa, y dónde están ubicadas en esa galería.
Entiendo que un Museo tiene que tener método para clasificar y codificar lo que se muestra, y en este caso si no está Miguel Díaz nadie lo puede hacer.
Le pregunto si no hubo contacto con autoridades para interesarlos en el tema, y contesta que sólo alguna charla con el subsecretario de Deportes, Ceferino Almudévar. ¿No es momento de que el Museo Miguel Díaz sea oficial? Es por lo menos para ir pensándolo.
Miguel y Maradona.
Es bastante conocido el papel que tuvo Miguel cuando Diego Maradona vino a La Pampa para entrenarse en un campo cercano a Santa Rosa. “Lo ví en 1978 cuando yo estaba haciendo la colimba (estuvo tres años porque fue justo con el conflicto con el Beagle, entre otras cosas), pero después nunca más. Hasta que vino a La Pampa y por intermedio de Fernando Signorini y de Omar Lastiri pude compartir muchos momentos: fue hermoso, jugar al fútbol, almorzar y cenar con Diego. Pasar mucho tiempo charlando sentados en el piso…”, casi se emociona al recordar.
En esa búsqueda que emprendió hace años, conoció boxeadores como Abel Celestino Bailone, Falucho Laciar, y Ringo Bonavena entre otros. Y claro, también muchos jugadores de fútbol: “Anoche estuve hablando con Héctor Enrique, y cada tanto tengo contactos con otros. Y ni hablar de los de aquí, que vienen a recordar su propia historia”.
En el final agradece “a la gente que colaboró con estos trofeos… Algunos los tenían tapados, y la verdad es que se deben mostrar y que reluzcan, porque son verdaderas reliquias de nuestro deporte”, agrega
¿Cambio de sede?
El Museo que tiene el ex futbolista de Belgrano está en un sector de su propia vivienda, en Pío XII y Brasil. Es una exposición que está en un sitio un poco acotado, y que podría trasladarse a pocos metros de donde está hoy.
Es Miguel el que cuenta que “hace poco quedó libre la casa que era de mi madre, que está muy cerca, en Pío XII 530, entre Bolivia y Brasil. Ahí podría disponer de más espacio, y si alguien tiene una propuesta para que esto sea cada vez más lindo podemos charlarlo”, sostuvo.
¿Así cómo se hizo con la Casa Museo Morisoli Monges hace poco, no se podría pensar en algo parecido para nuestro deporte lugareño? Hubo muchos atletas destacados en las más diversas disciplinas, con logros que alguna vez nos enorgullecieron. Entonces, ¿por qué no?
(M.V.)
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