¿Querés recibir notificaciones de alertas?

Las notificaciones están desactivadas

Para activar las notificaciones:

El guardián de la puerta auriazul

Redacción 02/08/2026 - 00.17.hs

¿Cada persona es un personaje en sí mismo? Así parece ser. Lo vemos en quienes se muestran de una manera original; pero a veces nos los encontramos, impensadamente, con los que lo son casi en silencio.

 

MARIO VEGA

 

En cada domingo pampeano, cuando el sol acaricia las tribunas del Ramón Turnes y el murmullo de la hinchada se convierte en canto, hay un hombre que abre la puerta que conduce al verde césped como quien abre un ritual. Daniel Humberto Sánchez (63) –dice ser “el portero oficial de los periodistas”--, es más que un custodio: es el anfitrión de una ceremonia popular, el rostro amable que recibe a quienes vienen a contar la historia de All Boys.

 

La familia.

 

Nacido en Santa Rosa es hijo de una familia donde los fierros fueron pasión, que él también amante del fútbol no pudo, ni quiso, gambetear. Daniel es padre de Alexis y Macarena, que a su vez le dieron sus nietos: Amador y Benicio respectivamente. Pero, además, Daniel no quiere dejar de mencionar a dos pequeñas que considera sus nietas del corazón: Brunella y Faustina. Y un poco se emociona cuando las nombra. “Porque las vi nacer”, agrega.

 

Su madre se llamaba Alicia, que era hija de otro popular personaje de la Santa Rosa de otro tiempo, Salvatore Del Pópolo, uno de los primeros peluqueros de la ciudad, que tenía su local en Avellaneda a pocos metros de la estación de trenes. También su única hermana se llama Alicia (a ella le gusta que la llamen por su segundo nombre, Marcela; pero le dicen “La Rusa”) y hoy vive en Ushuaia.

 

Los Sánchez, línea a Pico.

 

Los santarroseños más grandes podemos recordar que antes que la Dumas se hiciera cargo de distintos servicios en la provincia, había otras empresas locales que realizaban distintas líneas. Ya hemos mencionado recientemente “La Reforma” de Cutín Pérez que hacía la travesía Santa Rosa-Colonia 25 de Mayo; y “El Rápido” que viajaba a Telén una vez por semana.

 

Había un colectivo que hacía el trayecto entre la capital provincial y General Pico, y los propietarios (y también choferes) eran los hermanos Sánchez –seis en total, y entre ellos Humberto Oscar, padre de Daniel—dueños de la empresa “Ciudad de Santa Rosa”. Estuvieron muchos años al frente de esa línea tan importante, hasta que dejaron de prestar el servicio.

 

Daniel, el gastronómico.

 

Con posterioridad “los” Sánchez –que nunca le escaparon al trabajo y al esfuerzo-- tuvieron una suerte de supermercado en calle Lisandro de la Torre, bien frente a la Escuela nº 1, y allí también anduvo Daniel colaborando en lo que podía.

 

Pero como al hombre le gusta mucho cocinar –entre otras cosas-- se empleó para hacerlo en un par de restoranes de la ciudad; y más tarde fue propietario de una casa de comidas, emprendimiento que ha quedado bastante atrás. No obstante Daniel hoy mismo sigue en el rubro y se dedica a hacer viandas por encargo, y también está presto a ser contratado cuando se trata de preparar buenos asados en fiestas o encuentros familiares. “Es algo que también me gusta mucho…”, sostiene con esa sonrisa que permanentemente exhibe.

 

Pasión por los fierros.

 

Pero, fierreros como eran todos en su familia, el taller que tuvieron un tiempo en calle San Juan era el centro de su fanatismo. “Allí trabajé haciendo amortiguadores para autos y motos. Yo había hecho la Escuela Industrial y me gustaba todo eso, así que siempre estuve metido con autos y motores. Y encima mi padre había corrido en Limitada 27 con motor Ford T, y también en la Fórmula 4 Pampeana, y enseguida me enseñó a manejar. Me decía ‘vení… sentate y aprendé’. Ahí empezó mi locura por eso”.

 

Obviamente esa pasión iba a desencadenar en que tiempo más tarde –muy joven aún-- se convirtiera en copiloto de Pirincho De La Mata, con quien disputaron buena cantidad de carreras. Por supuesto esa participación le hizo conocer y codearse impensadamente con nenes como Luis Rubén Di Palma, “El Flaco” Traverso, Emilio Satriano, Roberto Mouras y todos los grandes de ese tiempo. “Bah! Andábamos ahí, los veíamos, los saludábamos… no es que éramos amigos”, admite.

 

“Se corría en circuitos semipermanentes, y en todo el país. Nosotros por una cuestión de presupuesto íbamos donde podíamos. Así que no siempre estábamos presentes”, aclara.

 

Una enseñanza.

 

Disfrutó y mucho esa etapa: “Pirincho no era de ir a agasajos y esas cosas, así que me daba el carné de piloto y yo andaba con eso para todos lados. ¡Sí, andaba como si fuera piloto! Y… la verdad, era un privilegio y la pasábamos muy bien”, se ríe.

 

Se recuerda cuando joven como “un poco loquito… me gustaba tanto la velocidad que una vez que íbamos corriendo, como Pirincho no aceleraba para pasar a otro auto que teníamos a mano le pegué un trompis en el casco…”. ¿Y qué pasó? “Él era un señor… me miró nada más y siguió manejando. Cuando bajamos me apartó y me puso los puntos: ‘Mirá Daniel… yo te quiero mucho, pero si volvés a hacer eso es la última vez que te subís conmigo… Yo no corro para ganar, lo hago para divertirme. Así que si te gusta de esta manera venís conmigo, y sino te quedás abajo’. Me dio una lección que no olvidé nunca. No se enojó ni nada… sólo me enseño”, rememora.

 

¿Y la Fórmula 1?

 

Fanático del automovilismo y “sobre todo de Carlos Reutemann”, trataba de no perderse competencia por tevé. “Pero nunca había estado en una de Fórmula 1 personalmente, así que hace unos meses cuando Franco Colapinto debutó en Brasil reventé unos dólares que tenía, arreglé con una agencia y me fui… ¡fue fantástico porque corrían bajo la lluvia! Lo único es que los motores de los autos ya no rugen, como son todos con computadoras… es como un silbido o algo parecido el ruido que hacen”, dice con nostalgia, como si el silencio le robara parte de la magia. Pero aún así, sigue mirando, sigue acompañando, sigue soñando.

 

“Querés creer que me peleé con unos brasileños y casi me cagan a trompadas. ¿Si soy agresivo? Nada que ver. Pero nos cargaban, les contesté y se nos venían. Al lado mío había dos pibitos argentinos que me dijeron ‘viejito quedate tranquilo que nos matan’... Al final zafamos, pero nos tenían mal… Pero salvo eso fue todo hermoso”, se regocija.

 

Fana de All Boys.

 

Y sí, su vida se ha movido entre dos pasiones: el fútbol y los fierros. “Jugaba a la pelota… pero no me gustaba entrenar, aunque igual siempre fui fanático de All Boys, y hasta formé ‘El 12 alboyense’ con la hinchada. Hace poco le regalé una bandera de ese grupo a la dirigencia para el museo del club”, expresa.

 

Desde los cuatro años concurre a la cancha –hoy estadio Ramón Turnes--, y casi confiesa que hoy no es socio… “No digas nada de eso”, pide (perdón Daniel). Y sigue: “En realidad no sé por qué. Estuve en alguna comisión directiva cuando ‘Chimbo’ Moslares fue presidente, y los conozco a todos. Traté con Ramón Turnes, ‘Coco’ Maraschio, ‘Copete’ Di Nápoli, ‘Titi’ Marinelli. Y colaboré con todos, como lo hago ahora. Donde me llaman voy… pero igual que no me hagan laburar mucho”, se ríe al decirlo. Lo cierto es que su pertenencia no está en duda, ni necesita carnet porque la lleva escrita en la piel.

 

Llavero en mano.

 

En el estadio Daniel es más que un portero del ingreso a la cancha: es un símbolo. Representa la fidelidad silenciosa, la pasión que no se apaga, la ternura de quien cuida sin pedir nada a cambio. Cada domingo estará del lado de adentro de la cancha, pegado al verde césped, llavero en mano para habilitar el ingreso de periodistas y fotógrafos… siempre con una sonrisa, saludando con cordialidad a unos y otros.

 

Porque en cada puerta que abre, en cada sonrisa que ofrece, en cada historia que cuenta, Daniel nos enseña que la verdadera grandeza no está en los títulos ni en las hazañas, sino en la humanidad que se comparte. Y así, como un poema sencillo, su figura se queda en la memoria: es el guardián de la puerta auriazul, el hombre que hace de cada domingo una celebración.

 

“Voy al club desde que tenía 4 años… mi padre, y también sus hermanos, eran fanáticos, así que éramos de seguirlo en todas las canchas. Hemos viajado en los regionales a Mendoza, San Juan, Neuquén... donde jugara. No es que fui a All Boys por Alexis” (su hijo fue hace algunas temporadas un muy buen jugador del auriazul hasta que una temprana lesión lo alejó de las canchas), agrega.

 

Su propio museo.

 

Fanático de Carlos Reutemann, guarda en su casa un pequeño museo de autos en miniatura, y como reliquia mayor está en el taller de un amigo la “Limitada 27”, la máquina que alguna vez manejó su padre. Ese auto es más que un objeto: es historia viva, es herencia, es un puente entre generaciones.

 

El departamento que ocupa tiene objetos en vitrinas y estantes, y se puede decir que ese espacio es guardián de la memoria: si se mira en derredor se ven fotos con personajes del automovilismo y colecciones de autos en miniatura, donde están todos los de Fórmula 1, y de otras diversas categorías.

 

Se apresura a mostrar también un réplica del casco “de Reutemann”, y una cantidad de pequeñas “catangas”, como el símil de la que de su padre manejaba en las carreras con el número 36 pintado sobre el capot… “Son más de 500 y sí, tengo ese berretín. Me gusta y siempre compro alguno”, completa.

 

El guardián de la puerta.

 

Daniel Sánchez es, sin dudas, un personaje de domingo: un hombre que nos recuerda que el fútbol y el automovilismo no son sólo deportes, sino territorios del alma.

 

Porque cada vez que abre el portón en la cancha de All Boys para dejar pasar periodistas y fotógrafos, en cada sonrisa que ofrece, en cada historia que cuenta, Daniel nos enseña que la verdadera grandeza no está en los títulos ni en las hazañas, sino en la humanidad que se comparte.

 

Y sí, se puede decir que con su sencillez, con su bonhomía, su figura se queda en la memoria: el guardián de la puerta auriazul, el hombre que hace de cada domingo una celebración. Y siempre con una sonrisa de bienvenida para cada uno al que le abre ese portón hacia el verde césped del Ramón Turnes.

 

Siempre la misma pasión.

 

Sánchez es un hombre sencillo, llano, de esos que no buscan ser el personaje principal de una situación, pero terminan siendo protagonistas por su sola manera de estar. Hay que hurgar para saber qué tantas cosas hizo, porque no es de andar contándolas por allí: fue acompañante en Turismo Carretera junto a Pirincho De la Mata, trabajó como cocinero en restaurantes, fabricó amortiguadores para autos y motos de carrera. Y en cada historia, late la misma pasión: el ruido de los motores, el olor a nafta, la vibración de la velocidad. Y por si faltara algo, el grito de gol que le hincha las venas…

 

“Pensaron que me moría”.

 

Hay gente que no necesita títulos ni cargos para decir presente. Es el caso de Daniel Sánchez, quien ni se acuerda si es socio o no de All Boys, aunque va al club desde que tenía cuatro años. “Pero no interesa, me ocupo de lo que me digan… alguna vez estuve en la comisión cuando el presidente era ‘Chimbo’ Moslares. En ese tiempo en los viajes me encargaban manejar el dinero y que estuviera atento a lo que precisaran los jugadores, pagar los hoteles… porque era de confianza y amigo del presidente. Ahora soy colaborador y cuando me necesitan estoy donde sea”, explica.

 

El infarto que no fue.

 

Este hombre de cabello plateado que los espectadores pueden ver desde la platea del Ramón Turnes –inconfundible--, que abre y cierra el portón de acceso a la cancha, no tiene ninguna intención de ser protagonista. Y sin embargo lo fue el domingo 31 de mayo, el día que el auriazul recibía a Campos de General Acha.

 

Mientras se jugaba, de pronto, un suceso inesperado hizo que el partido se interrumpiera varios minutos. El médico de All Boys (y vicepresidente) Nicolás Altolaguirre asistió a Daniel Sánchez quien sufría una descompensación.

 

“Estaba charlando con una de las policías que cumplía funciones dentro de la cancha cuando de pronto sentí que me iba… Después me contaron que ella alcanzó a agarrarme, la ayudaron y evitaron que cayera redondo”, cuenta.

 

La angustia invadió a los que asistían a la escena. Daniel recibió la primera atención de Altolaguirre y luego fue trasladado al hospital Favaloro. “Me hicieron todos los estudios y no saltó nada… No sé, habrá sido estrés, nervios… Ese día por suerte no había ido mi nieto Benicio que siempre me acompaña. Era su cumpleaños pero ni comí al mediodía para ir a la cancha”.

 

Tres horas antes.

 

Daniel expresa que “me gusta ir temprano… ya pasado el mediodía me voy acercando. Voy 3 o 4 horas antes esperando que llegue alguien a abrir… entonces entro y me quedo sentado en el banco de suplentes. Y bueno… cada uno es como es”, y se ríe con ganas.

 

Y repite: “No sé si soy socio… lo que sé es colaboré con todas las comisiones, así que a esta altura tendría que ser socio vitalicio”.

 

Su historia en imágenes.

 

Piloto.

 

Con el casco puesto, Daniel Sánchez fue piloto acompañante de Pirincho De La Mata en el Turismo Carretera. Allí pasó muchas jornadas compartiendo con los grandes de ese tiempo. Su padre corrió en Limitada 27 y la Fórmula 4 Pampeana.

 

Pasión auriazul.

 

Los colores que aprendió a querer desde que era un chiquito. Daniel sigue firme colaborando con el Club All Boys, allí donde lo convoquen para ayudar. Incluso alguna vez integró la comisión directiva.

 

Coleccionista.

 

En su departamento rodeado de objetos y símbolos que colecciona desde hace mucho tiempo. Autos en miniatura, una réplica del auto que corría su padre Humberto, y también del casco de su admirado Carlos Reutemann.

 

'
'