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El malabarista de los semáforos

Redaccion Avances 14/07/2026 - 10.35.hs

Entre el ronroneo de los motores de los autos y motos, el apuro cotidiano de la gente, el joven transforma esa esquina y ese asfalto en un escenario efímero. Sí, su actuación a contrarreloj durará exactamente 60 segundos.

Es para los conductores el momento de tedio, de revisar el celular (¿o ustedes no lo hacen?), o mirar impacientes la hora. Para Kevin Urquiza (32) en cambio es el inicio de la función. Con una pelota, un paraguas con un largo mango que coloca sobre su nariz, y tres clavas que vuelan por el aire –todo al mismo tiempo-- brinda un espectáculo de extraordinaria destreza.

 

Arte callejero.

 

El arte callejero en los semáforos es una realidad cotidiana, pero detrás de cada presentación de pocos segundos hay historias de vida, esfuerzo y viajes. Como la de Kevin, cuyo camino con los malabares comenzó en las calles de su infancia en el barrio Butaló II.

La escena se repite cada pocos minutos. Cuando el semáforo de la esquina de Villegas y Uruguay se pone en rojo, empieza la cuenta regresiva implacable: 60 segundos. Kevin da un paso firme sobre la senda peatonal, saluda con una reverencia y una sonrisa, y trata de optimizar el tiempo: durante los próximos 45 segundos la pelota girará en sus dedos hábiles, y las clavas dibujarán parábolas perfectas en el aire, mientras el artista logra el difícil equilibrio de ese paraguas … hasta que los bastones vuelven a sus manos. Justo antes de que el semáforo vuelva a cambiar. Un saludo rápido, una pasada veloz entre las ventanillas y la vuelta al cordón de la vereda.

 

No cualquiera.

 

El arte del semáforo exige una técnica depurada, y no cualquiera puede pararse frente a una fila de autos y captar su atención. Dicen los que dicen saber que se requiere velocidad mental, y que hay una regla inexorable: la de los 5 segundos. Es el tiempo que tiene el artista callejero para captar la atención del conductor antes de que desvíe la mirada.

Y tendrá que tener además la perspicacia para identificar qué conductor está dispuesto a colaborar y quién prefiere mantener la ventanilla cerrada. Eso sí, el show debe terminar al menos 10 segundos antes de que el semáforo cambie a verde para garantizar la seguridad propia y la de los automovilistas.

 

Color y destreza.

 

¿La recaudación? Es incierta… habrá días buenos, cuando la gente colabora de buena manera, y otros donde la indiferencia y los  bocinazos son la respuesta más frecuente.
Es verdad que algunos automovilistas ven en los artistas callejeros una molestia o un riesgo para el tránsito, pero otros rescatan la gracia de irrumpir la monotonía gris de la ciudad con un poco de color y destreza.
La mayoría de esos  jóvenes son autodidactas que dedican hasta cuatro horas diarias a entrenar para pulir trucos que luego duran apenas unos segundos en el asfalto. Lejos de la mirada prejuiciosa que los asocia con la marginalidad, muchos de ellos lo eligen como un símbolo de que van por la vida libres y sin pudores. “¿Si elegimos ser un poco hippies? Sí, puede ser”, admite Kevin abandonando por un instante el “escenario”.

 

Del Barrio Butaló

 

Kevin vivió en el Butaló II hasta los 15 años. Fue allí, siendo un chico, donde se encendió su chispa por los malabares, inspirado por jóvenes más grandes que ya dominaban el arte comenzó a practicar simplemente porque le gustaba.

A la par de su pasión callejera, Kevin completó sus estudios. Escuela primaria y secundaria en el Colegio Normal y posteriormente hizo estudios terciarios. Hoy, a sus 32 años, cuando anda por la ciudad sigue cruzándose de vez en cuando con algunos ex compañeros. Cuando se le habla de su habilidad, expresa que no es sólo un don natural, sino que –asegura-- la clave es la constancia: entrenamiento y práctica todo el tiempo.

 

La escuela de la calle.

 

Lo que empezó como un pasatiempo en Santa Rosa se convirtió en su pasaporte para recorrer el mundo. Estuvo varios años en Chile entrenando diariamente de forma autodidacta y compartiendo experiencias con personas de escuelas de circo. Esa intensa rutina y el intercambio con otros artistas pulieron su técnica notablemente.

“Cuando vivía en Santa Rosa jugué un poco al fútbol en All Boys. Era defensor y sacaba todo, y si  había que pegarle fuerte y para arriba no había problemas”, cuenta como dando a entender que allí no lucía por su destreza.

 

Vida nómada.

Kevin dice conocer “las 23 provincias del país… y también estuve en Brasil, Paraguay, y Perú. Ahora estoy de vacaciones y más adelante me iré para la costa donde está mi compañera Sofía, que es artesana. Yo también hago artesanía con hilo, alambre, cuero… me gusta esta vida nómada”.

Admite que a su mamá –“Se llama Adriana Ortiz y trabaja en el Hospital”, dice-- le gustaría que se venga a vivir a Santa Rosa, pero esa no es una idea que hoy ronde en su cabeza. “Voy a hacer esto hasta que el cuerpo me de, porque hay que estar bien físicamente… y después, aunque falta mucho todavía, se verá como seguimos”, dice con una amplia sonrisa.

La bohemia de los malabaristas en los semáforos es un fenómeno urbano fascinante. Es una mezcla de arte callejero, resistencia social y un estilo de vida nómada que transforma la espera fastidiosa del tráfico en un escenario efímero.

Kevin sonríe y vuelve al “escenario de asfalto” que lo espera… Es la vida que eligió y no la cambia por nada.

 

 

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