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Gastón Gómez, habitante de dos mundos

Redacción 08/11/2026 - 00.07.hs

Un día no se lo vio con tanta frecuencia por los pasillos de tribunales. Y sorprendió saber que se había marchado a Cambrils, a orillas del Mediterráneo, desde donde de manera virtual sigue litigando.

 

MARIO VEGA

 

Durante más de un siglo, la literatura, la música popular y el sentido común dieron lugar en nuestras mentes a imaginar una figura determinada del emigrante. Era ese que armaba las valijas y cruzaba el océano, ya fuera desde la Europa arrasada por la guerra, en aquellos barcos de tercera clase atestados de gente que buscaban América; o al revés, en los aviones del exilio económico de las sucesivas crisis argentinas.

 

Eran esas travesías que sellaban un pacto no escrito de ruptura. Sí, emigrar era un verbo muy fuerte. Significaba arrancar las raíces y partir, mientras se rumiaba la melancolía en silencio, poniendo la voluntad que se pudiera frente a un horizonte extraño. Era el momento cuando la distancia se asemejaba a una muralla inexpugnable, una condena geográfica que medía los afectos en meses a la espera de una carta de papel, o en llamadas telefónicas internacionales que se demoraban horas para conseguirlas –incluso días-- se pagaban a precio de oro y duraban apenas los minutos exactos de una conexión nunca muy segura.

 

Todo cambia.

 

Sin embargo, el siglo XXI y sus transformaciones tecnológicas y culturales empezaron con una dinámica inédita del arraigo y del desplazamiento. Hoy las fronteras y los mapas se han desdibujado y las distancias ya no se miden en kilómetros insuperables ni en nostalgias paralizantes, sino en la capacidad de tejer puentes donde antes sólo había abismos. Ya no existe una única manera de irse, como tampoco hay una sola forma de quedarse.

 

La historia de Gastón Gómez —"El Negro", como le gusta que lo llamen-- es acaso el reflejo más cabal y fascinante de este novedoso modo de transcurrir la existencia. Una filosofía vital donde el hogar de origen no se reemplaza por uno nuevo, no se abandona ni se sepulta bajo el luto del olvido, sino que sencillamente se extiende, se multiplica y se proyecta al otro lado del planeta.

 

Nacido en O’Brien.

 

Para entender la naturalidad con la que Gastón habita hoy el mundo, conviene repasar su itinerario personal. No es un hombre atado a la inmovilidad. Nacido en la pequeña O’ Brien, partido de Bragado, su vida estuvo marcada desde joven por el movimiento y la búsqueda de nuevos rumbos. Creció en la cercana ciudad de Junín –se hizo hincha del Sarmiento de esa ciudad porque vivía a tres cuadras de la cancha--; pero cuando se jugaba el mundial ‘78 la familia se trasladó por algunos meses primero a Santa Rosa y después se afincó en Toay.

 

“Hice el último año de primaria en la Escuela 62, y luego viajando a dedo y en colectivo a Santa Rosa cursé en el Colegio Nacional. Por ese tiempo jugué al fútbol en Belgrano y tuve un par de ‘nenes’ de compañeros: El ‘Colo’ Mac Allister y Daniel Martínez, el médico de la Selección Argentina (y muestra una foto de aquel equipo). Incluso, a los 17 jugué algún partido en la primera de Belgrano antes de ir a estudiar a Córdoba”, agrega.

 

Estudios y fútbol.

 

Cuenta sobre su vida en Toay. “Me juntaba con Nacho Tauber, el Cabezón Bassi, Jaime García, los Zelarrayán, Losada, Guardia, Azcárate, Ramírez, Antocci y fui vecino de Liliana y Ariel Rojas (el intendente), que es más chico que yo. En la secundaria andábamos con Carlos Navarro, Lorenzo Cornejo, el doctor Díaz y tantos otros…”.

 

Cuando estudiaba en Córdoba –aquí no había aún Abogacía-- lo hizo en la Católica porque había paros en la Nacional y no quería perder el tiempo. “Me recibí a los 22 y me instalé en La Pampa… vino el fútbol con Abogados A y nació después La Barranca, donde hicieron mucho por su inicio Tito Rodríguez Kessy, Carlos Kindweiler, los hermanos Sánchez, Julio Jamad, Fede López Lavoine, ‘Lagarto’ Rosales, Tato Moslares…”, y se queda como pensando en algún nombre que tal vez se le escapa. Enseguida menciona por apodos a otro montón de amigos del fútbol.

 

En lo profesional trabajó con Tito Rodríguez Kessy, “y ahora estoy con Romina Antocci… ya hace 36 años que ejerzo ¡Y todavía me faltan 6 años para la jubilación!”, dice sonriente.

 

“No fue un arrebato”.

 

Al concluir abogacía echó anclas en Santa Rosa y encontró aquí un territorio propio donde afianzarse. Construyó su identidad profesional, formó familia y tejió amistades entrañables en el fuero judicial y en las canchas de fútbol amateur.

 

La Pampa fue su lugar en el mundo durante décadas. Aquí echó raíces profundas, pero sin embargo cuando la madurez parecía invitar a la estabilidad sedentaria, una serie de hilos familiares afianzados en Europa comenzaron a tirar con fuerza silenciosa.

 

"La mudanza a España no fue un arrebato de medianoche ni el resultado de un enojo con la Argentina", suele aclarar El Negro cuando se le pregunta por los motivos que lo llevaron a cruzar el Atlántico. En la Costa Dorada catalana, sus dos hermanos llevaban ya más de dos décadas afincados, habiendo construido allí sus propias vidas y trayectorias. Esa presencia extendida actuaba como una atracción indudable que, tarde o temprano, le iba a plantear el horizonte de un reencuentro más duradero.

 

La decisión de marchar.

 

Gastón cuenta sobre su familia, de sus padres comerciantes, sus hermanos, su compañera, sus hijos… “Papá (Rodolfo Eduardo) falleció a los 84 años en 2015, y mamá (Marta Elena Remole) hoy vive en Cambrils, y por supuesto hace todo por sus hijos. Mis hermanos gemelos hace 20 años viven en Cambrils: Sandro (kinesiólogo); y Alejandro (trabaja en Prosegur) con su esposa Claudia Guenchual (de Toay). Su hija es Thais, de 19 años, nacida en España… ¡Y no sabés! Mi sobrina es campeona mundial de patín artístico”, dice con sincero orgullo.

 

Pero, además, allá viven también sus suegros Gladys y Daniel; y su cuñado Javier. Es decir, cuenta con buenos motivos para querer radicarse en Cambrils...

 

De un primer matrimonio El Negro tiene a Agustín (35) que vive en Bolivia; de su segundo enlace nacieron Milagros (31) que sigue en Santa Rosa igual que Joaquín (21); y después llegó Thiago (11 años) que tuvo con su actual compañera Mariela Agón. Ella es profesora de yoga, pilar fundamental de la logística familiar y dedicada en estos meses de adaptación a la contención de la casa.

 

Los Gómez tienen claro que el afecto entre padre e hijos no se mide por la proximidad diaria, sino por la solidez de la presencia afectiva. El único que armó la mochila escolar para la europea fue el menor que hoy transita las aulas de la educación pública española, amoldándose al catalán y a los nuevos compañeros.

 

Yendo y viniendo.

 

Su primer año de residencia en tierras europeas arroja una estadística por lo menos extraña: en sólo doce meses El Negro cruzó el Atlántico en cinco o seis oportunidades.

 

"Estoy yendo y viniendo todo el tiempo, porque tengo mis cosas, mis afectos y mi profesión en La Pampa". Se ríe con ganas cuando le digo que “el que puede, puede…”. Es que la frase parece escrita a su medida, aunque ciertamente la posibilidad económica es apenas el vehículo de algo mucho más hondo: una necesidad espiritual. No viaja tanto porque le sobre el tiempo, sino porque comprende que para que esta arquitectura de dos orillas funcione, la presencia física en el territorio de origen sigue siendo por ahora insustituible.

 

Abogado desde el Mediterráneo.

 

Por eso un lunes por la mañana puede encontrarlo caminando por el paseo marítimo de Cambrils, sintiendo la brisa templada del Mediterráneo, contemplando los barcos pesqueros que regresan al puerto; y en la misma tarde, verlo sentado frente a la computadora para conectarse con los tribunales de Santa Rosa, interviniendo en las incidencias de un expediente penal.

 

Antes, cuando un abogado tomaba la decisión de radicarse en el extranjero, debía someterse a un calvario burocrático: revalidar el título universitario, aprender la legislación local, y someterse a colegios de abogados de un país ajeno. O, en todo caso, abandonar la profesión para asumir otros trabajos totalmente diferentes.

 

Gastón Gómez gambeteó esa encrucijada con pragmatismo y audacia. En lugar de empantanarse en la homologación de títulos en el Reino de España tomó la determinación de mantener su eje profesional exactamente donde siempre estuvo, en el fuero penal de La Pampa.

 

El fuero penal es tal vez a rama más dinámica, impetuosa y requirente del derecho. Exige inmediatez, respuesta ante las emergencias, audiencias de control de detención, debates orales y una presencia constante en los pasillos de la justicia.

 

Trabajo a distancia.

 

¿Cómo se gestiona esa vorágine a 10 mil kilómetros y con cinco horas de diferencia horaria? La respuesta la ofreció la propia transformación tecnológica precipitada por la pandemia.

 

Las audiencias virtuales por Zoom, la digitalización de los expedientes judiciales a través de las plataformas del Poder Judicial pampeano y la posibilidad de mantener reuniones inmediatas vía videollamada reconfiguraron el ejercicio del derecho. Gómez puede así desde su despacho provisional en España repasar causas, redactar escritos y participar de audiencias remotas.

 

Obvio, la virtualidad no lo resuelve todo, Por eso en el terreno operativo pampeano, la estructura se sostiene gracias a una alianza con la abogada santarroseña Romina Antocci, quien asume la representación presencial y el seguimiento cotidiano de los trámites.

 

“Por supuesto de a poquito hay trámites que voy dejando de lado, pero las causas que permiten ser llevadas por pantalla las continúo. Trato de resolver los compromisos que ya tenía asumidos y tomar sólo causas que sé con certeza que puedo resolver a distancia sin perjudicar al cliente", afirma.

 

Siempre la pelota.

 

La abogacía es su sostén material, pero el fútbol representa el idioma universal, y Gastón es, ante todo, un futbolero de pura cepa. La pelota es para él una forma de interpretar la amistad y una cura infalible contra la melancolía.

 

Al poco tiempo de desembarcar en la Costa Dorada, Gómez no buscó un centro cultural ni una peña de residentes extranjeros. Sí una cancha de fútbol, y por eso enseguida se asoció e ingresó al equipo de veteranos del Gimnàstic de Tarragona, uno de los clubes más centenarios y emblemáticos del fútbol catalán.

 

Su adaptación fue tan natural que al cabo de unos meses sus compañeros no solo lo aceptaron sino que lo sumaron formalmente a la comisión directiva del espacio institucional de los veteranos del club. “Es un grupo humano fabuloso", confiesa sobre esa rutina dominical.

 

Siempre se vuelve.

 

No obstante, fiel a su estilo pampeano no se priva de deslizar un reclamo sobre las costumbres europeas: "Lo único malo es que allá jugamos a las ocho de la mañana de los domingos...", dice entre risas.

 

También en su constantes regresos a Santa Rosa, Gastón no pierde el tiempo: toma el bolso y se reencuentra de inmediato con sus compañeros de toda la vida. El histórico grupo originalmente conocido como Abogados A y hoy consolidado bajo el escudo de La Barranca. Un grupo de amigos de mil batallas con quienes no solo compartió torneos locales, sino que recorrieron diversos países en torneos internacionales de abogados.

 

Así jugó el Mundial de Abogados en Croacia, y ya tiene la mirada puesta en la próxima cita que los reunirá en las playas de Creta, Grecia. En su última incursión por la provincia, hace apenas unas semanas, volvió a vestirse con los colores de siempre, a raspar en la marca, a discutir un fallo arbitral y a compartir el asado posterior con la misma pasión de cuando tenía veinte años.

 

Dos mundos.

 

El Negro Gómez ya no se asombra cada vez que se encuentra un argentino –y algún pampeano-- en la lejana Cataluña. “Sí, hay argentinos y pampeanos por todos lados, y también en Tarragona… Me he encontrado con algunos jugadores de paddle, y otra gente con la que cada tanto se puede compartir un mate”, agrega.

 

"La Pampa es un lugar maravilloso para vivir. Pero también hay otras oportunidades en el mundo que está muy bueno conocer y experimentar", razona El Negro con la serenidad de quien parece haber encontrado la fórmula para gambetear las fronteras sin perder la esencia.

 

Al cabo la travesía de Gastón Gómez nos enseña que la identidad pampeana no se pierde al cruzar el océano. Que lleva guardada la pampeanidad guardada en la “carry on” junto a la yerba mate y los botines de fútbol; y además se activa, cada mañana con el tono familiar de la primera llamada del día. En ese equilibrio sereno que ha sabido conseguir, Gastón está demostrando que es posible habitar dos mundos al mismo tiempo… Y sí, el que puede, puede… Y además, dicen, querer es poder.

 

El tiempo del territorio extendido

 

Se puede decir que durante mucho tiempo el concepto de residencia estuvo asociado a un sitio determinado: se pertenecía al lugar donde se dormía, donde se pagaban los impuestos y donde se figuraba en el padrón electoral. Salir de ese espacio implicaba transformarse en un extraño, en un viajero de paso o en un exiliado.

 

Hoy, la experiencia de este abogado penalista demuestra que hay otra forma de habitar el mundo: es la era del territorio extendido. Ni el desarraigo del emigrante clásico, ni la mirada superficial del turista en vacaciones, Gastón Gómez va por una tercera vía en la que la pertenencia ya no se define por donde se pernocta cada noche, sino por la legión de afectos, compromisos profesionales y memorias familiares.

 

Me pregunto cómo se gestiona entonces la nostalgia ---creo inevitable-- cuando contemplando las aguas del Mediterráneo se extraña el silencio infinito de la pampa, o cuando se camina por las calles de Santa Rosa y Toay se piensa en el ritmo calmo de la villa marinera.

 

La respuesta que ofrecería Gastón no pasa por la negación ni por la idealización de ninguno de los dos sitios. Entiendo que pasaría por atenuar la nostalgia, de modo tal que no sea motivo de una tristeza melancólica, sino en todo caso transformarla en la excusa perfecta para seguir proyectando viajes, encuentros y abrazos. Esto es ir… y venir.

 

Y viendo cómo viven los Gómez, casi podría decirse que la nostalgia –al menos en el caso de Gastón-- es un hecho que motiva… Le recuerda que es suficientemente afortunado como para tener más de un lugar en el mundo al cual se puede regresar.

 

“Sí, soy peronista”.

 

Hace algunos años ya Gastón Gómez fue concejal entre 1991 y 1995 en Toay. “Soy peronista y no puede ser de otra manera… mis padres lo eran, viví en Junín tierra de Perón… el estadio de Sarmiento se llama ‘Eva Perón’ y crecí en una provincia ordenada… La Pampa de (Rubén) Marín, (Carlos) Verna y (Oscar) Jorge. Y como broche de oro (Sergio) Ziliotto es un gran gobernador”, dice sin dejar dudas.

 

“La verdad es que a Santa Rosa, y también a Toay, cada vez que vengo la vea más linda”, y casi que un brillo aparece en su mirada.

 

Tiene una frase para Javier Milei. “Al principio aparecía como lo nuevo, pero de a poco la percepción fue cambiando y hoy en España es mala palabra. Sobre todo por las barbaridades que dice y los papelones que hace… Es un verdadera desastre”, sostiene.

 

Futboleros.

 

Gastón y la foto de un asado de los Abogados A. Jugó con ellos varios torneos locales e internacionales, y se suma cada vez que vuelve. Igual ahora juega en el Gimnàstic de Tarragona.

 

Pampeano.

 

Gastón en una calle de Santa Rosa. Estuvo algunos días por aquí. Siguió algunos expedientes judiciales, se juntó con amigos y ahora ya está de regreso a orillas del Mediterráneo.

 

En familia.

 

Una foto que tiene varios años. Gastón con sus cuatro hijos: Los mayores, Agustín y Milagros que lo flanquean. Abajo Joaquín y en sus brazos Thiago.

 

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