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Domingo 28 de junio 2026

José Miranda, el que conocen todos

Redacción 28/06/2026 - 01.21.hs

En la ciudad, en los barrios, en los clubes, se dan cientos de historias mínimas de por aquí nomás, que a veces está bueno se conozcan. La de José Miranda es una linda vida de un querible personaje.

 

MARIO VEGA

 

Del hombre común hablaba Osvaldo Ardizzone… de ese que uno puede cruzarse en algún lugar, en cualquier esquina, en un comercio, en el banco o en el café… Para el reconocido periodista y poeta el “hombre común” era el individuo corriente, ese que no goza de fama ni poder, esa persona que todos los días vive alegrías, rutinas, sueños y frustraciones…

 

Osvaldo, en las páginas de El Gráfico, hablando precisamente del hombre común (hoy debiéramos decir “la mujer y el hombre común”), reflexionaba sobre la vida. Nada más, ni nada menos.

 

Hablaba de la amistad, el amor, el fútbol, los barrios... de las cosas cotidianas que nos suceden todo el tiempo. Hacía mención al transcurrir de una persona común y corriente… que al cabo esos somos todos. Por más que pequemos en algún momento de sentirnos más o menos importantes por algo que pudiera haber ocurrido en nuestras vidas.

 

Para Ardizzone el hombre y la mujer “comunes” son esas personas que nos cruzamos todo el tiempo, y que en definitiva personificamos cualquiera de nosotros.

 

Conocido de la vida.

 

He repetido más de una vez en estas columnas que -de alguna manera- “todos somos personajes”, y seguro habrá alguien alguien que con su mirada nos puede caracterizar de esa manera. Es el caso de José Miranda.

 

Lo conozco no sé de donde, ni cuánto tiempo hace. Y estoy seguro que en Santa Rosa también hay muchísimas personas que saben de quién se trata. Porque anda por todos lados, muchas veces vinculado al deporte, pero también porque se desempeñó años en empleos que lo hicieron conocido.

 

En mi caso lo tengo fundamentalmente del fútbol, “de la vida” como suele decirse cuando no hay mucha precisión cuando nos preguntan de dónde conocemos a una persona.

 

Tiene fama de ser calentón –“de pocas pulgas” diría mi abuela-, pero en realidad es más bueno que el pan. Amigo de sus amigos, lo consideran “un buen tipo, honesto, siempre dispuesto a ayudar, muy solidario”.

 

Una persona que es conocida allí por donde vaya. “Mucho por el deporte, el fútbol, y bastante por el pádel”, comenta.

 

Hombre de la Villa.

 

Su nombre completo es Juan José Miranda (75), y se puede decir de él que es el hombre que hizo del barrio una forma de vivir. Charlamos y por momentos nuestra conversación parece una película de la Santa Rosa que ya no existe. Porque los nombres aparecen uno detrás de otro. Compañeros de trabajo, dirigentes, futbolistas, vecinos y amigos de tanto tiempo.

 

Cada recuerdo lleva a otro. Un pozo de albañil conduce a una panadería. La panadería donde comenzó a trabajar con sólo 16 años a Casa de Gobierno. La Casa de Gobierno al Club San Martín.

 

Y se mezclan así el fútbol, la familia, e inevitablemente se vuelve al barrio. Su barrio, la Villa Santillán.

 

Hoy José camina con cierta dificultad porque la vieja lesión en la rodilla izquierda le cobra factura. Pero la memoria sigue intacta.“Gracias a Dios tengo salud, tengo la familia y tengo amigos. ¿Qué más voy a pedir?” La pregunta parece resumir una vida. El hijo del albañil.

 

Nació en una familia trabajadora, cuando la Santa Rosa de las calles de tierra todavía conservaba algo de pueblo grande. Su padre fue Juan Gualberto Miranda, albañil durante toda la vida. “Era un santo. Un ángel. Se sacrificó siempre por nosotros”. No necesita pensar para describirlo. De muy pequeño desavenencias familiares alejaron a María Badal, y le tocó a Juan hacer de padre y madre a la vez. Él completaba el esfuerzo cotidiano de una casa donde nunca sobraba nada.

 

Los hermanos.La familia era numerosa. Estaban los hijos a los que Juan Gualberto crió con esfuerzo y le dedicó sus mejores horas: Marta, que trabajó como mecánica dental y también en una carnicería; Carlos Horacio, el "Jote", albañil como el padre; Miguel, que empezó en el Servicio de Chagas y terminó jubilándose en Salud Pública. Pero también hay otros hermanos por parte de la madre con quienes cada tanto se ven.

 

“Sí que fuimos pobres, pero no me arrepiento de nada. Y acá estamos”, dice José, sonriente. Quizás porque la vida lo recompensó con una familia unida, con hijos y nietos que son la verdadera razón de su existencia.

 

En la Escuela Hogar.

 

Los cuatro hermanos Miranda pasaron varios años internados en la Escuela Hogar.José tenía apenas seis cuando ingresó, y todavía conserva una imagen imborrable de todo aquello. “Recién se había inaugurado y tengo bien presente que mi viejo nos iba a buscar en bicicleta con un carrito atrás. Nos cargaba ahí y nos llevaba”. La escena parece salida de otra época. Un albañil agotado después de una jornada de trabajo, pedaleando para reunirse con sus hijos. “Nos cuidó muchísimo. No sé cómo hacía”. Lejos de guardar malos recuerdos de la Escuela Hogar, José habla de ella con afecto. “Aprendimos de todo. A respetar, a estudiar y a ser buena gente”, y al repasar ese tiempo recuerda a las maestras exigentes, la disciplina. Y hasta les reprocha a la distancia los famosos tirones de oreja. “Sí, eso hacían y te las dejaban así de grandes”, se señala y se ríe.

 

Y enseguida aparece una de las historias familiares que todavía provoca carcajadas en la familia cuando evocan esos tiempos: “Mi hermano más chico era el más travieso -–acusa-- y lo expulsaron por comerse las verduras de la huerta escolar. Era vago para trabajar, pero para comer no perdonaba nada. Ahí fue que papá nos sacó a todos de la Escuela Hogar”, completa.

 

Pocero y albañil.La adolescencia terminó temprano. Como ocurría en muchas familias de la época, hubo que salir a trabajar. A los 16 años ya era pocero y albañil. “Trabajaba con Antonio y Eduardo Kunz, que vivían a pocos metros de mi casa ahí frente a la Plaza Martín Fierro. Era duro, porque sufría en verano y en invierno abajo de la tierra…”. Y realmente “fue bravísimo. Las manos me quedaban endurecidas por el trabajo… y sí, eso fue parte de mi juventud”, evoca.

 

Sus jornadas eran extensas porque comenzaban por la mañana temprano cuando los hermanos Kunz lo pasaban a buscar para hacer pozos, y se extendían hasta tarde porque José estaba terminando la primaria en la escuela nocturna.

 

Pero un día una puerta se abrió cuando menos lo esperaba: “Estaba trabajando en un pozo cuando se acercó Picholo (Héctor Oscar) Vendramini, que era director de la Escuela 180. “Mañana tenés que ir a trabajar en la panadería que se abre al fondo de la calle Don Bosco (hoy está allí la Dirección de Tránsito municipal)”, le dijo. José no entendió demasiado, pero lo cierto es que al día siguiente se inauguraba la Cooperativa de Panificación. Sin saberlo estaba comenzando una etapa decisiva de su vida. El hombre del pan.

 

Ingresó desde abajo. Limpiando latas. Acomodando materiales. Aprendiendo los secretos del oficio. Con el tiempo llegó a la cuadra y se convirtió en panadero, más tarde en facturero y finalmente en maestro de pala.“Hice de todo y durante diecisiete años trabajé en la panadería”. Allí las jornadas iniciaban temprano, cuando la ciudad empezaba a amanecer. “Era una familia…”, y parece emocionarse cuando habla de directivos y compañeros. “Cómo no voy a recordar que don José Regazzoli (que era presidente de la cooperativa), me ayudó mucho cuando necesité operarme la rodilla. Y había otra gente muy buena, como Magariños, Vendramini, ‘El Negro’ Gallego (papá de Gustavo). Trabajé muchos años ahí y sentí que me querían”, completa.

 

“Pero un día el Supecoop compró todo y me quedé sin nada… y ya para ese entonces estaba casado”, rememora José.

 

Campaña por Ahuad.

 

La amistad con Guillermo “El Topo” Gallinger era muy fuerte –con un cariño casi de hermanos-, y fue él quien lo invitó “a trabajar en la campaña del Turco (Néstor Rufijo) Ahuad, que era candidato a gobernador”.

 

Allí ya estaban Caio Valcarcel, “El Topo”, “El Vasco” y Horacio Zalabardo, “El Patón” Gallinger… “Una banda que nos hicimos muy amigos”, cuenta.

 

Todas las tardes iba a la casa de la calle French, donde estaba el búnker de Ahuad. “Hacía un poco de todo… empezaba por cebar mates, mandados, ir al interior a repartir pasacalles en los pueblos. No faltaba nunca… y me tiraban unos pesos por semana, pero no me alcanzaba”, parece lamentarse.

 

“Lo encaré al Turco”.

 

Ya con Ahuad gobernador José esperaba que le dieran una oportunidad… “Pero no llegaba… quería trabajar, que me dieran cualquier cosa y no pasaba nada. Un día me dijeron cómo hacer para encontrarme con él. Esperé que El Turco saliera por un ascensor y lo encaré… ‘doctor, necesito trabajar. Le hice toda la campaña y ando mal’, le dije más o menos. Y, la verdad… no me trató muy bien en ese momento. Pero a los pocos días me llamaron para decirme que me hiciera los estudios para ingresar en la Provincia, y empecé en Servicios Generales porque con sexto grado no podían darme otra cosa”.

 

Con el tiempo pasaría por el Registro de la Propiedad Inmueble, por el Depósito de Medicamentos en el Molas, por el Parque Automotor, para jubilarse al final en el Ministerio de Salud.

 

El Club San Martín.

 

La Villa –como identicaban en ese tiempo al club General San Martín-, atravesó toda la vida de José Miranda. Llegó siendo adolescente y por supuesto el fútbol era el centro de la actividad deportiva. Se sonríe cuando narra, porque la mayoría lo tiene como que fue siempre arquero, pero “en realidad empecé como marcador de punta. Metedor, corajudo, e iba fuerte”. Hasta que apareció una lesión que cambió todo. La rodilla izquierda quedó seriamente dañada y fue necesaria una operación.

 

José recuerda perfectamente la fecha: “Fue el 1 de junio de 1974, el día que murió Perón. ¿Sabés que me acuerdo clarito la tristeza de la gente, y como lloraban las enfermeras…?”.

 

Esa lesión no lo alejó del club. “Me quedé lavando camisetas, marcando la cancha, dirigiendo inferiores. Ayudaba donde hiciera falta. Nos criamos ahí”, resume.

 

El club de la Villa se convirtió en una extensión de la familia. Una segunda casa. Un lugar donde todavía hoy encuentra amigos y recuerdos.

 

Pety, los hijos y las nietas.

 

La gran compañera de su vida ha sido Pety Romero. “Era hermana del Tono (fue conocido puntero del peronismo)… Ella trabajó en la tienda Etam algún tiempo… nos casamos muy jovencitos. Yo tenía apenas 18 años, y estamos juntos desde hace 58 años. ¡Un récord! ¿O no?”, dice. Y se ríe con ganas cuando le hago notar que a Pety la fue a buscar al mejor barrio de Santa Rosa, en la calle Salta, del lado norte de las vías. Y le agrego que ella debe tener un “aguante” muy especial para compartir casi seis décadas con él.

 

Obviamente –y con todo respeto-- aclaro que el mejor barrio de la ciudad ha sido, y es, Villa Tomás Mason… el de Delfor Sombra, El Gato Villalba, El Bardino, Guillermo Mareque, El Indio Paladino… El barrio de “los magos del baby fútbol” (los hermanos Sombra), el de Pelusa, Chiquito y La Mona Díaz… Y tantos otros.

 

Siempre en la Villa.

 

Cuando José y Pety se casaron en 1973 se instalaron en una vivienda del Plan Eva Perón (en Pasteur y Chile). Y nunca más se fueron de allí. “Vivimos toda la vida en esa casa y formamos una linda familia”, se alegra.

 

Los hijos de la pareja son Gabriela (casada también con un futbolista destacado como fue Fabio Gatica), quien se desempeña en el Tribunal de Cuentas; y “Cachete” (José Marcelo, casado con Vanesa) y trabaja en el área de Deportes de la Provincia.

 

Con el tiempo llegaron las nietas y José bien puede cantar Bingo, porque tiene un grupo familiar hermoso con el que comparte las mejores horas de su vida.

 

“Se llaman Valentina, Agostina, Delfina y Catalina”. Nombra una por una a las nietas y cuenta qué estudian, qué deportes practican, qué sueños persiguen. “Catalina juega al vóley en Unión y Agostina hockey”.

 

Cada logro de sus nietas pareciera emocionarlo tanto como si fuera propio: “Lo importante es que estudien y hagan deporte”, es una frase que aparece varias veces durante la charla. Casi como una enseñanza que quisiera dejarles para siempre.

 

Tiempo de pádel.

 

Cuando el cuerpo le hizo saber que se complicaba seguir con el fútbol –igual sería arquero de muchos equipos de aficionados mayores (incluso fue campeón en algun campeonato argentino de veteranos), se sumó a tanta gente que encontró en el pádel una muy buena oportunidad de seguir activo.

 

“Fueron muchos años y muy buenos… Tuve la suerte de ganar en todas las canchas, de por aquí. He jugado siempre con amigos: compartí torneos, viajes. Ah! Con gente de LA ARENA, entre ellos Leo Santestaban y Marcos Villarreal, cuando se empezaba a jugar por aquí nos cruzamos muchas veces. Y siempre les ganaba”, se ríe.

 

También el Tejo.

 

Ahora el deporte sigue presente pero desde otro lugar. Hoy participa en torneos de tejo y comparte largas jornadas con veteranos. “Tenemos un lugar hermoso en el Recreo Mercantil, y conformamos la Asociación Santa Rosa Tejo… Eso ponelo así no me cobran la inscripción”, dice con picardía. “Es impresionante la actividad social que se promueve, y llegamos a juntar 60 parejas entre damas y caballeros”, puntualiza.

 

Lo que le gusta.

 

A José le gusta escuchar folklore, seguir por tevé fútbol, tenis, básquet… “Todo lo que sea deportes. Soy hincha de Boca, pero más que nada hincha de ‘Cachete’. Lo sigo a todos lados donde va”, agrega.

 

Y es cierto, por donde ande Marcelo Miranda es probable que cerquita nomás esté José. “Soy el padre… pero además ‘Cachete’ es mi amigo”, dice de manera indubitable.

 

La tarde avanza y José sigue recordando. Los nombres aparecen sin pausa. Los amigos, los compañeros, los vecinos, los asados, las canchas…

 

Entonces surge la pregunta inevitable. ¿Qué le pedís a la vida? La respuesta llega sencilla. Sin vueltas: “Salud”. Piensa unos segundos y agrega: “Que las nenas progresen… y que estudien. Es elemental”.

 

“Aquí es distinto”.

 

Después expresa sobre la realidad que “los jubilados tienen que estar mejor”, y evalúa que en el actual contexto “en La Pampa se hacen las cosas bien”. Y también dice estar conforme con la gestión municipal. “Aquí todo es distinto a lo que pasa en otros lugares… todavía nos reconocemos entre nosotros, y alguien te va a dar una mano si la necesitás. Y eso no pasa en todos lados”, reflexiona.

 

El mismo de siempre.

 

Es como si siguiera mirando el mundo desde aquella esquina del barrio donde aprendió todo lo importante. Porque después de 75 años, José Miranda sigue siendo el mismo chico que vio a su padre volver cubierto de polvo después de una jornada de albañil. El mismo pibe que trabajó haciendo pozos, o de albañil, el que amasó pan de madrugada, recorrió pueblos para la Provincia, marcó canchas de fútbol y defendió a los suyos con una pasión desbordante.

 

Y bien puede decir, como canta Eladia Blázquez… “La geografía de mi barrio llevo en mí,/Será por eso que del todo no me fui:/La esquina, el almacén, el piberío.../

 

Lo reconozco... son algo mío…”

 

Sí, es el José Miranda de siempre. Un hombre común. Pero ciertamente, para quienes lo conocen, nunca fue un hombre cualquiera.

 

“Un día fui gobernador”.

 

José Miranda se dio el gusto. Se sentó en el sillón del gobernador. “Ya prescribió”, dice ahora a muchos años de aquel gesto audaz. Que tuvo cómplices.

 

Tiene bien presente aquel momento… “El día que le dije al Turco que necesitaba trabajar y me habló medio mal. ‘¡Qué querés! ¡Sentarte en el sillón de gobernador. Ahí lo tenés!’,me respondió esa vez.

 

Con el tiempo, ya siendo empleado, se dio un gusto José. “La autoridades habían viajado y en el despacho no habia nadie, así que me metí. ¡Y me senté en el sillón!”, evoca.

 

Pero no fue lo único. Tocó el timbre que hay debajo del escritorio de la oficina gubernamental y aparecieron los mozos: “Mito” Arias y Alberto Efner. “Trajeron el mate y llamaron al fotógrafo. “¡Sí! Me saqué una foto… y un ratito me sentí gobernador”, sonríe con la remembranza. La fotografía todavía existe. Y también la historia.

 

Cuando fue Ojuez.

 

Pero no fue la única vez que usurpó títulos y honores. “Una vez había un encuentro de Salud en Córdoba, y fui chofer de Gustavo Vera, que iba en representación de Rubén Ojuez, que no había podido viajar… ‘Cuando te pregunten vos decís que sos Ojuez”, me aconsejaron… ¡y querés creer! Pasé y estuve de arriba en un hotel bárbaro…”, y ahora se ríe con ganas al contar.

 

Un calentón.

 

José se reconoce un defecto. “Soy calentón. Muy… Más de una vez me agarré a piñas… Y claro que no está bien”, admite.

 

Señala que le molestan las injusticias, y que siempre fue así. “Tuve discusiones por defender compañeros, y varias broncas en las canchas. Una vez jugaba ‘Cachete’ en cancha de Belgrano y había uno en la tribuna que se le había agarrado con él. Así que lo fui a buscar, pero el tipo bajó y se disparó…Ycomo con esta pierna con problemas no puedo correr hice lo que me salió: le tiré con una radio. No le pegué por supuesto… pero además la radio no sirvió más”, y larga otra vez la carcajada.

 

El tiempo transformó aquellos enojos en historias de sobremesa.

 

Una vida en imágenes.

 

Familia.

 

La familia unida. Ahí, en esa foto está resumido lo que le da sentido a la vida de José. Su esposa Pety, sus hijos Gabriela y Cachete, su yerno y la nuera… y las amadas nietas.

 

Duo.

 

Una pareja que anda casi todo el día junta. José Miranda y su hijo Marcelo. Esta vez en una cancha de pádel, pero también muy cercanos cada vez que Cachete juega fútbol.

 

El oficio.

 

Una foto histórica. El pibe sonriente es José Miranda. El señor mayor El Negro Gallego, dirigente entonces de la Cooperativa de Panificación. Allí José aprendió el oficio y trabajó muchos años.

 

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