“No hay otra que salir a pelearla”
Ante un panorama económico que no da tregua y multiplica las dificultades, el ingenio y el esfuerzo se convierten en la única receta para salir adelante. Juan Cruz Usem (26) y Ludmila Tapié (23) recorren la ciudad de punta a punta, de lunes a sábados, desafiando el cansancio. El objetivo es claro: ganarse el mango diario, costear sus estudios superiores y universitarios, y no bajar los brazos a la espera de un empleo mejor.
Es conocido que el trabajo informal crece, empujado por una realidad social que se advierte compleja. Sin embargo, en medio de la tormenta, hay emprendedores locales que se niegan a rendirse y demuestran que la cultura del esfuerzo sigue viva en muchos jóvenes.
Es el caso de Juan Cruz Usem (26) y Ludmila Tapié (23), vecinos del Plan 5000. Seis días a la semana, armados de canastas salen a recorrer las calles de Santa Rosa procurando ganarse el sustento y ayudar a sus familias.
Su jornada es extenuante: comienza a las 7 de la mañana y se extiende hasta las 7 de la tarde. Doce horas consecutivas a la intemperie donde a fuerza de caminata logran colocar cada uno sus 10 docenas de buñuelos por día.
Detrás del andar diario de Juan Cruz y Ludmila hay un engranaje colectivo. El proyecto funciona como una la pyme familiar de Erik y Mary, quienes cocinan y elaboran minuciosamente el producto en el departamento 5 de la calle Neuquén 129. Ellos apuestan a la producción autogestiva y, mediante publicaciones y convocatorias en la red social Facebook, invitan a jóvenes desempleados a sumarse a la comercialización ambulante."Recorremos todo Santa Rosa", resumen Juan Cruz y Ludmila. En tanto él no tiene problemas en pararse a conversar con los clientes y prestarse con simpatía a las fotos de este diario; Ludmila es arisca. Admite tener fobia a las cámaras y prefiere resguardar su imagen, aunque no esquiva el debate sobre la realidad laboral.
Los dos son del Plan 5000 y tienen allí su refugio afectivo. Ludmila reside junto a su abuela, mientras que Juan Cruz comparte el hogar con su madre, su hermano y su padrastro. Para ellos, salir a la calle fue la respuesta obligada ante la falta de vacantes en el mercado formal. "Está complicada la calle, hoy en día es muy difícil conseguir laburo", reflexiona Juan Cruz.Sin embargo, la venta ambulante no será su destino definitivo, sino el trampolín hacia sus verdaderas vocaciones. El muchacho estudió y completó la formación técnica en informática en la EPET. Con los exámenes aprobados, espera ansioso recibir el título analítico en el mes de diciembre para aplicar formalmente sus conocimientos en el mercado tecnológico. Por su parte, Ludmila cursa la carrera de Administración Agropecuaria en la Facultad de Agronomía de la UNLPam, ubicada sobre la Ruta Nacional 35. Lo que junta en la calle son indispensable para costear los apuntes, los viajes y garantizar la continuidad de sus estudios universitarios, proyectando un futuro profesional ligado al desarrollo del campo pampeano.
“No hay que parar”.
La joven estudiante reconoce que al principio le costaba entablar conversación con desconocidos debido a la timidez, pero el trato diario terminó por habituarla. Su compañero, en contraposición, se define como alguien desenvuelto desde el primer día.Ambos coinciden en que el deseo de superación es el motor que les impide aflojar el paso cuando el cuerpo duele. “Hay que progresar, hay que mejorar. Si uno ve la oportunidad de conseguir algo mejor, la toma”, afirma Juan Cruz con la mirada puesta en el futuro.
El respaldo de sus hogares es absoluto. "En mi casa todos laburan y aportan" dota de espaldas el joven informático. Saben perfectamente que la actualidad económica nacional y provincial no es sencilla para nadie, y que es necesario “salir a pelearla, no parar y poner todo nuestro esfuerzo para vivir mejor", concluyen con madurez ejemplar, mientras vuelven a levantar las canastas para encarar una nueva cuadra.
La verdadera economía real.
El paisaje urbano de Santa Rosa ha ido cambiando en los últimos meses. En las esquinas céntricas, en las paradas de colectivos y en el corazón de las barriadas, la proliferación de vendedores ambulantes ya no es una postal esporádica. En todo caso es termómetro de una economía que asfixia y de un mercado laboral formal que ha cerrado sus compuertas.Sin embargo, mirar esta realidad sólo desde la lente de la crisis sería una simplificación. Detrás de cada canasta, de cada termo o de cada docena de buñuelos fritos a las 7 de la mañana, lo que se despliega es una lección de dignidad, resiliencia y cultura del trabajo. El caso de Juan Cruz y Ludmila es espejo de época. Con 26 y 23 años, en lugar de entregarse a la frustración del "no hay laburo", eligen el camino de la acción: 12 horas diarias pateando la ciudad.
Pero lo que da más valor a lo que hacen no es sólo el esfuerzo físico de la caminata; es el propósito que los mueve. No estamos ante la marginalidad estancada, sino ante una juventud que utiliza la informalidad como un puente para costear sus estudios en la EPET o en la Facultad de Agronomía. Venden buñuelos para comprar apuntes; caminan el cemento hoy para sembrar el título profesional de mañana.
Mientras los grandes manuales de economía discuten índices y planillas, en las veredas de Santa Rosa se escribe la verdadera economía real: la de la subsistencia digna, la del respaldo familiar y la del esfuerzo compartido. Son jóvenes que no piden que les regalen nada; solo piden una calle donde caminar y un futuro donde volcar sus saberes. Saben que la única batalla que se pierde es la que se abandona.
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