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Jueves 26 de marzo 2026

Recordando buenos viejos tiempos

Redacción 24/02/2025 - 00.15.hs

Hemos reiterado en estas columnas un concepto: que cada vida es una historia, y cada uno construye la suya como puede. Y dónde puede. Todos tenemos nuestra propia historia, algunos la transitamos por aquí nomás, y otros eligieron ir a buscar su destino en otras tierras. Y hay muchísimos de estos casos…

 

Hace un par de días en el centro de la ciudad alguien gritó “¡Pampa!, qué hacés”, y el hombre que cruzaba la plaza San Martín se dio vuelta y dejó ver una sonrisa al reconocer a quien lo interpelaba. De verdad es raro que a alguien le griten “Pampa” precisamente aquí, pero Carlos Alberto Bustamante (72) se dio por aludido y respondió al apelativo. Y entonces vino el abrazo con quien lo estaba llamando, y la emoción para fundirse en un abrazo de reencuentro.

 

Sucede que en las calles de Barcelona –donde vivió algunos años-, y en la ciudad en que actualmente reside, Bilbao, es reconocido de esa manera… “El Pampa” Bustamente.

 

¿Quién es? Un antiguo conocido de una enorme legión de santarroseños de las lindas noches de otros tiempos de Santa Rosa. Un día se marchó a España y se lo dejó de ver por estos lados, pero cada tanto regresa… por eso de que uno vuelve siempre a los viejos sitios.

 

Andará por aquí por algunos días más, el cabello largo cayendo sobre los hombros, la camisa fuera del pantalón, y el andar cansino y sin apuro. “Me fui en el 2000 a España, a Barcelona, y desde hace 5 años vivo en Bilbao... y claro, cada tanto me doy una vuelta para saludar a mis afectos y a tantos amigos que tengo en Santa Rosa”, expresa.

 

Allá es “El Pampa”.

 

Allá en Bilbao, la ciudad portuaria industrial del norte de España, rodeada de verdes montañas, es "Carlos Alberto Bustamante, El Pampa". Y cuenta: “Ha sido mi nombre artístico, así me presentaban, y así me conoceN. Aunque me he jubilado y ya casi no canto, porque el Covid me complicó las cuerdas vocales y medio que tuve que dejar”, cuenta.

 

Sentado a la mesa de la céntrica confitería a la que le gusta regresar con su mente a los buenos viejos tiempos, cuenta: “Yo vivía en Gobernador Duval, cerquita de la Raúl B. Díaz, y después de terminar el secundario anduve bastante en la noche, que por cierto era muy sana en ese tiempo”.

 

Supo trabajar en el rubro gastronómico, “de mozo cuando Carlitos Segovia tenía el restorán Los Inmortales, en la esquina de Yrigoyen y Rivadavia; también en el Club Telefónico donde se daba de comer, y un tiempo en la peña que había montado Tincho Pérez Isa en lo que después fue Bar o Bar. Pero además hacía trabajos de pintura de obra. De todo un poco. Había que trabajar porque mi familia era clase media, donde no faltaba pero tampoco sobraba", agrega.

 

Si bien son en total seis hermanos –algunos no viven aquí- se crió con su primo Luis Roberto (El Mendocino), tan cercanos que muchos pensaban que eran hermanos, quien ha sido taxista y colectivero.

 

Otros tiempos.

 

Carlos recuerda que su abuelo, Tomás Aguiar, allá por los años ‘50 “era mercachifle. Andaba por los campos vendiendo con carretas tiradas por caballo y con el tiempo compró casa aquí”.

 

En esa restropección rememora que en la primaria –en la Escuela 2- “tenía como compañeros a Tronco Méndez, Turco Dacal, Jorge Altolaguirre, Totila Lastiri, Pablito Fernández, Canguro Gómez, Valentín Contreras; una chica Martínez que era hija del gerente del Banco Hipotecario. El secundario no lo empecé enseguida, porque en mi familia era terminar la primaria y salir a trabajar”. Después completaría el secundario en el Ayax Guiñazú, donde en 1980 recibió su título junto a Víctor Altamiranda, Alicia Pérez, Lelín Martínez, Gabriel Urcelay, Mónica Bossa, Huguito Becerra, Juan Buscarini.

 

¡14 discotecas!

 

Al volver a su adolescencia evoca las primeras salidas: “Los encuentros en la confitería Amancay, en el Club Santa Rosa, All Boys, Adlon, Kascote, Espacio, Kokesi, Brujas, Tobruk, Capri... ¿Sabés que en esa época llegó a haber 14 discotecas al mismo tiempo en Santa Rosa? Y todas funcionaban”, sonríe al recordarlo.

 

Y además “estaban los bailes de Argentino, Sarmiento, Penales... y allá íbamos, pateando las calles, con frío o calor, nada importaba. Pero era una noche sana, no había droga y alcanzaba con un solo milico para contener a algún que otro revoltoso”.

 

Carlos supo trabajar “en la confitería Cervantes, frente a la plaza y en Sedería Ivalú como cobrador para Sonia Tueros, empecé a boyar por distintos lugares”, cuenta.

 

Pero habría un lugar que –a lo mejor- determinaría lo que vendría más tarde: “Eso fue la peña Cori Hué, cuando Agustín Pérez Isa alquiló la esquina de Avenida Uruguay y Pico con el Ruso Hirchs. Yo ayudé a hacer todo el cielo raso de hilo sisal, y el suelo lo pulió Alejandro Gadán. Era antes de la democracia e iban muchos universitarios. De vez en cuando la policía pasaba, pero tranqui. Me tocaba ir temprano y tocaba algo con mi guitarra y cantaba. Más tarde caían Bustriazo que un día me regaló ‘Unca Bermeja’ autografiado, El Bardino, el Negrito Ruiz, Pablo Fernández, Negra Alvarado, Tucho Rodríguez, Pulpi Herrero, y a veces también Toto Allende y Mario Azcárate. Ahí una noche tuve la oportunidad de conocer a Armando Tejada Gómez. Fue una época de oro, entre el ‘81 y el ‘84. Después me alejé un poco, pero ya estaba definitivamente vinculado con la música”.

 

Momento de partir.

 

Un día tomó la decisión de partir a Barcelona. Un viaje que hicieron antes a Europa con un grupo que conducía Alberto Carpio lo entusiasmó. “Mi primer trabajo allá fue en hotelería, pero después empecé en una empresa de pinturas, que es algo que hacía aquí: a la mañana trabajaba en Casa de Gobierno y a la tarde hacía pintura de obra”.

 

Aunque dolía el desarraigo la peleó, empezó a conocer y se conectó “con gente de Santa Rosa que andaba por allá, como Jorge Costabel y el Negro Roldán. Formamos el grupo Conosur sumando a Beto Bíscaro; y había además tres catalanes: yo hacía guitarra y voz, y a veces tocaba el bombo. Lo nuestro era la música latinoamericana”.

 

Más tarde, en un lugar que le dejó Jorge Costabel armó “Patio Argentino”, un espectáculo donde Carlos cantaba y bailaba, y también llevaba otros artistas invitados.

 

Un contacto con un argentino que vivía en Bilbao lo llevó hasta esta ciudad, y allí estuvo en un lugar de pastelería, donde además hacían pizzas y empanadas bien argentinas. “Pero no ganaba bien”, admite.

 

Entró en la disyuntiva: "O volverme a Barcelona o buscar otro sitio, en el interín conocí un santiagueño que me invitó a bailar y tocar en Trento (Italia), y a partir de ahí es como que cambió todo. Nos fuimos para la Costa del Adriático, tuve la oportunidad de conocer Suiza porque se casó allí un amigo. Son experiencias que uno puede vivir allá porque esos viajes son posibles”, expresa.

 

En las calles.

 

Al volver a Bilbao se animó a hacer música callejera, y todo cambió para bien. “En realidad re bien. En dos horas ganaba 20 euros, más del doble de lo que sacaba en la pastelería todo el día”.

 

Así empezó a cantar en las calles. “Y la gente respondió. Tuve rachas superlativas, y ganaba muy bien”. Después, se sabe, vino el Covid que lamentablemente perjudicó su garganta. “Me vino la jubilación y casi que dejé de cantar”, confiesa.

 

Cada día "El Pampa" desplegaba su arte callejero, y hacía escuchar folklore y en general música latinoamericana, y además algún tema que tiene que ver con la pampeanidad. “A veces hacía ‘Milonga Baya’, y no faltaba el que decía: ‘¿Atahualpa, verdad?’. Y tenía que explicar que no, que es de un poeta de La Pampa, y les contaba qué es nuestra provincia, que no es lo que conocen ellos como la Pampa Argentina", expone.

 

Vino a pasear y nada parecería indicar que esté pensando en volver a radicarse aquí. Está dicho, la vida nos va llevando, y en tanto “El Pampa” Bustamante no apura su destino. Por ahora transcurre su vida sin urgencias, y en pocos días regresará a Bilbao llevándose en su alma las sensaciones de revivir –aunque sea por un rato- aquellos viejos buenos tiempos cuando en las noches de Santa Rosa todos lo conocían. Será hasta la vuelta “Pampa”.

 

Siempre el profe Carpio.

 

Bustamante trabajó en Fiscalía de Estado, y recuerda entre sus compañeros “a Walter Kunz, Mary Bassa, Sonia Goyeneche, Norma Anchuvidar…”. Un día pidió un año sin goce de haberes en ese empleo, y se empezó a ir… “Venía en caída libre, no estaba bien... En un momento entré a cantar en el coro de Alberto Carpio, y allí encontré una contención, nueva gente, y me sentí mejor. Ahí salió un viaje a Europa del grupo, lo concretamos y nos fuimos por un mes... De alguna forma me sirvió para darme cuenta que el mundo no terminaba en Santa Rosa ni mucho menos”.

 

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