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Una voz de linaje internacional

Redacción 18/10/2026 - 00.17.hs

Es la diva que siendo una jovencita supo conquistar el Teatro Colón. Rozó además la gloria en La Scala de Milán pero eligió el cuidado de sus hijos y la docencia en la llanura como su mejor escenario.

 

MARIO VEGA

 

“Yo soy yo y mis circunstancias". La célebre frase del filósofo español José Ortega y Gasset, pretendería explicar que nuestra vida no depende sólo de nosotros, sino también del entorno, del tiempo y el lugar en que vivimos.

 

Y sí, pienso que todo lo tiene que ver en nuestro destino, en cómo se va desarrollando nuestro transcurrir en este mundo --esto es nuestra identidad y nuestra vida-- no depende sólo de quiénes somos.

 

Seguramente aquella chiquilina no habrá tenido tiempo para razonar o filosofar sobre lo que le estaba sucediendo: “No se hable más… usted mañana debuta con Gretel”.

 

Algo, ajeno a ella, había sucedido para que ese estreno se produjera así, intempestivamente. Sí, la circunstancia la había puesto ante la gran oportunidad de su vida.

 

Las Walkirias de Wagner.

 

Hay vidas que se escriben como si fueran partituras, donde cada modulación y cada nota parecen responder a un diseño providencial. En el mapa de la lírica nacional, el nombre de Gladys Martino tiene brillo propio. Nacida bajo el vértigo de Buenos Aires, pero pampeana por arraigo y por amor, esta soprano extraordinaria supo habitar las cumbres más exigentes de la ópera. Y muchos no lo saben.

 

Sin embargo, cuando tuvo en sus manos la perspectiva de la consagración europea prefirió escuchar el llamado más íntimo de su corazón de madre, y la misión callada de sembrar arte en el desierto.

 

La historia de Gladys Martino con la música lírica comenzó a los ocho años, en ese territorio de la infancia donde los destinos suelen sellarse con la fuerza de una revelación.

 

Su padre, Francisco —a quien recuerda con ternura como "el hombre más pacífico de este mundo"—, solía cantar poblando la casa de melodías cotidianas.

 

Pero el recuerdo exacto que definió su vocación irrevocable fue otro, un relámpago que sacudió su niñez: escuchar Las Walkirias de Richard Wagner.

 

Esa potencia orquestal que desafiaba los límites de lo humano, obró en la pequeña Gladys un deslumbramiento absoluto. "Allí me dije... seré cantante lírica, ¡quiero cantar así!", rememora hoy. Y la mirada se le enciende como aquella vez cuando siendo una niña acababa de descubrir su norte en el universo.

 

¡Al Colón!

 

Pocos años después, a los trece, el destino volvió a darle una señal. Durante una visita escolar al imponente Teatro Colón, la adolescente Gladys se desprendió por un instante de sus compañeros y contempló la felpa roja, el imponente techado… Y no pudo evitar imaginarse allí, proyectando su canto hacia la vastedad de esa sala. "Cuando me paré sobre el escenario dije: 'Acá voy a cantar'". No era una fantasía de juventud; era un pacto silencioso con el futuro.

 

Tras siete años de riguroso estudio con los más grandes maestros de repertorio lírico en la Argentina, apuntalada siempre por el sacrificio y el apoyo incondicional de su padre, y de su madre Paula —quien hoy comparte el hogar con ella en Santa Rosa—, la joven soprano atravesó las puertas del gran coliseo. A los tempranos 20 años de edad, ya estaba cantando de manera profesional en el Teatro Colón.

 

Su ingreso se produjo inicialmente en las filas del coro, el monumental engranaje humano del teatro. Sin embargo, su timbre singular, su musicalidad perfecta y esa entrega interpretativa que la caracterizaba aceleraron los tiempos. Cuatro años más tarde, la dirección del teatro la contrató formalmente como solista.

 

El gran debut.

 

Su estreno en ese rol estelar llegó de manera imprevista. Martino se desempeñaba como suplente de la cantante titular para una producción de la célebre ópera Hänsel y Gretel, de Engelbert Humperdinck. De pronto se conoció que la soprano titular se enfermó horas antes del ensayo general y Gladys fue convocada de urgencia para asumir la responsabilidad técnica frente a la orquesta y la dirección.

 

Al terminar la exigente pasada general, donde la joven desplegó una solvencia técnica impecable, el director del teatro entró decidido a su camarín. Con el pulso todavía acelerado, Gladys escuchó las palabras que cambiarían su historia: debía debutar como Gretel ante el gran público del Colón.

 

La soprano, desbordada por la timidez y el respeto sagrado al protocolo lírico, atinó a objetar tímidamente que ella era sólo la suplente, pero recibió una instrucción inapelable: "Ni una palabra más. Mañana usted debuta con Gretel".

 

Y así, vestida de inocencia, casi sin darse cuenta, Gladys Martino se apoderó de la escena, recibiendo la primera de las tantas ovaciones que jalonarían su carrera en los principales teatros de la Argentina, incluyendo también memorables roles protagónicos en el Teatro Argentino de La Plata.

 

Gladys y La Scala de Milán.

 

El camino de la perfección vocal la llevó a cruzar el océano. Completó y pulió su disciplina en las grandes capitales europeas, realizando perfeccionamientos de alta escuela en Italia y Alemania. Fue en 1994 cuando el destino la puso ante el nombre más codiciado por cualquier cantante lírico del planeta: La Scala de Milán.

 

Martino había viajado a la capital de la Lombardía con el propósito de tomar clases y perfeccionarse con la mítica soprano Adelaide Saracheni.

 

En ese contexto de exigencia extrema, la joven argentina quiso realizar una audición en el mismísimo templo milanés, impulsada también por el deseo de refrendar y conocer el nivel pedagógico de su maestro de repertorio, Roberto Curvelo. Para la prueba de fuego frente a los exigentes directores y cazatalentos de La Scala, Gladys eligió interpretar una pieza muy difícil: el aria de Norina, perteneciente a la ópera Don Pasquale de Gaetano Donizetti.

 

Linaje internacional.

 

Al terminar las últimas notas, el silencio sepulcral de la sala se rompió con la aprobación de las autoridades del teatro, quienes, deslumbradas por su frescura y precisión le pidieron de inmediato que cantara otra pieza. Martino, en un acto de llamativa candidez, contó que había decidido llevar una sola pieza preparada para esa audición, a pesar que ya cargaba en sus espaldas con la experiencia de haber interpretado roles protagónicos absolutos en el Teatro Colón.

 

Con total honestidad la artista recuerda el trasfondo psicológico de aquella jornada: “Yo tenía miedo que me fuese bien”, confiesa a la distancia.

 

La audición, en efecto, fue un éxito rotundo. Las autoridades milanesas reconocieron de inmediato que estaban ante una voz de linaje internacional y le extendieron una propuesta formal para incorporarse a trabajar de manera permanente en las producciones de La Scala de Milán.

 

El Olimpo de la ópera abría sus puertas de par en par para la soprano argentina.

 

Primero, la familia.

 

Sin embargo, la oportunidad dorada traía consigo una condición innegociable: instalarse definitivamente en Italia, mudar su vida, sus pertenencias y su cotidianidad al viejo continente.

 

Una alternativa que, en ese preciso instante de su vida, chocó de frente contra sus más fuertes convicciones. “Tuve que rechazar el trabajo en La Scala de Milán. ¿Por qué? Porque yo tenía a Pablo y a Agustín chiquitos, y cuando uno toma un compromiso como madre, para mí, eso es indiscutible”, afirma hoy. Lo dice con una firmeza que no trasluce ni la más mínima sombra de arrepentimiento.

 

Gladys Martino descartó la posibilidad del desarraigo familiar con una frase que resume su identidad: “Es que de la Argentina no me iba”.

 

Sin frustraciones.

 

Lejos de lo que muchos críticos o melómanos podrían considerar un sacrificio doloroso o una cuenta pendiente, Gladys señala con una sonrisa que aquella decisión jamás le dejó una sensación de deuda o frustración con su carrera artística. “Fui feliz haciendo siempre lo que me gustaba, lo que amaba, lo que me apasionaba, y, bueno, así fue...”, sintetiza ahora.

 

Aunque renunció a desarrollar una carrera operística convencional en los teatros de circuito europeo, Gladys supo reconvertirse y proyectarse en el extranjero bajo otra modalidad que le otorgaba mayor libertad familiar: la de cantante recitalista, especializándose en la sutil y delicada música de cámara alemana y francesa.

 

Esta refinada actividad le permitió viajar y trabajar en Alemania, cantando las obras de los grandes compositores en su propio idioma original, demostrando que el arte verdadero siempre encuentra sus propios canales para brotar.

 

La vida en La Pampa.

 

La ligazón de Gladys con la geografía pampeana comenzó una década antes de aquella audición milanesa. En 1984 empacó sus partituras, sus vestidos de escena y sus sueños para radicarse definitivamente en Santa Rosa, acompañando a su esposo, el conocido médico traumatólogo Daniel Trabb. Buenos Aires quedaba atrás como residencia fija, pero su relación con el gran coliseo nacional nunca llegó a cortarse.

 

Durante años, Gladys Martino mantuvo una rutina singular que combinaba el silencio de la llanura con el bullicio de los ensayos generales en la gran capital. Vivía unos días de la semana en Santa Rosa, cuidando de su familia, y otros los pasaba viajando, cantando y trabajando en el Teatro Colón. "Los directivos del Teatro me tenían mucha paciencia", recuerda con gratitud. “Sabían que era una jovencita que cantaba con mucha responsabilidad de estudio y pasión".

 

Esa dualidad en su vida iba a fraguar en ella una templanza especial.

 

El “aguante” de los hijos.

 

En suelo pampeano nacieron y crecieron sus hijos, Pablo y Agustín, a quienes define como "muy pampeanos, porque nacieron y residen aquí, y aman profundamente La Pampa". El mayor, Pablo, eligió seguir las huellas de su padre y es médico traumatólogo; mientras que Agustín optó por abrazar la carrera de Turismo. En este tiempo la familia se ha ensanchado con la llegada de tres nietos hermosos –Faustina, Mateo e Hilario-- que llenan de risas el hogar de los Trabb-Martino.

 

Con humor Gladys comprende hoy lo complejo que debió ser para sus hijos convivir con una madre dedicada a las exigencias acústicas del bel canto. "No siguieron mi camino, eligieron sus rumbos y profesiones, pero es verdad, convivir con una mamá cantante lírica no era nada fácil...", relata risueña.

 

Y agrega: “Cuando era chicos se quejaban… ¡Mamá canta todo el día, todo el día...!".

 

Es que la técnica de una soprano exige horas interminables de vocalización, de sostener notas altas, de repasar libretos en idiomas extranjeros y de pulir imperfecciones antes de subirse a los grandes escenarios. "Hoy los comprendo. Imaginen... escuchar tantas horas una soprano estudiando para cantar después en los teatros que me contrataban… Sí, se les hacía pesado", se ríe.

 

Intelectual del arte.

 

Quienes conocen de cerca a Gladys Martino saben que detrás de su calidez provincial se esconde una intelectual del arte, una mujer poseedora de un espíritu inquieto que se niega a la comodidad del descanso o del saber estancado. “Siempre estoy estudiando, me apasiona estudiar y poder comunicarme bien con otras culturas, entender a la gente de otras latitudes... ¡eso para mí también es Arte con mayúsculas!”, exclama con entusiasmo.

 

Esa curiosidad ecuménica la llevó a interpretar textos clásicos con una fidelidad filológica asombrosa. Y tan buena es que en los catálogos especializados de Compositores e Intérpretes Argentinos, Gladys ha dejado su impronta, incluyendo obras contemporáneas de autores nacionales que escribieron partituras específicamente para las características y los matices únicos de su voz de soprano.

 

Increíble demostración.

 

Ese puente tendido entre La Pampa y el resto del mundo tuvo su último y bellísimo capítulo hace dos años. En pleno corazón de Europa, en Madrid, en la imponente Basílica Pontificia de San Miguel --templo de deslumbrante arquitectura barroca-- la soprano argentina ofreció un recital de cámara que se recuerda como una velada de una emotividad desbordante.

 

Cuenta Gladys que estuvo “magníficamente acompañada” por el maestro músico español Javier Totajada y un grupo de prestigiosos cantantes de la lírica española.

 

Fue una notable demostración de Gladys Martino. La niña que se deslumbró con Wagner, la joven que conmovió al Colón y la madre que le dijo no a La Scala por amor a su familia, demostró una vez más –y lo hace cada tarde en su taller santarroseño— que la grandeza de una artista no se mide por la altura del escenario donde se para, sino por la generosidad con que decide entregar su don a los demás. Su voz, que pudo haber sido patrimonio de las grandes capitales del mundo, eligió ser el viento que hace cantar a la llanura. Por eso Gladys Martino, aunque tenga nivel internacional, es nuestra. Bien nuestra…

 

Formando voces en La Pampa.

 

El desembarco de Gladys Martino en la pedagogía musical santarroseña fue casi por azar. O quizás, además, por la necesidad de una comunidad sedienta de guías artísticos.

 

Su inicio como docente ocurrió una tarde cuando se encontraba en su casa esperando la llegada de su segundo hijo, Agustín. Dos jóvenes golpearon a su puerta con cierta timidez y le dijeron: “Señora, aquí no hay nadie que lo haga, ¡usted debe enseñarnos a cantar...!".

 

Ante ese pedido ella no se largó así como así: prefirió consultar con uno de sus referentes en el Teatro Colón, Horacio Rogner. El sabio maestro le dio una respuesta que se transformó en un mandato: "Adelante, incluso te enseñará el enseñar a otros...".

 

Y el Maestro tuvo razón. Así Gladys abrió las puertas de su taller y comenzó una trayectoria pedagógica que ya lleva 39 años ininterrumpidos. Desde el primer día puso absolutamente todo en su tarea de enseñar. “Nunca me reservé ningún secreto del bel canto, y enseñar me hizo sentir muy feliz. ¡Ver a mis alumnos cantar es maravilloso!", dice hoy.

 

Por su estudio pasaron decenas de talentos de la lírica y del canto popular, alumnos que bajo su tutela ganaron concursos nacionales. Uno de los casos más emblemáticos es el de Lucas Arrieta, el joven de Lonquimay. Gladys recuerda el pacto inicial que selló con él: "Te daré clases pero si me dejás enseñarte lírica". El trato dio sus frutos: hoy Lucas canta de manera profesional en las salas del mismísimo Teatro Colón.

 

Para Martino la actividad que lleva adelante –y lo que sucede en otras ciudades--, da excelentes frutos: “En el país veo grupos independientes que hacen Ópera, y posibilita que los cantantes puedan llegar a los grandes escenarios”, señala con satisfacción.

 

“Es una de las grandes”.

 

“Gladys Martino tiene un nivel internacional. Es una soprano muy pero muy buena, y su técnica es espectacular”. El maestro Pablo Dell' Oca Sala, quien fuera director de la Banda Sinfónica de la provincia; y que supo desempeñarse al frente de la Orquesta Nacional de Música Argentina “Juan de Dios Filiberto”, es una voz más que autorizada para opinar.

 

Al destacar a la soprano fue contundente: “Queda sobreentendido que es muy buena, porque cuando se llega a papeles protagónicos en el Colón, e incluso habiendo actuado en Europa no puede ser de otra forma”, agregó.

 

Siempre en el mismo tono concluyó: “Por otro lado, siempre fue muy emprendedora, en la manera de trabajar y crear espectáculos. Además es excelente repertorista. No quedan tantos buenos, y ella es una de las grandes”, la elogió.

 

Un talento pampeano sin fronteras.

 

Alumna y maestra.

 

Una fotografía muy querida por la artista. Junto a su Maestra de Milán, Italia, Adelaide Saraceni. Gladys es una de las voces más caracterizadas de la ópera nacional y es nuestra.

 

Formadora de artistas.

 

Gladys Martino en su estudio en Santa Rosa. Por allí pasaron muchos artistas que luego se iban a lucir en distintos escenarios. Uno de ellos es Lucas Arrieta, que hoy se luce en el Colón.

 

Teatro Colón.

 

La cantante lírica brillando en una ópera en el Teatro Colón. Fue tentada para integrarse a La Scala de Milán, pero desistió de quedarse en Italia y eligió su país para vivir.

 

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