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Jueves 23 de abril 2026

Emigró, durmió sobre chapas y salió adelante con la horticultura

Por Redacción 23/04/2026 - 20.35.hs

El día en una chacra comienza bien temprano, cuando todavía no salió el sol, como para ganarle unos minutos. No importa si hace frío o si es feriado, hay que estar. A eso, Lourdes Madalleno lo sabe muy bien desde joven.

 

Nació en Tomatitas, una localidad cerca de la ciudad de Tarija, en Bolivia. Creció al costado del río Guadalquivir, donde aprendió todo relacionado a la siembra de la tierra, que se convirtió en su modo de vida, es decir, en su esencia.

 

Tuvo que irse de su lugar en busca de mejores oportunidades. Con 24 años llegó a la Argentina con su pareja y una pequeña hija en el 2001, cuando por acá el país atravesaba una de las peores crisis sociales, económicas y políticas de los últimos años.

 

No le fue fácil salir adelante. Eligieron Santa Fe como primer destino. Allí trabajaron en condiciones de precariedad absoluta: “Dormíamos en unas chapas, en el piso de tierra, tapados con unas bolsas, estábamos felices de estar en familia, pero preocupados por el trabajo”.

 

De esa época recuerda que el trueque se veía por todos lados y el contexto era inestable y difícil. Sin embargo, Lourdes le daba importancia a que fue recibida con generosidad, según contó en una entrevista con el diario Río Negro.

 

“Soy feliz en este país, donde anduve siempre fui bien tratada, solo hay que trabajar y comportarse de manera correcta, entonces ¡qué te van a decir!”, sostiene.

 

En Santa Fe se dedicó a la producción hortícola, luego fue a trabajar en la cosecha de uva en Mendoza. Eran trabajos rurales, lo que le gustaba y sabía, pero no podían terminar de establecerse por más esfuerzo que hicieran. El dinero alcanzaba para la comida y listo.

 

Ante esa adversidad, eligió abandonar el ámbito rural y se fue a Córdoba a trabajar como empleada doméstica. Pasó de estar con la tierra, al aire libre, a estar encerrada en casas de familia durante 14 horas por día.

 

No obstante, esa experiencia le sirvió para aprender sobre organización, manejo de los tiempos, incorporación de hábitos, nuevas formas de relacionarse y también le permitió que su hija estudiara y se recibiera de abogada.

 

A pesar de todo, la tierra la seguía llamando. “No estábamos mal pero no era lo mío, yo tengo sangre de chacra, vengo del campo, mis padres son chacareros todavía y ya son grandes”, cuenta sobre aquel momento de su vida.

 

Los rumores acerca de que el sur del país era un gran lugar con oportunidades productivas le fueron llegando como deseos. Los recursos del Valle Medio en Río Negro tenían todo para brindar un crecimiento a quien quisiera trabajar.

 

En una oportunidad, viajó con su familia de vacaciones para conocer la zona. La primera impresión fue una sensación semi amarga, con vaivenes, pero la disponibilidad de agua, la calidad del suelo y la previsibilidad en la producción ejercieron poder.

 

“Donde hay agua, hay futuro”, reflexionó su marido, y eso les ayudó a tomar la decisión de intentarlo.

 

Empezaron de cero, otra vez. Trabajaron como peones rurales, cosechando durante extensas jornadas. Ahorraron y pudieron alquilar unas 20 hectáreas de tierra donde sembraron y produjeron.

 

Eso les salía bien, lo sabían hacer. El problema fue comercializar lo producido, otro aprendizaje al que tuvieron que desentrañar. Lo resolvieron al complementarse con la producción de semillas para exportación.

 

“Un sistema más exigente, controlado por técnicos, con estándares estrictos. Pero también con mejores márgenes. Ese esquema obligó a profesionalizar el trabajo, a ser más precisos, más constantes. Introdujo otra lógica productiva, más cercana a la planificación que a la intuición”, describió la nota citada del diario Río Negro.

 

Con esa acción, pudieron acceder a la compra de un terreno de 3 hectáreas ubicado a la vera de la ruta de entrada a la localidad de Lamarque, donde actualmente poseen un puesto de frutas y verduras.

 

No todo fue color de rosas: para comprar el lote tuvieron que arriesgarse con deudas y no era el mejor ubicado. Era bajo, húmedo y con problemas estructurales. Lo nivelaron, rellenaron y limpiaron, invirtieron recursos y tiempo.

 

A partir de ese momento todo fue en subida ya que pudieron incorporar invernaderos, diversificar cultivos y mejorar las ventas.

 

Para Lourdes, la horticultura no es solo una suma de horas de trabajo, sino su manera de vivir. Su modelo combina la autosuficiencia con la formación de trabajadores que luego abrieron sus propios caminos. En su chacra no hay margen para la improvisación; las tareas están divididas en bloques precisos y la diversificación de cultivos es la clave para reducir riesgos.

 

A pesar de las tormentas que a veces arruinan meses de siembra, su respuesta nunca es detenerse. Con un pragmatismo admirable, Lourdes entiende que las pérdidas son parte del sistema y que la única estrategia válida es recomponer y seguir. Hoy, su puesto de ventas es un hito en la zona, pero ella no lo vive como una meta alcanzada, sino como un proceso en marcha. Porque, como aprendió en este largo viaje desde Bolivia a la Patagonia, el futuro no es un lugar al que se llega, sino algo que se construye todos los días, con las manos profundamente hundidas en la tierra.

 

 

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