Investigadoras revisaron 25 años de estudios y ratificaron presencia de metales en la costa
Científicas argentinas analizaron 25 años de datos ambientales sobre el mar patagónico. El relevamiento detectó la presencia de componentes tóxicos en diversas especies marinas. Además, el informe advierte sobre un foco crítico de origen minero en la provincia de Río Negro.
Un exhaustivo trabajo de revisión liderado por investigadoras del CONICET, la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco y la Universidad de Buenos Aires logró trazar el primer mapa integral de la contaminación metálica en la costa atlántica patagónica.
Tras examinar 33 estudios de campo publicados entre 2000 y 2025, las especialistas confirmaron la preocupante presencia de sustancias como cadmio, mercurio, plomo y zinc en organismos que habitan un área de 3.000 kilómetros de biodiversidad, que se extiende desde el Golfo San Matías hasta el Canal Beagle.
De acuerdo con lo informado por el diario Río Negro, el estudio analizó cómo estos elementos nocivos —que no se degradan y se acumulan en los tejidos— afectan a algas, plantas, invertebrados y mamíferos marinos.
El panorama expone tanto fenómenos naturales como graves descuidos humanos. Respecto a las causas geológicas, las expertas detallaron que “los metales traza se encuentran naturalmente en la biosfera, originados en erupciones volcánicas, meteorización de rocas y erosión del suelo”. No obstante, el mayor peligro radica en el impacto de las actividades industriales y urbanas.
El punto más alarmante del informe se localiza en la bahía de San Antonio, un foco que arrastra cuatro décadas sin remediación efectiva. En una entrevista con el medio rionegrino citado, la investigadora Erica Giarratano —quien trabajó junto a Mónica Noemí Gil y Gabriela Malanga— explicó que lograron ratificar “que la bahía de San Antonio mantiene desde hace décadas un problema silencioso: los residuos de una mina abandonada, generados entre 1960 y 1980, todavía filtran metales al ambiente marino”.
Los desechos de fundición que quedaron al aire libre son arrastrados por las lluvias, facilitando que el plomo, el cobre y el zinc sean absorbidos por la fauna local, como los cangrejos de la zona.
El análisis, publicado en la revista científica Environmental Research, también arrojó luz sobre las respuestas biológicas de las especies expuestas. Al evaluar los mecanismos de daño celular en la fauna costera, las autoras concluyeron que “la toxicidad de los metales para los organismos, medida a través de biomarcadores de estrés oxidativo, no estuvo necesariamente relacionada con la concentración total acumulada”.
Finalmente, ante la dispersión de los datos previos y las metodologías heterogéneas utilizadas en los últimos 25 años, las científicas recomendaron unificar los protocolos de muestreo y establecer estaciones de monitoreo permanente, con especial urgencia en la bahía de San Antonio, para brindar herramientas sólidas a los tomadores de decisiones ambientales.
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