Se publicó un estudio para optimizar las terapias contra el Parkinson
Un equipo del CONICET publicó un estudio realizado por investigadores del Centro de Investigaciones en Química Biológica de Córdoba y un laboratorio de la Universidad Grenoble Alpes (Francia) revelaron que L-Dopa, la terapia más frecuente y efectiva para tratar el Parkinson, además de cumplir su rol terapéutico interactúa con la estructura interna de las neuronas de una manera hasta ahora desconocida. Es decir, que genera alteraciones que podrían ser una de las causas de los efectos adversos que suelen aparecer después de muchos años de tratamiento. Este estudio fue publicado en la revista especializada en Francia.
Los científicos descubrieron que L-Dopa puede incorporarse a los microtúbulos que forman parte del esqueleto interno de las neuronas. Estos microtúbulos funcionan como “rieles” microscópicos que permiten el movimiento interno de sustancias esenciales y tienen un papel crucial en el mantenimiento de la conexión entre las neuronas (sinapsis). “El problema es que cuando L-Dopa se integra en estos microtúbulos los hace menos dinámicos afectando su ingreso a las espinas dendríticas, estructuras que funcionan como las ‘antenas’ receptoras de la neurona donde se forman las sinapsis. Como consecuencia directa de esto, las neuronas comienzan a perder espinas, claves para la comunicación neuronal. Entendemos que esta inestabilidad sináptica podría explicar algunas de las complicaciones que aparecen luego de un tiempo prolongado de tomar L-Dopa”, señala Gastón Bisig, investigador del CONICET.
¿Qué es el Parkinson?
El Parkinson es una enfermedad neurodegenerativa crónica que afecta el movimiento. Sus síntomas más frecuentes son los temblores, la rigidez muscular, la lentitud de movimientos y los problemas de equilibrio o postura. Su causa es la muerte progresiva de las neuronas responsables de producir dopamina, un neurotransmisor fundamental para procesos como el control del movimiento, la memoria, la recompensa cerebral y el aprendizaje, entre otros. Aunque puede aparecer en edades más tempranas, afecta principalmente a personas mayores de 60 años y es la segunda enfermedad neurodegenerativa más frecuente después del Alzheimer.
La terapia más frecuente y efectiva para tratar esta enfermedad es la administración de levodopa (L-Dopa), un fármaco que el cerebro puede transformar en dopamina. El desarrollo de este fármaco a fines de la década del 60’ fue un hito en la historia de la medicina y permitió mejorar la vida de los pacientes con la recuperación de funciones motoras que se consideraban perdidas. Aunque la L-Dopa es considerado el tratamiento “estándar” para el Parkinson, después de la administración prolongada pueden aparecer efectos secundarios, como disquinesias (movimientos repetitivos erráticos que el paciente no puede controlar), fluctuaciones en la respuesta al medicamento o incluso ciertos síntomas cognitivos y emocionales.
Los ensayos
“Realizamos estudios bioquímicos complementarios en ‘tubos de ensayo’, donde armamos microtúbulos purificados enriquecidos en L-Dopa. Este sistema artificial nos permitió evaluar reacciones que ocurren en el interior de las células, pero en un entorno controlado. De esta forma, pudimos comprobar que, una vez que la L-Dopa se incorpora en los microtúbulos, las enzimas naturales de la célula no logran removerla, lo que sugiere que este cambio puede persistir en el tiempo”, afirma la primera autora del estudio Agustina Zorginotti.
La posibilidad de nuevas estrategias terapéuticas futuras
De acuerdo con Bisig y Zorginotti, si bien no hay dudas que L-Dopa sigue siendo una herramienta indispensable para el tratamiento de los síntomas motores del Parkinson, los resultados de su estudio abren la puerta a una reflexión importante sobre su uso prolongado. “Si la L-Dopa modifica los microtúbulos de manera estable y produce una pérdida progresiva de espinas dendríticas y sinapsis, esto podría contribuir a varios de los problemas que aparecen con los años. Comprender este mecanismo brinda una posible explicación estructural para esos efectos”, afirma Bisig.
Asimismo, ambos destacan que los hallazgos realizados abren la posibilidad de desarrollar nuevas estrategias terapéuticas que apunten a proteger los microtúbulos o impedir que la L-Dopa se incorpore en ellos. “Incluso podrían inspirar el diseño de tratamientos complementarios que mantengan la plasticidad sináptica y reduzcan la vulnerabilidad de las neuronas al deterioro. En conjunto, nuestros resultados invitan a pensar la terapia del Parkinson de una manera más integral, considerando no solo la química del neurotransmisor sino también la salud estructural de las conexiones neuronales”, agrega Zorginotti.
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