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Martes 20 de enero 2026

Cuando la prensa de la derecha se convirtió en una máquina de mentir

Redacción 20/01/2026 - 00.14.hs

Por Sergio Santesteban

 

En apenas un año el “periodismo de guerra” inventó el “asesinato” del fiscal Alberto Nisman; acusó al entonces candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, Alberto Fernández, de ser responsable intelectual de un resonante triple crimen; celebró la detención injustificada y la posterior persecución judicial contra Milagro Sala y minimizó el fraude electoral de Cambridge Analytica.

 

En 2015 la prensa corporativa porteña aceleró a fondo. Siempre había defendido los intereses de la elite económico-financiera del país y venía desplegando todo su poder de fuego contra el gobierno nacional de Cristina Kirchner. También por cuestiones que al Grupo Clarín le interesaban muy directamente como la fusión Cablevisión-Multicanal, la televisación del fútbol o la Ley de Medios Audiovisuales entre otras.

 

Fueron los tiempos en que se acuñó la expresión “periodismo de guerra”, perteneciente a Julio Blanck, el fallecido periodista del grupo. Aquel año Clarín y todos sus satélites junto a La Nación e Infobae, los medios de mayor audiencia por lejos, decidieron poner toda la carne en la parrilla. Y eso involucró quemar los manuales de estilo que esa prensa presumía respetar.

 

Suicidio por “asesinato”.

 

El periodismo “serio” e “independiente”, como gustaba autoelogiarse, se olvidó de las reglas básicas de la profesión: el rigor en la búsqueda y el tratamiento de los datos de la realidad y la opinión sujeta al análisis desapasionado que los datos proporcionan. El cúmulo de fake news (noticias falsas), de operaciones de alto impacto mediático y de manipulación de los datos comenzó a ser tan desmedido que terminaron convirtiendo el suicidio del fiscal Alberto Nisman en un “asesinato”.

 

Es imposible encontrar en los anales del periodismo argentino –y muy difícil en los del periodismo mundial- un caso que, como este, reúna semejante cúmulo de mentiras y operaciones en el tratamiento de la información y la opinión. Otros medios capitalinos que siguieron el tema con seriedad y apego a los datos, aunque con menor nivel de audiencia, posibilitaron cotejar el desempeño de todos ellos.

 

Es que el objetivo de esa prensa nunca fue el de informar y analizar la muerte de Nisman, sino golpear a un gobierno. Por eso no trepidó en usar ese trágico hecho para culpabilizarlo del crimen, inventando las teorías más disparatadas sobre los “autores”. De nada sirvieron los peritajes realizados por los expertos más calificados del país que determinaron que el fiscal estaba solo en su departamento cuando murió y que las puertas estaban cerradas del lado de adentro. No hubo caso. Los “ingenieros del caos” se las ingeniaron para sembrar dudas, calumniar, mentir y hacer todo aquello que el correcto ejercicio del periodismo desaprueba.

 

Contra “la Morsa”.

 

Meses más tarde tuvo lugar otra de las grandes vergüenzas de la política y del periodismo argentinos. Elisa Carrió denunciaba desde las pantallas del programa de Jorge Lanata, en Canal 13, que Aníbal Fernández, entonces jefe de gabinete de CFK, era “la Morsa”, el autor intelectual del triple crimen de General Rodríguez. Eso ocurría apenas una semana antes de las PASO de aquel 2015. Como era de prever, con semejante bomba explotando en plena campaña, Fernández fue derrotado por María Eugenia Vidal. Nunca se pudo probar aquella acusación lanzada al aire en forma tan alevosa, Lanata y Carrió siguieron haciendo daño con absoluta impunidad y, por supuesto, la derecha festejó.

 

Aquellas elecciones presidenciales de octubre de 2015 fueron objeto de manipulación mediante las redes sociales. El escándalo de Cambridge Analytica, conocido poco después, permitió saber que a través de Facebook, por entonces la red social estrella, había sido objeto de un experimento a gran escala. Mediante la filtración de datos personales, aquella empresa británica generaba millones de mensajes direccionados y personalizados, destinados a destruir la imagen pública de determinados candidatos y a exaltar a sus rivales. Las investigaciones realizadas en los Estados Unidos y Gran Bretaña permitieron conocer que la victoria de Donald Trump Sobre Hilary Clinton en 2016 como la de Mauricio Macri sobre la de Daniel Scioli, el año anterior, habían sido objeto de esa “intervención”, como también las elecciones británicas que definieron el “Brexit”, es decir, la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Nada menos.

 

Para la prensa corporativa argentina, esta revelación de enormes implicancias políticas no tuvo, ni por lejos, la cobertura que hubiera merecido. Se entiende, había apostado todas sus fichas mediáticas al triunfo de Macri y, una vez alcanzado, nada debería oscurecer aquel resultado. Las “investigaciones” de esa prensa, como las “informaciones” también están direccionadas con nombre y apellido. Como ya se sabe muy bien, no es lo mismo investigar a un “K” que a un “M”.

 

Presa por Milagro.

 

Apenas finalizado el año 2015, el gobernador jujeño Gerardo Morales se daba un gran gusto: encarcelar a Milagro Sala. Para ello cometió todo tipo de arbitrariedades y hasta ilegalidades con un aparato judicial que manejó a su antojo. En el lado opuesto, otra vergüenza: Carlos Blaquier, el verdadero “dueño” de Jujuy y de su casta política, resultó intocado para la justicia y murió sin siquiera ser juzgado por su complicidad en la “Noche del apagón”, ese acontecimiento horroroso en plena dictadura videlista que terminó con centenares de detenidos y torturados, de los cuales 33 continúan desaparecidos. Mientras la persecución a Milagro Sala fue festejada por los grandes medios porteños, con amplísimas coberturas, el currículum de Blaquier apenas fue una referencia marginal. Tampoco merecieron atención mediática los reclamos de varios organismos internacionales en favor de la libertad de Sala: ONU, CIDH, OEA, Amnistía Internacional, Human Rights Watch o el Parlasur.

 

Quedó muy claro, aquel 2015 y hasta ahora, que la prensa de la derecha se convirtió, definitivamente, en una gran máquina de mentir y manipular.

 

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