Martes 29 de noviembre 2022

El efecto mariposa

Redacción 02/10/2022 - 10.46.hs

Esta semana la NASA completó, en forma exitosa, una misión extraordinaria. Una nave espacial no tripulada consiguió estrellarse contra un asteroide (en realidad, contra el satélite de un asteroide) en lo que representa un ensayo de laboratorio para el caso de que en algún momento la seguridad del planeta requiera de una medida por el estilo. Esto es, si a algún cuerpo celeste se le da por ingresar en alguna órbita errática que amenace coincidir con la nuestra, y con poner a la raza humana en un spiedo cósmico como el que se supone acabó con los dinosaurios.

 

Arte.

 

Una vez más, la vida imita al arte. La hipótesis del aerolito rebelde que debe ser achurado por la raza humana fue objeto de una película reciente, "No miren arriba", con Leonardo Di Caprio y Meryl Streep. Allí se planteaba -en tono de comedia- la posibilidad de que se abriera una grieta entre los humanos incluso ante esa catástrofe inminente, y que los poderosos del mundo intentaran sacar ganancias del episodio. Es todo lo que contaremos al respecto (para no espoliar, como dicen ahora).

 

No es la primera vez que esto ocurre. Cuando Stanley Kubrick filmó "2001: Odisea del espacio", en 1968, muchas de las situaciones de gravedad cero, y de los chiches tecnológicos que rodean a los protagonistas, no habían sido aún experimentados en los viajes espaciales: ni siquiera se había llegado a pisar la luna, cosa que ocurrió recién al año siguiente.

 

Es un poco injusto. Los muchachos de la NASA se la pasan años y años estudiando misiones, y gastando dinero a lo pavote, para que cuando finalmente cumplen con sus arriesgadas misiones espaciales, todos nos hacemos los aburridos, y comentamos, displicentes: "Ah, eso ya lo vi en el cine".

 

Efecto.

 

Todavía no se sabe a ciencia cierta cuál fue el resultado exacto de aquella colisión espacial, donde evidentemente todavía no rige el "alcohol cero". El asteroide en cuestión (su nombre es Dimorphos, y es francamente feíto) tiene apenas 160 metros de diámetro, y está a unos 11 millones de kilómetros de distancia, así que se pone complicado para verlo en el telescopio y calcular cómo quedó de chapa y pintura. En los días por venir comenzarán a medir las alteraciones en su órbita -la alteración de su humor se da por descontada- para ver si la próxima vez tienen que apuntarle con algo más contundente.

 

Pero claro, a quienes hemos leído un poco de ciencia ficción, el episodio no nos deja demasiado tranquilos. Imposible no recordar aquel cuento de Ray Bradbury, "El sonido del trueno", según el cual, en 2055 -año en el que transcurre la acción- ya hemos dominado la tecnología necesaria para viajar en el tiempo, y una misión se traslada a un pasado distante, en épocas de los dinosaurios. Uno de los viajeros mata accidentalmente a una mariposa, y al volver al presente, se encuentran con que el mundo ha cambiado en pequeños detalles, sutiles pero significativos. Un pequeño accidente ha desencadenado una pesadilla irreversible.

 

De ahí viene lo del "Efecto mariposa", esto es, la idea de que hechos aparentemente insignificantes pueden tener un impacto no lineal -y dramático- en los sistemas complejos. El ejemplo clásico, que el leve aletear de una mariposa pueda eventualmente causar un tornado. Quién sabe si Dimorphos no se toma venganza, y esta jugada nuestra no termina haciendo un desbarajuste en el billar cósmico, gracias al cual, terminamos mandando la bola negra a la tronera.

 

División.

 

Esta concatenación aparentemente caótica de eventos se estudia también en las ciencias sociales, a partir del concepto del "significante". La idea es que una palabra o concepto cualquiera puede evocar a otra cosa, pero ésta, a su vez, a otra, en una cadena infinita e impredecible, donde al final todos los significantes carecen en realidad de sentido.

 

Para muestra un botón. En Manchester, Inglaterra, sobre fines de la década del setenta, hubo una banda llamada Joy Division. Su líder, Ian Curtis, le puso ese nombre debido a su obsesión con la Segunda Guerra y, en particular, con el nazismo. Una "Joy Division" (División del placer) era, para los nazis, un grupo de mujeres convertidas en esclavas sexuales para satisfacer a las tropas que volvían del frente. Desde luego, muchas de esas mujeres eran judías: se ve que para eso no les importaba tanto lo de la "raza inferior".

 

Por esa misma época vivía en Inglaterra un joven italiano llamado Luca Prodan, quien por los azares del destino terminó viviendo en Argentina durante la década siguiente, donde fundó otra banda llamada Sumo. Una de las canciones que compuso se titulaba, en castellano, "Divididos por la felicidad", que es en realidad una mala traducción del nombre de aquella banda inglesa que admiraba. "División" en ese contexto se refiere a una unidad militar, no a una operación matemática.

 

Ese es el origen, a su vez, del nombre de "Divididos", una banda que se formó con algunos de los miembros de Sumo que quedaron a la deriva cuando Luca Prodan falleció tempranamente, tal como su admirado Ian Curtis. Y podría seguirse esta cadena de significantes, por ejemplo, vinculando a los autores que ha versionado Divididos, desde la Mona Jiménez hasta Atahualpa Yupanqui. Todos entrelazados, lo sepan o no, con aquella infame atrocidad cometida por los nazis.

 

Todas estas especulaciones podrán parecer inútiles y sin sentido. Pero al fin y al cabo, nada lo tendrá, el día que Dimorphos descubra de dónde vino la piña, y enfile en nuestra dirección para devolvernos el golpe.

 

PETRONIO

 

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