El gran simulador
Hay quienes van a Davos y dan discursos medulosos, elegantes, que marcan un cambio de época. No es el caso del invertebrado presidente argentino (miembro de la orden de mendicantes del Premio Nobel) quien desperdició su tiempo y el de la audiencia anunciando, un poco tarde, la muerte de Maquiavelo. For the record: Nicolás Maquiavelo, como saben todos en Europa, falleció el 21 de junio de 1527. En cambio, el primer ministro canadiense, Mark Carney, hizo algo mucho más efectivo y exitoso: despertar al auditorio denunciando la mentira en que se venían sosteniendo nuestras vidas, y señalando las oportunidades que se abren para las "potencias medias" que se nieguen a la sumisión que plantean los patoteros del mundo (una opción que deberá seguir Argentina en cuanto elija un presidente como la gente).
Beatle.
Es imposible no simpatizar con el premier de Canadá, cuyo discurso, si bien técnico y muy orientado a un público de banqueros y hombres de negocios, está basado en razonamientos bien desarrollados y conectados unos con otros. Es imposible además no gustar de alguien cuyo nombre suena casi igual que el apellido del Beatle Paul.
Para colmo, a poco de empezar, Carney acudió a la cita de un poeta, el checo Valclav Havel, quien además de sus dotes literarias fue un digno líder demócrata, protagonista de la "revolución de terciopelo" de 1968, y más tarde electo presidente de su país. En uno de sus escritos, Havel sostenía que el orden soviético se basaba no sólo en los tanques rusos, sino sobre todo en la aquiescencia de miles de ciudadanos que participaban de rituales cotidianos, como los verduleros que colgaban carteles en sus negocios con el slogan "¡proletarios del mundo, uníos!" aún sin convicción. Esto es poesía pura.
Pero el auditorio que aplaudió al primer ministro de Canadá no estaba compuesto de poetas, sino esencialmente de gente de negocios, como el propio orador, cuya trayectoria profesional transcurrió por décadas en el sistema financiero. Y su discurso, en definitiva, no fue tanto una confesión o un arrepentimiento por haber participado de un orden internacional mentiroso: fue una invitación a replantear para el futuro cómo siguen los negocios entre países y empresarios.
Falso.
Como el canario que los mineros llevaban a la mina -que era el primero en sucumbir ante la falta de oxígeno o los gases tóxicos-, alguien tenía que plantarse en la escena internacional y denunciar que lo que estamos viviendo desde hace por lo menos un año "no es una transición, sino una ruptura".
"Sabíamos que el cuento del orden internacional basado en normas era parcialmente falso. Que los más fuertes se apartaban de él cuando les convenía. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima. Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proveer bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y marcos para resolver disputas".
Ahora que el poderío económico y -sobre todo- militar se exhibe amenazante, Carney llama a resistir la tentación de "adaptarse para encajar", de "acomodarse para evitar problemas", y de "esperar que el acatamiento compre seguridad", que es precisamente la tesis de la abyecta administración argentina.
Cómplice.
Es claro que Canadá es bien distinto de EEUU, con su política social a la europea, donde los servicios públicos de calidad y gratuitos (particularmente, la salud) mantienen allí un "estado de bienestar" que caracterizó al occidente de la posguerra, y que hoy pervive solo en un puñado de países, fundamentalmente escandinavos. Sólo revisar las estadísticas de muerte por arma de fuego entre ambos gigantes de Norteamérica da la pauta de adónde se valora más la vida y la dignidad humanas.
Pero esas notorias diferencias -que incluyen también la política migratoria, la tolerancia a la diversidad en un país bilingüe, etc.- no pueden opacar el hecho de que Canadá, durante todo este período del "orden internacional mentiroso" fue un férreo aliado estadounidense, acompañando todas y cada una de las aventuras intervencionistas de la guerra fría y más allá también.
Carney propone una salida para lo que él llama "potencias medias", con nuevas alianzas basadas en principios comunes, como las que el propio Canadá está ahora llevando adelante con socios como China y Catar, para espanto de Washington.
Sin embargo, esta confesión de complicidad (¡ups!) no se hace cargo de la pila de cadáveres que supusieron los golpes de estado en Iran, en África y Latinoamérica; o las campañas en Afganistán, Libia e Iraq, que además dejaron como saldo estados fallidos y enormes crisis humanitarias (y migratorias).
Al final de su discurso, envalentonado, expresó su solidaridad con Dinamarca por la embestida yanqui para quedarse con Groenlandia. Un gesto de dignidad de parte de un país al cual también amenazaron con anexar y transformar en el "estado número 51" de los EEUU. Y eso que en Groenlandia todavía no murió nadie. A diferencia de Palestina, donde la mentira del "orden internacional basado en normas" es palpable, y sobre ese punto, Canadá jamás ha abandonado su tibieza cómplice.
PETRONIO
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