La derecha extravagante
Domingo 25 de febrero 2024

La derecha extravagante

Redacción 07/12/2023 - 00.42.hs

Los métodos de la derecha para construir poder, y para aglutinar en una falsa unidad a los grupos sociales diversos que movilizan no han variado sustancialmente. El primero y principal es la creación de un enemigo imaginario, poderoso y temible, al que es preciso destruir.

 

JOSÉ ALBARRACÍN

 

"El presidente electo -de extrema derecha- en Argentina, es un ex instructor de sexo tántrico. Es un entusiasta del Bitcoin. Es dueño de cinco mastines, todos ellos clonados. Asegura haber hablado (luego de sus muertes) con los pensadores de derecha Murray Rothbard y Ayn Rand, como así también con su perro muerto Conan, el progenitor de los clones. Asegura haber visto la resurrección de Cristo tres veces, pero prefiere hablar de ello para no parecer extraño. En el pasado, llegó a ser futbolista semi profesional, músico de rock, comediante, y (acaso ésto sea una decepción) profesor de Economía".

 

Extraños.

 

Así comienza un largo artículo del grupo de prensa independiente Novara Media, titulado "¿Cómo fue que la extrema derecha se volvió tan extraña?". Una pieza que, por cierto, no se regodea en catalogar todas y cada una de las excentricidades del presidente que asumirá este domingo. Podrían haber mencionado las denuncias en su contra por plagio, sus notorios cambios de humor, que oscilan entre la ira y la depresión. Hasta podrían haber mencionado lo que quizá sea un récord mundial: el de un candidato a presidente que se siente en la obligación de aclarar que no ha tenido sexo con su propia hermana.

 

El foco del artículo es un fenómeno más global, y ciertamente contemporáneo, que se ha manifestado sobre todo durante la última década.

 

Como custodios del orden tradicional, los dirigentes de derecha solían aparecer como seres unidimensionales, muy conservadores con su imagen, y muy celosos de su intimidad. Su obsesión era proyectar su condición de líderes, el hecho consumado de su poder, y la certeza sobre su vínculo con el pueblo.

 

Que Mussolini presumiera de ser mujeriego, que Reagan proviniera de la industria del cine, o que Menem se entretuviera practicando deportes públicamente, eran meros detalles comparados con la enorme complejidad personal de los referentes de la derecha actual como Trump, Bolsonaro o Milei.

 

Métodos.

 

Los métodos de la derecha para construir poder, y para aglutinar en una falsa unidad a los grupos sociales diversos que movilizan (lo que Jean Paul Sartre denominaba "serialidad manipulada") no han variado sustancialmente. El primero y principal es la creación de un enemigo imaginario, poderoso y temible, al que es preciso destruir. Los judíos que demonizaba Hitler, no se diferencian en nada, desde esta perspectiva, con el peronismo, el comunismo, o -más recientemente- la "casta política", como blancos del odio colectivo.

 

Lo que resulta llamativo en la realidad actual es cómo esos mecanismos pueden ser llevados adelante por dirigentes que, lejos de proyectar solidez, bombardean al electorado con una enorme cantidad de mensajes, a veces contradictorios, muchas veces bizarros. Trump con su obscena riqueza, su narcisicismo impenitente, su desprecio por las normas por cualquier cosa que se oponga a su voluntad. Bolsonaro y su mezcla de autoritarismo militar con sus continuos berrinches y sus delirios místicos.

 

El artículo de Novara Media -que firma Richard Hames- cita como referencias teóricas a la obra de Theodor W. Adorno, "La personalidad autoritaria", y la de Klaus Theweliet, "Fantasías masculinas". Sin embargo, se concentra más en los fenómenos contemporáneos que podrían explicar el crecimiento exponencial de esta tendencia.

 

Sujetos.

 

Para ello, sostienen, es necesario responder a dos preguntas: ¿Qué clase de sujetos crea el capitalismo actual? y ¿Cómo es que la extrema derecha atrae a un grupo de éstos, particularmente extraño?

 

El clima de aislamiento social y fragmentación subjetiva donde abreva hoy la derecha -afirman- tuvo su caldo de cultivo en la crisis de 2008, cuando una política fiscal de dinero barato en los países centrales, permitió la aparición y fulminante auge del "capitalismo de plataforma", incluyendo a empresas como Uber, Airbnb, Spotify, YouTube, Instagram, TikTok, Snapchat, Netflix, WhatsApp, Pinterest, o Zoom.

 

Su éxito no se basó en las ganancias, sino en su promesa de capturar y formatear el futuro. Estas plataformas afectaron profundamente la vida de las personas, por un lado, creando una marea de trabajo basura, que pauperizó a millones, mientras al mismo tiempo obligaban a esas mismas personas al trabajo ciclópeo de generarse una personalidad coherente para poder funcionar en esas mismas redes.

 

Esas vidas encapsuladas, condenadas a vivir el trabajo, el ocio y las relaciones a través de estos horizontes ficticios, produjo un enorme resentimiento, retroalimentado por la propia arquitectura del sistema, propenso a promover la crispación y el odio, muchas veces de género.

 

Así sería como estos líderes-rompecabezas encontraron su público: "Sintiéndose vanos, nihilistas, desconectados del mundo, y descreyendo de la simulación de política que les proveían estas plataformas, los jóvenes se vieron propensos a aferrarse a cualquier cosa que pareciera un escape, un nuevo tipo de radicalismo".

 

El artículo concluye señalando la incapacidad que ha demostrado la izquierda para producir este nuevo tipo de líderes carismáticos. La respuesta, probablemente, no se encuentre en los libros de Sartre o Adorno, sino en algún argoritmo de TikTok.

 

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