Los despojos de la pandemia
Martes 20 de febrero 2024

Los despojos de la pandemia

Redacción 30/11/2023 - 00.34.hs

A días de cumplirse cuatro décadas de la recuperación democrática, asistimos a la novedad de un gobierno que, en buena medida, es una incógnita.

 

JOSE ALBARRACIN

 

Cuando se hizo evidente que la pandemia del Covid-19 constituía uno de esos eventos que parten en dos la vida de personas, sociedades y generaciones enteras, los seres humanos adoptamos básicamente dos actitudes diferentes. Tan diametralmente opuestas, que bien podría concluirse que es altamente improbable que la humanidad vaya alguna vez a alcanzar algún acuerdo más o menos unánime, ni siquiera ante la eventualidad de una invasión bélica extraterrestre.

 

Ciencia.

 

Un grupo importante de personas apeló a la autoridad de la ciencia para regular las conductas y calmar las ansiedades inevitables ante la amenaza mortífera. Pese a lo grave de la crisis, había motivos para el optimismo: desde hace siglo y medio venimos estudiando los virus, y si bien éste era novedoso, los científicos lograron descifrar su genoma, y producir vacunas protectoras, en tiempos increíblemente cortos.

 

Al resto de los humanos le quedaba acatar las disposiciones de las autoridades sanitarias (sobre todo, aislamiento, pero también, adquisición de hábitos de asepsia y vacunación) y adaptarse a un cambio radical de vida, por tiempo indeterminado. A la previsible angustia había que combatirla con creatividad, con orden, y -con suerte- aprovechando la oportunidad para recapitular la propia historia.

 

Después de todo, la ciencia enseña que si existe un motivo por el cual la humanidad es la especie dominante en el mundo hoy, se debió -conforme explica Yuval Harari- a su habilidad única para trabajar colectivamente en forma flexible, adaptándose a los cambios drásticos del entorno (esta última, la diferencia crucial con otras especies colectivistas como abejas y hormigas). Vale decir, nuestro éxito evolutivo no se debió a la presencia de individuos iluminados, sino a la inteligencia y adaptación del colectivo.

 

Magia.

 

Del otro lado, y fogoneada por la nueva realidad que plantean internet y las redes sociales, la reacción fue bastante menos racional. Arreciaron las teorías conspirativas, que llegaron a negar la existencia misma del virus, pese a la contundente evidencia sobre la enorme cantidad de infectados y fallecidos.

 

En un giro casi surrealista, se popularizó también otra teoría a-científica, la de que supuestamente el planeta Tierra sería, en realidad, plano. Que haya satélites y estaciones espaciales circundando constantemente el globo y mandándonos imágenes todo el tiempo, no impidió la propagación de este delirio, que ni siquiera aportaba algún tipo de recurso para enfrentar la angustia por la pandemia.

 

Sin embargo, la corriente que más creció dentro de estas tendencias irracionales fue la de los autodenominados "libertarios", que se apropiaron así de la denominación de una antigua vertiente del anarquismo, y que comenzaron a propagar la idea de que, aparentemente, los seres humanos no somos lo suficientemente egoístas.

 

Ante el trauma del aislamiento -que pronto comenzaron a transgredir- en vez de la solidaridad con los congéneres sufrientes, se aferraron al ego, y a una concepción utópica de la libertad, como si ésta fuera posible prescindiendo del otro. Esta deformación podría ser explicable en los jóvenes a los que la pandemia les truncó el proceso de aprendizaje social, y los condenó a una vida virtual en las redes sociales y los videojuegos. Mucho menos lo fue en notorios dirigentes políticos, que en lugar de aportar a la causa común, encontraron la oportunidad para socavar la legitimidad del gobierno de turno.

 

Alquimia.

 

Esta alquimia social sirve en parte para explicar la reconfiguración del mapa político argentino, y seguramente de muchos otros países. Desde luego, cuando se produce un vuelco electoral, jamás hay que descartar como factor determinante el castigo social a los malos gobiernos: de eso se trata la democracia, y en eso reside, acaso, su principal virtud.

 

Lo que no es tan frecuente es que, de pronto, y en apenas dos años, una fuerza política antes inexistente, con ideas poco arraigadas en la sociedad y por momentos extravagantes, haya conseguido -con la ayuda de los tortuosos resquicios de nuestro sistema electoral- hacerse con la presidencia de la nación.

 

No es raro que muchos de sus más fervientes adeptos sean esos primeros votantes cuyo proceso de sociabilidad fue interrumpido por la pandemia, y a los cuales la hermosa palabra "libertad" -siempre una bandera de la juventud- los interpela más que nunca.

 

Así es como a días de cumplirse cuatro décadas de la recuperación democrática, asistimos a la novedad de un gobierno que, en buena medida, es una incógnita. Pero independientemente de cómo resulte ese experimento político, lo imperioso es estudiar y pensar quiénes somos hoy como sociedad: ciertamente, no se parece a la de hace cuarenta años; probablemente, tampoco a la de hace cinco. Sin interpretar esta novedad, las fuerzas políticas tradicionales tienen pocas chances de sobrevivir.

 

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