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Domingo 10 de mayo 2026

Ni el Papa se salva

Redacción 10/05/2026 - 00.14.hs

Los argentinos sabemos mejor que nadie cómo es esto de que a uno lo elijan Papa. Es lo que le pasó a uno de los nuestros, Jorge Bergoglio. Te invitan a una de esas fiestitas en el Vaticano (cónclave, les llaman) y en menos que canta un gallo el parrillero hace salir humo blanco por la chimenea, y a vos te llevan al balcón a saludar a la gente que te espera en la Plaza San Pedro. Te obligan a cambiarte de nombre, a usar sotana blanca y hablar en italiano. Y dejás atrás todo lo que te era familiar, los alfajores, el asado, a San Lorenzo de Almagro, sin saber si alguna vez vas a volver. El pobre Bergoglio -que se puso de nombre Francisco, pero no logró vivir lo más Pancho- se murió sin haber vuelto jamás al barrio.

 

Prevost.

 

Su sucesor en el cargo, Robert Francis Prevost (ahora León XIV) habrá tenido la misma sensación cuando lo eligieron el año pasado. Una pila de obligaciones nuevas y un montón de asuntos pendientes de cuando se llamaba Robert. Cultor de la humildad, conocido por pagar su propio hotel y cargar su propio equipaje, a dos meses de asumir tuvo que hacer un trámite bancario, que acometió personalmente.

 

Lo ocurrido -al menos según la versión de su amigo, el reverendo Tom McCarthy, que puede verse en un video on line- resulta ser una buena muestra del maltrato al que estamos expuestos los mortales, cuando tenemos la desgracia de entrar en contacto con el sistema financiero.

 

Consciente de sus obligaciones como cliente de su banco, León llamó por teléfono a la línea de atención al cliente. Se identificó como Robert Prevost, y expresó su voluntad de cambiar el número telefónico y el domicilio que el banco tenía registrados como asociados a su cuenta. Respondió a todas las preguntas "de seguridad" que le formuló la operadora, sólo para ser informado, tras varios minutos de conversación, que para completar ese trámite tendría que concurrir personalmente a la sucursal.

 

Pacientemente le respondió que no podría cumplir con ese requisito, y que ya había pasado por el test de seguridad. Ante una nueva negativa, optó por "chapear" un poco, frustrado por no ser reconocido. "¿Ayudaría en algo si le digo que soy el Papa León?", dijo a continuación. La operadora, por toda respuesta, le colgó el teléfono.

 

Abuso.

 

El episodio es, sin dudas, una metáfora de la relación que el sistema financiero tiene con el resto de la humanidad. No hay otro modo de explicar cómo es posible que una empleada rasa -bastante ignorante por cierto- se sienta con el poder suficiente para cortarle el teléfono a una de las diez personas más importantes del mundo. Del intercambio surge a las claras que, contra toda lógica y sentido común (¿qué pasó con aquello de "el cliente siempre tiene la razón"?) quien debía servir al otro estaba haciendo lo contrario, sometiéndolo y humillándolo.

 

El negocio de los bancos es el dinero. Necesitan nuestro dinero como materia prima, y deberían pagarnos por prestárselo. En algún momento se las ingeniaron para convencernos -y a los entes estatales reguladores- que podían cobrarnos un "cargo de mantenimiento". Que disfracen esa exacción con programas de "regalos" por acumular puntos (que no son más que negocios colaterales del propio banco) no deja de ser otra imposición que nadie solicitó.

 

Por si fuera poco, con el advenimiento de internet y del "homebanking" han encontrado la manera de hacernos trabajar para ellos, de forzarnos a hacer nosotros el trabajo de ellos, en nuestra computadora, con nuestra conexión, y en nuestro tiempo libre. Y ¡guay! si ignoramos algún tecnicismo (como el "stop debit") o cometemos algún error: el "servicio al cliente" se encargará de amonestarnos por la falta.

 

Y así como ya no sirven a sus clientes, tampoco sirven a la economía que parasitan. No dan créditos accesibles que contribuyan a la producción, generan inflación con su falsa creación de dinero, venden varias veces la misma cosa, y son reponsables de la suba sostenida del precio de los inmuebles y inaccesibilidad de la vivienda. Todas estas trapizondas llevaron a que, en 2008, se pusieran la economía mundial de sombrero, provocando una crisis mayúscula. Tuvieron que salir los gobiernos a "rescatarlos", mientras ellos seguían repartiendo bonos millonarios entre sus ejecutivos.

 

Milagro.

 

Visto de esta perspectiva, que el Papa hubiera obtenido un servicio adecuado de su banco hubiera sido un verdadero milagro. Habría que estar iniciando ya mismo el proceso para su canonización.

 

Pobre León. Él sólo quería cumplir como cliente y facilitarle a su banco el trabajo de encontrarlo, por si acaso. Porque su banco, por lo visto, ni se enteró de que tenía al Papa como cliente. Y es que, como diría China Zorrilla en Esperando la carroza, los bancos "no tienen religión".

 

En el fondo hay una nota de melancolía en toda la situación, con nuestro protagonista -"anclao" en Roma- temiendo acaso que, como le pasó a su predecesor, nunca pueda volver a pisar las calles de su Chicago natal. Y a lo mejor esa sea su mayor bendición. Lo más probable es que, si vuelve, se encuentre con la pesadumbre del barrio que ha cambiado, y la amargura del sueño que murió.

 

PETRONIO

 

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