Progresiva saturación
Con el paso del tiempo, lo que cinco o seis siglos atrás fueran bandos o comunicados, a menudo del poder de turno, eclesiástico o político, se fue trasformando en un oficio: la comunicación a las masas. Con un crecimiento paralelo al de los medios que le servían de instrumento –tipos de imprenta, impresoras mecánicas, trasmisiones a mediana y larga distancia— aquellas formas incipientes de información al público pergeñaron una de las actividades más importantes de la vida moderna: el periodismo.
Así, de la mera información escrita se pasó a la hablada y después a la de la imagen trasmitida (cada vez con más asombrosas formas electrónicas) pero siempre con dos epicentros fundamentales: el hecho y quienes le daban forma y carácter informativo. Según se evidenció, este podía o no favorecer en mucho el criterio político de quien lo percibía. O sea una formidable herramienta para cualquier gobierno dispuesto a manejar la información según sus necesidades o antojos. En cualquiera de sus formas, el periodismo pasó a ser una de las actividades más importantes e influentes en la vida cotidiana de los tiempos modernos.
Paralelamente, pasaron a un segundo plano los responsables de cómo se daba la noticia, independientes de su interpretación personal o plenamente identificados con ella. Un ejemplo de ello sería la recordada frase de Goebels quien, en su carácter de responsable de la propaganda hitlerista, planteaba con hipocresía y lucidez: “Miente, miente, que algo queda”.
Y es así, realmente. Quienes manejan la noticia (si no están dominados por una insensibilidad total disfrazada a veces como “profesionalismo”) están sometidos a diario a largas y variadas sesiones de información llegadas desde distintos ámbitos políticos de diferentes orientaciones (locales, nacionales e internacionales) que se ven obligados a relacionar, analizar y, finalmente, trasformar en mensajes breves, comprensibles y aceptables, a menudo tanto para los mandantes de turno como para los receptores a quienes se dirige.
Las consideraciones anteriores hacen a un tema específico: cuál es la reacción de los periodistas que, cotidianamente, deben enfrentarse con las noticias y, si nos referimos a nuestro país, con las malas noticias. Quien pretenda obrar desde un periodismo honesto debe plantarse frente a una catarata de falsedades, mentiras, insultos y maniobras de desinformación capaces de agotar y empañar al más prevenido. ¿Cómo repercuten esas condiciones en el nivel personal, mental y físico de los actores? Pues con una saturación progresiva que lleva a la afección, al malestar físico, a la enfermedad si se quiere… Ejemplo de ello es que las últimas semanas hubo al menos tres cronistas de nivel nacional, dos de ellos destacados, a quienes la tensión de su trabajo se tradujo en derrames cerebrales de distinta entidad que reclamaron medicinas pero fundamentalmente descanso. ¿Cuántos similares habrá que no trascienden?¿Cuántos deberán cumplir su tarea de informar con honestidad bajo la amenaza de un Presidente que –confeso— azuza el odio para con la gente de prensa y se refiere a una norme mayoría de ellos cubriéndolos de insultos y, de paso, apartando a los medios en los que se desempeñan de la publicidad oficial, por ley similar para todos.
Esas, y otras posturas oficiales, invitan a los fanáticos –o no tanto— a pasar a acciones de mayor entidad y fuerza, por caso de los varios ataques concretos a representantes de la prensa que, casualmente, eran críticos del gobierno. Los ejemplos son muchos y vienen de antiguo. Con las excepciones del caso, conocidas por todos, quizás no pueda calificarse a los periodistas cabales como militantes en un oficio peligroso pero propio de la valentía que hace a los valores patrióticos.
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