Miércoles 28 de septiembre 2022

Un mundo sin canciones

Redacción 14/08/2022 - 00.10.hs

Como él ha contado muchas veces, la melodía de "Yesterday" se le ocurrió a Paul Mc Cartney en un sueño. Al despertar la tocó en el piano, y durante varios días -en que la futura canción funcionaba, sin letra, con el nombre poco digno de "Huevos revueltos"- se la mostraba a todo el mundo, convencido de que la había plagiado de otro compositor. Pero acaso más extraño sea lo ocurrido con "Eleanor Rigby", otra de sus creaciones inmortales, y como la anterior, grabada sólo con una sección de cuerdas: Mc Cartney estuvo días luchando con el título, ya que no encontraba un nombre adecuado para la triste solterona protagonista de su canción. Según él, lo consiguió luego de probar decenas de combinaciones posibles. Pero a los pocos años, alguien descubrió que en el cementerio de Penny Lane, Liverpool -lugar que el compositor frecuentaba- está enterrada una Eleanor Rigby real. O bien el ex Beatle tiene un subconsciente muy poderoso, o bien tiene un cable directo con el más allá.

 

Vino.

 

Si resulta fascinante la historia del misterio que representa el nacimiento de una canción, no lo es menos la del derrotero que esa misma canción sigue, cuando su compositor la ha lanzado al aire y comienza a circular entre el público al que está destinada. Se han escrito literalmente cientos de libros al respecto. Entre nosotros, un especialista es Sergio Pujol, cuyo libro "Canciones argentinas" (2010) rescata un siglo de vigencia del género en el país, y termina funcionando como el mejor manual de historia contemporánea.

 

Una de las canciones que se rescatan allí es "¿Quién se ha tomado todo el vino?", un típico producto cultural de la República Humorística de Córdoba. En sus orígenes (1980) la pieza nació como un blues, compuesto por Jorge Cueto y Mario Altamirano, miembros de una banda de rock llamada "Años Luz". Pero fue cuando estos músicos le mostraron el tema a su empleador, el artista "La Mona Giménez" (no confundir con La Monalisa) que la canción, transformada en un vigoroso cuarteto, se convirtió en un éxito nacional.

 

Pocos ejemplos debe haber de una creación más -digamos- minimalista. Una sola estrofa y un estribillo de dos versos, con una poesía de rústica para abajo, logró sintetizar sin embargo la sed de los argentinos por su bebida nacional. Lo interesante es que luego el tema fue reclamado y recuperado para el rock por Divididos en su disco "Gol de mujer" (1998).

 

Hoy su autor principal, víctima de una jugada poco amigable con los derechos de autor sobre su gran éxito, subsiste en el Paseo de las Pulgas, frente a la Cañada cordobesa, de la reventa de vinilos usados.

 

Hallelujah.

 

El mes pasado, sin ir más lejos, se estrenó una película documental, íntegramente dedicada a una sola canción, "Hallelujah" de Leonard Cohen. A diferencia del ejemplo anterior, en que la letra fue resuelta un sábado de asado y escasez líquida, la compleja letra de esta canción tardó alrededor de siete años en tomar forma final, y es el producto de la selección de más de 180 versos.

 

De intrincadas referencias bíblicas, y con una poesía por momentos sublime, la obra de Cohen se resume en el título: el cántico de alabanza del creyente, resignado a que la Creación Divina haya resultado ser el desastre que es. "Me dijeron que hay un acorde secreto, que tocaba David, y que complacía al Señor. Pero a vos no te interesa la música, ¿verdad?" comienza la letra, llena de reproches hacia una amante de identidad no revelada.

 

Lo curioso del caso es que esta obra monumental, grabada por su autor en el álbum "Various positions" (1983) fue inicialmente rechazada, y su publicación frustrada, por obra de los ejecutivos de Columbia Records. La perspicacia de los popes de la industria discográfica es materia para otro artículo, y otro libro. Baste decir aquí que el nivel de estupidez mostrado por algunos de estos millonarios, rivaliza con el de los pobres y extintos pájaros Dodo.

 

La canción fue reversionada por John Cale, y este formato fue el empleado por el malogrado cantante Jeff Buckley en su versión solista, la más reputada hasta ahora. De algún modo, en versión de Rufus Wainwright, el tema terminó en la banda sonora de la película Shrek, un tremendo éxito de taquilla, y de allí pasó a niveles de popularidad extraterrestres: la tararean incluso aquellos a los que "no les interesa la música".

 

Moribundo.

 

El problema es que, con el fracaso declarado de la industria discográfica, que ha cedido el control de su negocio a las compañías de internet como Apple, Spotify o Amazon -y a estos sí que no les interesa la música más que como "contenido"- el género canción parece estar moribundo.

 

Ahora lo que manda es el algoritmo, y éste ha determinado que el consumidor promedio de música por internet no espera más de veinte segundos para ver si la canción le interesa. Por eso ahora se componen canciones que tratan de atrapar al oyente antes de ese lapso. Y luego sólo repiten la fórmula, sacrificando el estribillo, el puente, los solos de guitarra y cualquier otro atisbo de complejidad. Los músicos humanos son reemplazados por samplers, y las voces son robotizadas con un implemento espantoso llamado "autotune" que sirve para hacer sonar afinada hasta a una gallina.

 

¿Nos espera un mundo sin canciones? Para eso, algunos preferiríamos que se dejen de amenazar y comiencen nomás la guerra nuclear.

 

Total, de nosotros, sólo quedarán unos discos de oro lanzados al espacio en 1978 con la misión Voyager, en los que el simpático ET que logre reproducirlos, podrá disfrutar a Bach, Los Beatles y el Jazz.

 

PETRONIO

 

' '

¿Querés recibir notificaciones de alertas?