Todo indica que el Elíseo será para el ex banquero Macron

BALLOTTAGE EN FRANCIA Y MUCHOS VOTARÁN AL MENOS MALO

Fueron los candidatos más votados el 23 de abril y dirimirán el ballottage este domingo. El ex banquero y liberal de derecha Emmanuel Macron, por En Marcha, y la ultraderechista Marine Le Pen, del Frente Nacional. Según las encuestas ganaría el primero.
EMILIO MARÍN
Después de muchas décadas, en el ballottage del 7 de mayo no estarán ninguno de los dos partidos más tradicionales de Francia. Ni los socialistas que gobiernan con Francois Hollande y antes lo hicieron con Francois Mitterrand, ni los republicanos y conservadores que estuvieron en el Palacio del Elíseo con Charles de Gaulle o más recientemente con Jacques Chirac y Nicolas Sarkozy.
Es que en la primera vuelta el socialista Benoit Hamon tuvo apenas 6,3 por ciento de los votos y el republicano Francois Fillon llegó tercero con el 19,9 por ciento, quedando fuera de competencia. Muy lamentable performance del Partido Socialista, que en los últimos cinco años estuvo en el poder, bien que cuesta abajo en su rodada, con Hollande. Lo suyo ha sido entre malo y pésimo para que no haya llegado en quinto lugar en la primera vuelta.
Jean Luc Melenchon, de la Francia Insumisa, una fuerza de izquierda que cosechó el 19,5 de los votos, demostró que la debacle del PS no era de toda la izquierda. Francia Insumisa participará en las legislativas del 11 y 18 de junio próximo, tratando de repetir su buena elección y forjar una buena bancada de cara a lo que vendrá.
Ese futuro estará poblado de circunstancias dramáticas, de resistencia al ajuste que se viene contra el salario y las jubilaciones, entre otras tantas conquistas sociales que aún perduran, claro que venidas a menos en la V República, para el caso que el ganador sea Macron. Y ni qué hablar, las confrontaciones que serían cotidianos si la ultraderechista Le Pen llegara a dar una gran sorpresa, con impacto regional y mundial.
Esa eventualidad es altamente improbable. Macron se impondría por 20 puntos a Le Pen, 60 a 40, en números redondos. El prestigio de las encuestadoras ha sobresalido; al menos para la compulsa del 23 de abril sus pronósticos se cumplieron a la casi perfección. ¿Será igual de acertado su vaticinio del ballottage?
Si así fuera el economista Macron se convertiría en el presidente más joven de la historia gala, con 39 años. ¡Cómo estará de desprestigiada la política que tiene esa chance sin una carrera política, al ser la primera vez que sería elegido por voto popular! Su propaganda lo presenta como absolutamente “nuevo”, no es tan así ni nació de un repollo: fue ministro de Economía de Hollande, entre 2014 y 2016. Ahí se abrió del socialismo y formó su propia fuerza, En Marcha, con un programa neoliberal, empresarial y supuestamente abierto a lo nuevo y europeo. En medio del desprestigio de las fuerzas tradicionales, en abril Macron primereó con el 24 por ciento de los sufragios. Si ahora le están adjudicando hasta el 60, quiere decir que tendrá gran parte del voto prestado con tal de frustrar a la heredera del neonazi Jean Marie Le Pen, el fundador del Frente Nacional.

“El Bello y la Bestia”
¿Cómo explicar si Macron pasa del 24 al 60 o más por ciento de los votos en apenas dos semanas? Los corresponsales en Francia destacan dos elementos que le habrían jugado muy a favor en estos días, que el cronista no niega pero no son los únicos y añade un tercero, para una mejor composición de lugar.
Un factor que ha pesado es que Le Pen fue descubierta en un grosero plagio de varios párrafos, tomados “de prestado” del republicano Fillon. No le quitó ni un adjetivo ni usó un sinónimo: copia total. Cuando se le reprochó eso, ella adujo que no eran conceptos de Fillon sino de Paul-Marie Coûteau, un asesor suyo de 2012 que luego trabajó con el republicano. El aludido no respaldó del todo su explicación y dijo haber sido despedido por Le Pen en 2014.
La mujer va a pagar un costo político por plagiar, pero sobre todo porque quedó al descubierto su intento de captar votos republicanos interpretando una melodía familiar. O sea, demagogia barata de una candidata que de palabra vendría a enfrentarse con el sistema de partidos tradicionales en aras de un nacionalismo ramplón y novedoso, como si las raíces neonazis del Frente Nacional tuvieran algo de original.
El otro asunto que repercutió negativamente en Le Pen fue el debate televisivo del 3 de mayo con Macron, a lo largo de dos horas y media. Cada uno dijo lo suyo sin novedades respecto de lo dicho en toda la campaña. El problema para el Frente Nacional es que algunas de sus propuestas aparecieron como inexactas. Por caso, cuando dijo que impulsaría un referendo para sacar a Francia de la Unión Europea y ahorraría 9.000 millones de euros anuales. Su rival se enrostró que la suma es la mitad, 4.500 millones.
O cuando ella planteó que debía abandonarse el euro y tomar una cesta de monedas, incluyendo un redivivo franco. Macron le espetó que las empresas no podrían comprar afuera en euros y abonar salarios en francos. Que tal reforma era inconsistente y devaluaría el franco.
La representante de la ultraderecha apareció floja de papeles, como cuando deslizó que su rival podría afrontar problemas judiciales, justo cuando éste decía que era el único que no los tenía. Le Pen no concretó ninguna denuncia, pero insinuaba algo que la ultraderecha había difundido en redes sociales, aparentemente con falsificaciones: Macron tendría cuentas offshore. Tratándose de un ex banquero Rothschild, tales posibilidades existen, pero hasta este momento Le Pen ni esas fuentes pudieron demostrarlo. Y tal insinuación la dejó en posición de cierta irresponsabilidad: por arrastrar algunos votos puede llegar a decir cualquier cosa.
Según quienes vieron el debate, el banquero lució como seguro y prolijo, con uso de la diplomacia, en tanto la mujer fue agresiva y de malos modales. Por eso algunos analistas lo simplificaron como “el Bello y la Bestia”. Frente a cámaras la Bestia pierde, en este tiempo donde la imagen lo es prácticamente todo sin importar tanto las propuestas.

Amor y espanto.
Le Pen repitió sus diatribas contra los inmigrantes como foco del terrorismo, a curar con el cierre de fronteras, expulsiones de sospechosos y quita de la doble nacionalidad. Ese fue el sentido de sus definiciones genéricamente contrarias a la globalización y la Unión Europea. Sus referencias al trabajo de los franceses y cuestionando la genuflexión de Macron porque “está de rodillas frente a la canciller alemana Angela Merkel”, no deberían ilusionar a gente ingenua en que el Frente Nacional es la causa obrera. Lo suyo se parece a Donald Trump, que dijo cosas similares para fundar el “Primero América” y luego elaboró un paquete de eliminación de impuestos a los ricos.
Identificar terrorismo con inmigrantes dio una pauta de que el nacionalismo de Le Pen, como el de su padre, se escribe con “zeta”. Macron, bien oportunista, en estos días acompañó a la familia de un marroquí asesinado hace veinte años por los seguidores de Le Pen padre, que lo arrojaron a las aguas del Sena.
Ese repudio y temor a las raíces xenófobas y neonazis del Frente Nacional, es el tercer factor, el decisivo a la hora de explicar la convergencia de amplios sectores que van a votar por Macron sin ser de su mismo palo. No los une el amor al ex banquero, sino el espanto a la ultraderecha, para decirlo en términos borgeanos.
Más allá de sus formas diplomáticas y pulcras a favor de la unidad europea, habrá nuevos ajustes contra el bienestar de los trabajadores y amplias capas sociales, si el candidato de En Marcha resulta elegido para los próximos cinco años en el Elíseo. Un dato, cuando Le Pen propuso en el debate televisivo bajar la edad de jubilación a 60 años, Macron la criticó diciendo que eso era inviable porque tendría un costo fiscal de 30.000 millones de euros. Yo prometo disminuir los impuestos a los trabajadores, dijo, como copiándose de Mauricio Macri.
“Su experiencia bancaria le ayuda a entender las necesidades y aspiraciones de la comunidad empresarial”, opinan los panegiristas de Macron. Su plan de ajuste es del capital financiero y el establishment francés del que forma parte será aplicado en el futuro cercano. De allí que, otro dato importante, fue su silencio cuando Melenchon le pidió alguna declaración hacia el electorado progresista, como para tener un cabo al que tomarse para sufragar por él como “mal menor”. Macron no lo hizo. Ni siquiera un gesto “para la tribuna”. De allí que el líder de Francia Insumisa no planteó a su electorado un determinado voto, no al menos públicamente, luego de ese portazo del banquero y de los resultados de su consulta por Internet a 450.000 seguidores donde dos tercios de los simpatizantes optaron por el voto blanco o nulo en el ballottage, en sintonía con el movimiento “Ni ni”, Ni Le Pen ni Macron.
En otros países y elecciones, por caso en el ballottage de 2015 entre Daniel Scioli y Macri, votar en blanco e igualar a los candidatos fue un error. No parece ser así en la competencia entre el banquero de Rothschild y la xenófoba lepenista, el ajuste y la discriminación, el neoliberalismo y la xenofobia. Le Pen dijo que su rival era el “candidato de la globalización salvaje”, algo estrictamente cierto, por más que lo afirme una salvaje xenófoba.¿Hay una opción menos mala en París o las dos son peores, casi iguales?