Un golpe a las certezas y al “cheque en blanco”

LA SEMANA PAMPEANA

I – Siempre el resultado de una elección contiene información privilegiada sobre el humor social. Es materia prima para quienes ocupan o pretenden ocupar lugares de decisión. La dirección del voto, su composición y comparación con otras elecciones anteriores es de lectura obligada para intentar entender qué está pasando en lo profundo de eso que suele denominarse “la gente” o “el pueblo”. El voto es la voz de los ciudadanos que, con mayor exactitud y simpleza o menor complejidad, expresa a las mayorías y minorías. En el caso de las Paso del domingo se trató, sin dudas, de una gran encuesta que, para sorpresa de propios y extraños dejó una fuerte señal más allá de señalar quiénes serán los candidatos que se enfrentarán en las legislativas del 22 de octubre.

II – La primera sorpresa fue, sin dudas, que el candidato menos conocido y ninguneado por las encuestas (y a quien en la propia Casa Rosada lo daban perdedor) se alzó con el triunfo con claridad dentro de la puja por el lugar de privilegio en la boleta de Cambiemos. Pero también lo fue que sus rivales radicales lograron una cantidad inédita de votos para una elección interna de la UCR. Cantidades que, sumadas, arrojaron más votos radicales que del Pro en la interna de esa alianza pero, paradojalmente, por esas cosas de las elecciones y la política (que no es matemática, como recordó sabiamente Juan Carlos Passo en estos días) esa extraordinaria e histórica perfomance electoral, los dejó fuera de combate. Los dos candidatos de la UCR tuvieron cada uno más votos que la suma de los que ningún candidato radical sacara nunca en una interna. Fueron más de 55.000 sufragios, casi tantos como los que obtuvo la fórmula de unidad del peronismo que fue la más votada. Pero no les alcanzó. Su rival los superó pese a que solo obtuvo dos de cada cinco votos emitidos en esa interna.
Esta cantidad de votos del radicalismo no puede explicarse, como intentó sobre caliente uno de los candidatos perdidosos, insinuando que hubo interferencia de otros partidos. Es más probable que haya habido una intención deliberada y espontánea (esto es, sin que hubiera una explícita bajada de línea de un político de otro color político) de una porción no menor del electorado, en incidir sobre el resultado de esa interna por motivos claramente políticos y no por un espúreo intento de alterar el veredicto electoral de la interna.

III – En el peronismo el resultado fue más claro pero no por eso menos frustrante. El candidato de la unidad se impuso sin discusión ni demasiadas sorpresas. Pero no lo festejaron como un triunfo. El balance entre ese resultado y la cantidad de votos total fue devastador para un partido que hace de cada elección una demostración de fuerza de su maquinaria de ganar elecciones. No fue, como se escuchó en los medios nacionales “la primera vez que el peronismo pierde una elección en La Pampa”. Resultados adversos tuvo varios pero además, y una vez por década, en las tres largas de su hegemonía política, la sociedad pampeana utilizó las legislativas para señalarle al oficialismo que no tiene un cheque en blanco. Ocurrió en 1985 cuando Salto-Pera Ocampo le ganaron claramente la elección a Matzkin-Ballari en la primera legislativa del alfonsinismo gobernante. En 1997 la sociedad pampeana volvió a elegir a dos no peronistas para que los represente en el Congreso dejando nuevamente al PJ con sólo un lugar en la terna que se elegía. Esa vez, el radical Juan Carlos Passo y el fregenista Pablo Fernández tuvieron más votos sumados que el peronismo que impulsaba a Manuel Baladrón. Más cerca, en 2013, el peronismo probó el sabor amargo en una legislativa al resignar en manos de Carlos Mac Allister y Francisco Torroba un lugar en la Cámara Baja.

IV – Podría decirse, y con razón, que la elección del domingo no fue, como aquéllas, una legislativa de medio término sino una Paso para definir candidaturas. Pero no sería aconsejable abaratar por eso la clara señal de las urnas ni, por otro lado, montarse en el triunfalismo subestimando a un electorado que sabía que no estaba definiendo cargos sino solo candidaturas.
El resultado fue, con seguridad, un golpe a las certezas que algunos políticos construyeron más con sus deseos que con la realidad. El voto pampeano dejó una clara señal para todo el arco político: puso en duda las supuestas verdades de una Pampa monocolor y recordó, por si hacía falta, que la ciudadanía está atenta al pulso político y que, ni antes, ni ahora, (ni en octubre), librará cheques en blanco. (LVS)